Jueves, 29 de noviembre de 2018

AvariciaVivimos bajo los efectos del estrés, es decir, en un estado de cansancio mental provocado por la exigencia de un rendimiento muy superior al normal. Este mal de nuestro tiempo se ha convertido en una auténtica pandemia. Es un mal que tiene que ver con nuestra forma de vida tan acelerada y agobiante. Y lo peor es que con frecuencia produce trastornos físicos y mentales.

La manifestación muy común del estrés se da en personas que viven obsesionadas con el aprovechamiento del tiempo; no es que quieran aprovecharlo al máximo, sino que se empeñan en exprimirlo. Es el paradigma de esa frase tan sabia, pero tan neciamente interpretada, de «el tiempo es oro».

Para los grandes sabios espirituales la frase de «el tiempo es oro» significa que de la misma manera que el oro hay pulirlo y modelarlo para darle un aspecto atractivo y bello, tenemos que abrillantar y modelar el tiempo, es decir, vivirlo de forma tan positiva y responsable que con él nos construyamos y no nos destruyamos. Porque el tiempo de por si es destructor, es disgregador (en la Mitología griega Eros es el dios de la atracción sexual y del amor. Se creó antes que Cronos, el titán que representaba el tiempo, porque sin él no hubiera existido un Eros que atrajera a los seres humanos, con lo cual la vida sería imposible).

Sin embargo, la frase «el tiempo es oro» ha sido degradada y envilecida. Se emplea para poner de manifiesto que el tiempo es la medida de nuestra diligencia y eficiencia en la obtención y acumulación de riqueza y poder. Lo contrario es entendido, por quienes así lo consideran, como derroche o pérdida de tiempo.

Resulta paradójico que hoy que estamos tan ocupados en nosotros mismos se nos olvide que el verdadero sentido de la vida es entregarla, “perderla”, por amor a Dios y a nuestros semejantes: «Pues el que quiera salvar su vida la perderá; pero el que pierda su vida por mi causa la salvará» (Lucas 9:24). Sólo a través de la entrega descubriremos que la aventura de amar nos llena de una alegría sin fin, que se traduce, al final de nuestra vida, en que nuestro corazón esté lleno de nombres.

No es de extrañar, entonces, que las personas obsesionadas con el tiempo y con sacar el máximo provecho de él, se muestren como seres fríos y distantes, nada proclives a las relaciones humanas desinteresadas, pues no valoran la amistad ni los afectos. Estas personas únicamente entienden las relaciones humanas en clave de rédito material o social. Todo lo ven en clave de cifras.

Son personas prácticas y utilitaristas. Representan la actitud fundamental del profesional de nuestros días, que confunde, por así decirlo, la parte con el todo; confunde su profesión con el todo, con el conjunto de valores de la existencia humana; valores que humanizan y dignifican la vida, toda vez que pueden y deben también humanizar su profesión. Por eso son esclavos del trabajo, incapaces de relaciones sociales fraternas. Consideran el tiempo libre como una lastimosa manera de perderlo.

La obsesión del hombre actual por el tiempo es consecuencia de la pérdida del sentido de transcendencia. Hoy se cree cada vez menos en la vida espiritual y en los valores que ello conlleva. Por tanto, solo se cree en lo que se puede ver con los ojos y tocar con las manos. Como en la Revolución Francesa, la razón es la diosa que rige los destinos de los hombres. De ahí que el materialismo consigne el tiempo como aliado para la consecución del mayor número de resultados apetecidos. Los codiciosos y avaros no desperdician un minuto de su tiempo.

Para ilustrar este fenómeno, se me ocurre recordar a aquel avaro que escondió su oro en el jardín de su casa, junto a un árbol, y todas las semanas iba a desenterrar el tesoro y a contemplarlo durante un rato. Pero un día, un ladrón que lo llevaba observando, se lo robó. Así, cuando el avaro fue a desenterrar su tesoro para contemplarlo un rato, se encontró con el agujero vacío. Entonces comenzó a gritar desesperadamente, y los vecinos, al oír sus gritos, acudieron a ver qué le pasaba. Cuando se enteraron de lo sucedido, uno le dijo: «Bueno, ¿y en qué empleabas tú el oro?» El avaro contestó: «En nada, solo venía a contemplarlo». «Pues mira –replicó el vecino–, por el mismo precio puedes venir todas las semanas a contemplar el agujero».

