Jueves, 09 de mayo de 2019

Laicidad frente a laicismoResulta conveniente insistir cuantas veces sea necesario en explicar la diferencia que existe entre “laicidad” y “laicismo”, que son términos parecidos pero que significan cosas contrapuestas. Mientras que “laicidad” sitúa el derecho de libertad religiosa en el centro de la relación entre poderes públicos y ciudadanos, el “laicismo” tolera lo religioso de manera restringida en el ámbito público. En realidad, el “laicismo” es un concepto coercitivo puesto que persigue la expulsión del espacio público de todo elemento conectado con la religión.

La razón sobre la que se justifica el laicismo es su supuesta neutralidad. Neutralidad que en teoría significa que los poderes públicos no deben manipular a su gusto la presencia pública de las confesiones religiosas, neutralizando así las efectivas convicciones sociales. Sin embargo, los hechos demuestran que dicha neutralidad es una falacia, puesto que los laicistas más conspicuos son enemigos acérrimos de la religión.

Por tanto, la “laicidad” sitúa el derecho de libertad religiosa en el centro de la relación entre poderes públicos y ciudadanos, mientras que el “laicismo” tiende a considerar la presencia pública de la religión como ejercicio de un poder intruso y se impone a los ciudadanos como religión civil.

El principal aspecto positivo de la laicidad es que favorece la participación social de todos en la vida pública. Por tanto, los poderes públicos reconocen un derecho fundamental y cooperan en su ejercicio, como hacen con la cultura, el deporte y otros aspectos del desarrollo de la personalidad por los que se interesan los ciudadanos. En cambio el laicismo, en el mejor de los casos, tolera restrictivamente la presencia de lo religioso en el ámbito público.

El pluralismo implica la existencia de una opinión pública libre. Implica el derecho de aquellos ciudadanos con creencias religiosas a expresarlas y difundirlas. Negar esa posibilidad a los que suscriben una concepción del mundo transcendente es incurrir en una discriminación por razón de religión, vetada expresamente por la Constitución en su artículo 14.

Es, por tanto, imprescindible defender la laicidad en nuestra sociedad. El Papa Benedicto XVI insistió en que Dios es racional (logos) y no una omnipotente voluntad arbitraria. Matar no es injusto porque Dios lo haya prohibido, sino que lo ha prohibido porque es injusto. Y el filósofo Jürgen Habermas, buen amigo de Benedicto XVI, coincidía con él al admitir, aun siendo agnóstico, que las confesiones religiosas pueden y deben aportar razones al debate público, criticando así el laicismo.


Publicado por torresgalera @ 21:17  | Pensamiento
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