Lunes, 28 de enero de 2019

La grandeza de lo efímeroLa vida es esencialmente movimiento. Movimiento desde dentro, decía la filosofía clásica. En cambio, todo lo que no tiene vida —por ejemplo, una piedra— para que se mueva necesita un impulso exterior a ella. Esto nos confirma que la vida es un movimiento desde dentro y, por tanto, es cambio, transitoriedad. La vida es en sí misma una realidad efímera.

De esto se puede deducir que los sentimientos, como la amistad o el amor, son esencialmente efímeros. Es natural, ya que de la misma manera que una flor tiene una vida efímera, las relaciones humanas (amor o la amistad) están siempre amenazadas de desaparición. Esto hace que sea tan importante cuidar con esmero y perseverancia nuestros sentimientos para evitar que se marchiten.

¡Cuidado!, no estoy diciendo que lo efímero se opone a lo eterno, o lo que es lo mismo, que los sentimientos no pueden durar siempre, toda la vida. Afirmar tal cosa equivaldría a decir que es mejor no fomentar la amistad ni las relaciones humanas, ni comprometerse con el amor para no sufrir la amarga experiencia de perderlos. Al contrario, los sentimientos son susceptibles —y muy recomendable— de permanecer siempre, solo es preciso que nos impliquemos en su cuidado diario, lo mismo que el jardinero riega y cuida con esmero sus flores para que nos se marchiten ni sufran los rigores de la naturaleza. En definitiva, los buenos sentimientos del ser humano, aquellos que nos producen paz, bienestar y plenitud espiritual, que gratifican nuestra existencia, son susceptibles de permanecer en nosotros indefinidamente, siempre y cuando nos impliquemos en cuidarlos y fomentarlos cada día de nuestra existencia.

Es menester tener presente que lo eterno es pura abstracción si no es vivido, si no se hace vida en lo efímero. Y se hace vida en lo efímero, en las realidades de la vida concreta, cuando se vive en profundidad, en autenticidad, en verdad y en amor. Todo lo contrario del carpe diem, es decir, “¡a vivir que son dos días!”, actitud ególatra y narcisista de la existencia que casi siempre concluye en frustración y soledad.

Luminosas son las palabras de Jesús de Nazaret cuando señala el camino de salvación y, por el contrario, a la perdición: «Entrad por la puerta estrecha. Porque ancha es la puerta y espacioso el camino que lleva a la perdición, y muchos entran por ellos. ¡Qué estrecha es la puerta y qué angosto el camino que lleva a la vida! Y pocos dan con ellos» (Mateo, 7:13-14).

Es en la cotidianeidad de lo efímero vivido con autenticidad, sencillez y amor donde encontraremos la puerta de acceso a la gracia absoluta.


Publicado por torresgalera @ 7:00  | Pensamiento
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