La codicia y la avaricia son unos vicios o pecados que se valen del tiempo para sus fechorías. La avaricia no es más que el ahorro convertido en vicio. El extremo opuesto es el despilfarrador, cuyo vicio es gastar irresponsablemente sus recursos; y el vicio del avaro es acumular. Son los dos extremos. El propio Jesús de Nazaret lo dejó claro: «Es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja, que el que un rico entre en el reino de Dios» (Marcos 10:25).

Para terminar, me pregunto: ¿Cómo se puede curar la codicia? Creo que una buena manera es mediante la meditación y la oración. Solo mediante la concentración profunda en la meditación del sentido de la vida y su trascendencia, el ser humano puede liberarse del deseo desenfrenado por poseer. Existen otros tesoros más valiosos que los materiales. Prueba de ello es que la felicidad no está sustancialmente unida a los bienes mundanos.


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Jueves, 22 de noviembre de 2018

Soledad del perdedorLa soledad, además de una carencia voluntaria o involuntaria de compañía, o de un lugar inhóspito o poco propicio para ser habitado, es un sentimiento, un sentimiento de pesar y melancolía por la ausencia, muerte o pérdida de alguien o de algo. No obstante, el sentimiento de soledad tiene dos acepciones: una que podría ser llamada “soledad interior” o “soledad del alma”, y otra que tiene que ver con el carácter propio de un determinado tipo de individuos (misántropo insociable, intratable, triste y melancólico…).

En cuanto a la “soledad del alma”, es aquella que se vive cuando uno tiene el coraje de enfrentarse a sí mismo y de mirar más allá o más dentro de la fachada con la que nos cubrimos, e incluso más allá de esos pensamientos que continuamente tenemos y que son como el final de nuestro propio ego vanidoso. Es la soledad a la que se referían los místicos, que –como el Maestro Eckhart señalaba– se aleja de todas las voces y todos los sonidos, y donde surge un «silencio sonoro». También San Juan de la Cruz hablaba de «soledad sonora», en vez de silencio sonoro.

Es en esta auténtica soledad del interior del alma donde desaparece el estruendo del mundo, donde se desmoronan las fachadas fanfarronas a las que nos asomamos y en las que nos convertirnos nosotros mismos. Es entonces cuando se desvanecen aquellas cosas importantes de nuestra vida vulgar y vacía. Es cuando pierde importancia el papel que desempeñamos en la sociedad, traídos y llevados en esta misma sociedad como muñecos de guiñol, y donde pierden igualmente importancia los títulos y honores.

Pues bien, es en esa soledad del interior silencioso del alma, que fomentamos con la meditación, donde el hombre se purifica. Donde reconocemos y apreciamos lo esencial. Donde huimos de la hojarasca y de la cáscara vacía, vana. Donde el hombre se hace sencillo y donde se le abre a la sabiduría del corazón, que es el único que ve realmente la verdad. Sólo se ve bien con el corazón.

Por desgracia también existen otras soledades, en este caso negativas. Una es la soledad de aquellos que no quieren estar solos, que necesitan compulsivamente la presencia de otras personas, pero que son castigados a quedarse solos porque ni buscan ni dan compañía, sino que ven en las personas objetos para satisfacer su ego.

Por último, señalar otras soledades aún más tristes, y más destructivas. Me refiero a la soledad del perdedor, esa persona que por circunstancias diversas de la vida se ha degradado de tal forma que se ve irremediablemente perdida, incapaz de regenerarse. Se trata de personas que se sienten incapaces de soportarse a sí mismas, que se desprecian, que sienten vergüenza de su propia cara. Ese tipo de personas que no solamente no se quieren, sino que están convencidas de que no los pueden querer los demás, por lo que habitualmente acaban sustituyendo la relación con otras personas por la relación con objetos sin vida.

