Viernes, 21 de diciembre de 2018

El Misterio de la NavidadLa cristiandad vive la Tercera Semana de Adviento. Es un tiempo expiatorio, de preparación para recibir y conmemorar el nacimiento, hace poco más de dos mil años, de Jesús de Nazaret, el Hijo de Dios hecho hombre. Este acontecimiento portentoso del que dan testimonios los evangelios de san Mateo y san Lucas representa uno de los misterios más asombrosos y, sin duda alguna, de la mayor trascendencia de cuantos se inscriben en la historia de la humanidad.

Cuenta el evangelista Lucas que el ángel que anunció a María que concebiría un hijo le dijo: «No temas, María, porque has encontrado gracia ante Dios. Concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús. Será grande, se llamará Hijo del Altísimo, el Señor Dios le dará el trono de David, su padre; reinará sobre la casa de Jacob para siempre, y su reino no tendrá fin» (Lucas 1:30-32).

Como es imaginable la doncella María, que siguiendo una tradición judía tenía esposo (José) pero no convivía aún con él por ser ella todavía muy joven, responde al ángel: «¿Cómo será eso, pues no conozco a varón?» A lo que el ángel le contestó: «El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el Santo que va a nacer se llamará Hijo de Dios».

He aquí un acontecimiento histórico extraordinario, discutido pero indiscutible, atestiguado desde el comienzo mismo del cristianismo por testigos de primera mano y de máxima fidelidad a las figuras de Jesús y de su madre María. Y, sin embargo, por su propia naturaleza sobrenatural se trata de un acontecimiento sumido en un gran misterio.

A la hora de enfrentarnos a un misterio es preciso tener las ideas claras. En primer lugar, hay que señalar que un misterio no es un enigma. Muchas personan suelen considerarlos sinónimos, pero no lo son. El enigma es algo intelectual, algo que la mente todavía no conoce, no entiende, pero que puede llegar a conocerse; sólo se precisa de tiempo para que el enigma pueda esclarecerse, hasta desvanecerse del todo.

En cambio, el misterio es, por definición, algo que no está al alcance de la mente humana; jamás será conocido. El misterio es una realidad que transciende el conocimiento racional, aunque podamos acercarnos a él mediante la intuición, es decir, mediante esa otra forma de conocimiento que los místicos han experimentado en todo lo sagrado, lo santo, lo luminoso... Intuición mediante la que podemos, de alguna forma, alcanzar esa cualidad o dimensión profunda de todo lo que existe y que no puede captarse con la mente racional, ni expresarse con lenguaje racional, porque pertenece a otra dimensión. Es, por decirlo así, el alma y el corazón de todo lo que existe, tanto del hombre como de la flor, de la piedra o del animal.

Ante esta realidad profunda e ineludible los seres humanos podemos vivir el misterio como un simple hecho o como un misterio. La ciencia trata por su parte de dominar el mundo a través del conocimiento racional. El misterio, por su parte, exige sometimiento, exige respeto y veneración. Por eso la ciencia se empeña en reducir eso que llamamos alma de las cosas a un simple hecho cuantificable, es decir, a destruir el misterio de las cosas, a arrancarle el corazón y convertirlo en algo manipulable.

Pero los que creemos en la verdad profunda que encierra el misterio, aunque no la conozcamos, somos capaces de intuir la gran bondad y belleza que entraña esa venida de Jesús a la tierra, es más, la percibimos. Porque los hombres y mujeres de buena voluntad sabemos que el nombre de Jesús (proviene del hebreo Yehosuá, o Yeshua) y significa, “Salvación”.

¡Así, pues! Dispongámonos a vivir con alegría y confianza el memorial de un gran misterio, ocurrido en Belén de Judea hace veinte siglos. Demos la oportunidad a que el “Salvador”, el Emmanuel (“Dios-con-nosotros”) nazca en nuestros corazones en la Noche más hermosa del año, la Nochebuena. Noche de paz, Noche de amor, que preludia al Día de la Luz, la Navidad.


Publicado por torresgalera @ 19:47  | Pensamiento
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Jueves, 13 de diciembre de 2018

Búsqueda de la transcendenciaDecía Carl Jung, uno de los pioneros de la psicología profunda, que después de haber tratado a miles de pacientes había llegado a la conclusión de que las preguntas más importantes de la vida, las preguntas existenciales, no tienen respuesta racional. Son insolubles por el camino de la razón, pero se pueden superar (no dice resolver), pasando a un nivel más alto de conciencia. Entonces las preguntas desaparecen porque el hombre, a través de la conciencia intuitiva, se ha hecho uno con la realidad y ya no necesita preguntar sobre esa realidad.

Muchas personas solo creen en algo cuando tienen una prueba material de ello. Sin embargo, existen otros caminos de conocimiento. Decía Blaise Pascal, el gran erudito y teólogo, que «el corazón tiene sus razones que la razón no entiende». Por su parte, para el escritor Antoine de Saint-Exupéry, autor del célebre cuento de El Principito, afirmaba que el niño es pura creatividad, es poesía, es más que algo utilitario y materialista.

