Jueves, 18 de abril de 2019

Levantar la miradaLa sociedad de nuestros días vive inmersa en una profunda transformación. Esto lleva al ser humano a un estado de perplejidad que en muchos casos le paraliza, cuando no le confunde víctima de los efectos dolorosos que producen los cambios. Por eso, en momentos dramáticos como los actuales el problema del sentido de la vida cobra de nuevo protagonismo. Sin embargo, Jesucristo formula admirablemente esta cuestión: «¿De qué le sirve a un hombre ganar el mundo entero y perder su alma?» (Marcos 8:36). Así planteado el problema del sentido de la vida adquiere su forma más noble: ¿a qué o a quién estoy entregando mi vida?, o como diría Angelo Scola, «¿a quién me estoy donando?» Y henos aquí de nuevo, ante el sentido del tiempo que se hace breve y ante una existencia que pide ser algo más que pura supervivencia, es decir, que sea verdadera vida, vida de acogida y vida donada.

Resulta muy ilustrativo el ejemplo de Job para afrontar el momento actual de transición dramática. Job dio un gran testimonio del renacer humano en tiempos de grandes tribulaciones. Y es que, en el cénit del dolor, abatido por un sufrimiento insoportable, llega incluso a acusar a Dios. Su certeza granítica comienza a resquebrajarse. ¿Cuál es el sentido de esta terrible agresión del mal contra un inocente? Ese punto infinitesimal del universo que es el hombre es capaz, sin embargo, de alzarse por encima de todo lo creado para formular su ¿por qué? Un hombre que grita su ¿por qué? es un hombre que comienza a taladrar la crisis comunicativa del babelismo, que retoma el diálogo con el otro sin pretender nada, tan solo conocer las razones de las cosas.

Hay una segunda observación que nos recuerda la historia de Job. Dios acepta el desafío de Job, acepta el reto de la razón humana que le interpela. Incluso el Todopoderoso elige ocupar el puesto del colegial, desea poner a prueba la “sabiduría” del hombre que se ha situado a la altura de Dios. Dios le responde asediándole con sus preguntas, no lo humilla, pero le hace alzar la mirada, mostrándole el orden armónico de la Creación. De este modo se produce en Job una experiencia de conversión. Job tiene ante sí un Dios que sabe escuchar al hombre y que, a partir de sus preguntas, lo cambia y estimula su deseo.

La opción de Dios respecto a Job es profundamente “política”. Por ello el cristianismo debe aprender a dialogar adecuadamente, debe asistir a la escuela de las preguntas del hombre para acogerlas y abrirlas de par en par. De lo contrario corre el riesgo de convertirse en pos-cristianismo. Creo que el hombre de hoy tiene el deseo, como Job, de poder mirar más allá de los agobios presentes. Solo necesita la audacia de plantear con radicalidad la pregunta existencial fundamental, considerando a todo hombre como un interlocutor capaz de escucha y de comprensión.


Publicado por torresgalera @ 7:00  | Pensamiento
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