Jueves, 16 de mayo de 2019

Debate públicoEl drama del cristianismo de nuestro tiempo no es tanto la agresión que sufre de parte de los ateos, descreídos y toda clase de fanáticos, como de la actitud de los propios creyentes que, atemorizados ante los ataques y campañas de sus adversarios, han llegado a aceptar que sus preceptos morales son un aspecto reservado a la conciencia individual. Esta disposición de una mayoría de cristianos a despojarse de sus creencias en cuanto sale de los oficios religiosos, es la prueba irrefutable de la victoria del laicismo sobre la civilización cristiana.

Malo es que nos quieran arrinconar, pero peor es no esforzarnos por impedirlo. Desplazar el cristianismo del espacio público a la esfera de la privacidad constituye un ejercicio de autoritarismo que atenta, gravemente, no solo contra la libertad religiosa, sino también contra el ejercicio de una libertad fundamental como es la libertad de expresión. Porque aquí no estamos ante la normal y lógica exigencia de que los cristianos respeten las opiniones de los no creyentes. No, aquí estamos ante una siniestra agresión totalitaria que pretende retirar a los católicos del debate intelectual de nuestro tiempo, al afirmar que la fe cristiana no debe proponer soluciones concretas a los problemas de la actualidad. Es decir, que los cristianos no debemos opinar como tales sobre cuestiones que afectan al valor de la vida humana, a la dignidad exigible de las personas en la búsqueda de su legítimo bienestar. Tratan de impedirnos a los cristianos que podamos defender los derechos que el individuo posee ante una destrucción de opciones morales (véanse las leyes LGTBI derivadas del adoctrinamiento en materia de ideología de género que se está imponiendo en la enseñanza pública), así como privarle de la posibilidad misma de elegir el tipo de existencia que desea.

Por todo ello afrontar esta cuestión es una tarea urgente e irrenunciable. Los cristianos estamos obligados por nuestra fe a levantar la voz y proclamar la Palabra de Jesucristo a los cuatro vientos. Estamos comprometidos con nuestro sí al Salvador en el cumplimiento de su mandato: «ld al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación» (Lucas 16: 15). Estamos, en definitiva, comprometidos en aportar nuestra cosmovisión del mundo y del hombre a la luz de la Verdad que salva. Al fin y al cabo, la libertad del hombre moderno no se ha construido a costa del cristianismo, sino gracias a él. No es casual que la defensa de los derechos fundamentales de la persona haya cobrado su más perfecta definición histórica en una cultura construida sobre los valores evangélicos.


Publicado por torresgalera @ 11:27  | Pensamiento
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