Por eso son muchos los que consideran que el pensamiento filosófico tradicional está en horas bajas. En pleno dominio del materialismo y del relativismo, la filosofía parece ya no tener validez. Y no tiene validez porque el pensamiento abstracto no llega a ninguna conclusión, está exhausto, es más, nos enreda y nos mete en un laberinto. Sin embargo, a lo largo de la historia ha habido personas que han dicho: «Nosotros queremos explorar, experimentar, cueste lo que cueste». Entre estos personajes han destacado los grandes personajes espirituales, como Jesús, Buda o Zaratustra. Recorrieron un camino de experiencia para llegar a la esencia de la vida más allá de lo que la razón les podía decir. Todas estas vías de experiencia se distinguieron porque traspasaron esa pretensión de entender racionalmente el mundo, de forma que fueron capaces de alcanzar otra dimensión del espíritu donde nace la intuición que une al hombre con la realidad. Ya no se especula con la vida, sino que el hombre se une con la realidad por la intuición. Eso es lo que llaman la iluminación en el budismo zen; también puede ser la transformación en el amor divino en la mística cristiana, etc. Se puede traspasar el nivel puramente racional por el camino de la experiencia.

Desde luego que no fue la misma experiencia la de Buda que la de Jesús y la de Zaratustra, por poner solo estos ejemplos, pero ciertamente hay algo en común, y eso es la base del diálogo entre religiones. Cuando se juntan budistas o hinduistas con cristianos, resulta que las experiencias cognitivas y espirituales son muy parecidas; las divergencias vienen cuando se pasa a la doctrina. Y es que la búsqueda del conocimiento profundo transciende los límites del racionalismo más científico. Sólo a través del desarrollo de la conciencia el ser humano puede alcanzar el conocimiento transcendente. Y, aun así, siempre estará en camino.


Publicado por torresgalera @ 16:04  | Pensamiento
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Jueves, 06 de diciembre de 2018

Capilla SixtinaEl laicismo dominante pretende con denuedo reducir la experiencia religiosa del cristianismo al ámbito de lo privado. Sin embargo, para los cristianos este aislamiento contraviene la esencia misma de su razón de ser, que no es otra que la del salir al mundo y anunciar el Reino de Dios. Si Jesús de Nazaret manifestó que «Si vosotros permaneciereis en mi palabra, seréis verdaderamente mis discípulos; y conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres» (Juan 8:31b-32), no cabe la menor duda que la verdad solo puede hacernos libres a condición de que la vivamos como experiencia social, como respuesta esperanzada a la llamada de un mundo en desorden. De otra manera el creyente es cercenado en su realización.

El cristianismo ha demostrado a lo largo de la historia su compromiso esencial con la libertad. Ha defendido la libertad más allá de los numerosos y terribles errores cometidos por individuos e instituciones; lo ha hecho frente a las constantes agresiones y persecuciones sufridas por miríadas de creyentes; frente a las humillaciones infligidas por toda clase de tiranías y por cuantos desprecian aquellos principios que garantizan una existencia digna como personas de fe.

Son numerosos los sectores laicos que pretenden tergiversar y desacreditar la herencia cristiana de nuestra civilización. Se trata de corrientes ideológicas que se valen de una propaganda perversa, vacía de contenido moral y que tratan de presentar el cristianismo como una emanación cultural propia de una sociedad atrasada.

El laicismo racionalista y posmoderno, que se erige en paladín de la libertad, niega en cambio a los hombres su derecho a creer, salvo que acepten una situación marginal y anacrónica, alejada de los avances del pensamiento y el rigor de la ciencia. Quienes alardean de oponer su tolerancia al oscurantismo clerical, establecen un absolutismo ideológico donde el cristianismo ha dejado de ser una opción libremente aceptada, tratada con respeto y sin las imprecaciones vejatorias con que se acalla cualquier esfuerzo por defenderlo.

El drama del cristianismo de nuestro tiempo no es la agresión que el descreimiento pueda ejercer, como ha venido haciéndolo desde el principio mismo de la Historia. El problema fundamental se encuentra en la conducta pusilánime de muchos creyentes que, atemorizados ante las campañas agresivas de descalificación, han llegado a aceptar que los preceptos morales son un aspecto reservado a la conciencia individual. También en la facilidad con que muchos se despojan de sus creencias en cuanto salen de las iglesias y templos.

Sin embargo, hay motivos para la esperanza. El mal sinuoso que recorre el sistema circulatorio de nuestra decadencia como civilización, está encontrando una creciente corriente de oposición que está fomentando la toma de conciencia frente al laicismo agresor y totalitario. Son cada más las voces con autoridad que defienden un orden moral que favorezca las posibilidades del hombre sin arrebatarle el sentido último de la libertad. Son voces que dan testimonios valientes en defensa de los valores cristianos y su papel en la historia del hombre. Son voces respetuosas con las opiniones ajenas, pero que dan la batalla dialéctica en la guerra de las ideas. Son voces que no solo defienden unas creencias religiosas, sino que defienden una herencia que es menester rescatar de este turbio, avergonzado y humillante silencio en el que se encuentra. Una herencia irrenunciable.


Publicado por torresgalera @ 7:00  | Pensamiento
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