Esta soledad de perdedor se manifiesta habitualmente en personas con dependencias de todo tipo (alcohol, estupefacientes y otras drogadicciones, así como ludopatía, etc.). Un claro ejemplo es el del alcohólico, que dice que bebe para olvidar la vergüenza de beber, con lo cual se ha encerrado en un círculo pernicioso. Se desprecia, se avergüenza, y para olvidarse de sí mismo, bebe, pero luego se avergüenza de haber bebido, y bebe para olvidar la vergüenza de beber. Un circulo vicioso del cual no puede salir, y que no hace más que aumentar el número y la calidad de sus bajezas hasta un nivel insoportable.

Desgraciadamente cada vez se ven más “perdedores” deambulando por nuestras calles o tirados en cualquier rincón de nuestras ciudades. Son personas que arrastran consigo una biografía envuelta en una soledad trágica. Trayectorias vitales desconocidas pero que mueven a la compasión. Tal vez nosotros podemos preguntarnos cómo estos seres humanos, cada uno de ellos, con su propia identidad, han llegado a este extremo. ¿La culpa es sólo suya…?


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Jueves, 15 de noviembre de 2018

VanidadLa vanidad es un gran vicio del espíritu, que en la mayoría de las ocasiones conduce al individuo que lo padece a la soledad. Los grandes vanidosos casi siempre o están solos o terminan quedándose solos. Y es que los vanidosos buscan a toda costa que los escuchen y los alaben. En cambio, ellos no tienen oídos para los demás.

Vale la pena recordar el mito griego de Narciso. Éste era hijo de una ninfa y de un dios del río. Era un joven muy hermoso que rechazaba a todas las muchachas que se enamoraban de él. Un día dando un largo paseo tuvo sed, y viendo cerca un lago se acercó a la orilla para beber de su agua cristalina. Al descubrir su rostro reflejado en el agua le pareció tan bello que se enamoró de su imagen. El efebo no quiso beber de aquellas aguas por temor a que pudiera dañarse la imagen que veía reflejada en la superficie. Se quedó allí, contemplando día y noche su bella imagen, hasta que terminó muriendo de inanición. En aquel sitio —según el mito— nació una flor especial que recibió su nombre: narciso.

El vanidoso, pues, es narcisista, vive enamorado de sí mismo, de su imagen. Nunca se pregunta quién es el otro o qué es el otro, sino que vive pendiente de cómo le ven los demás y dedica su vida a provocar la admiración y la alabanza.

La palabra «vanidad» procede del latín «vanitas», vocablo que expresa la cualidad de «vano», «hueco», donde no hay nada, algo sin sustancia, sin consistencia. Sinónimos de vanidad son altanería, soberbia o sentimiento de superioridad ante los demás. Uno de los libros sapienciales de la Biblia se titula Cohelet o Eclesiastés. Comienza con una frase muy conocida: «¡Vanidad de vanidades; todo es vanidad!». Sin embargo, el autor es un refinado sibarita, y dice más adelante: «El único bien del hombre es comer y beber, y regalarse en medio de sus fatigas...», pero también esto es vanidad. ¿En qué quedamos? «¡Vanidad de vanidades, todo es vanidad!», y luego lo mejor que puede hacer el hombre es comer; beber y pasarlo bien.

Más pesimista aún que el Cohelet es Buda, el gran pesimista. Siddharta Gautama es un pesimista en relación con el mundo. Contempla la vanidad del mundo muy profundamente y dice, por ejemplo: «este universo es una cosa... La muerte es volver a la tierra... La vida se desvanece como el polvo...». Pero, lo mismo que en el Cohelet, el budismo también afirma: «el mundo es la morada de la alegría... en el puedo comer, beber y ser feliz...». ¿Cómo se conjuga entonces esta visión de que todo es vano, con lo de que el mundo es alegría, placer?

En el Cohelet y en el budismo todo lo bueno es transitorio, por lo que aferrarse a lo transitorio termina por dejar al hombre triste y vacío. Por tanto, en ambos casos se aprecia este mismo concepto de la vanidad del mundo. Concepto que la tradición cristiana ha interpretado muchas veces de manera negativa, al considerar toda debilidad y todo placer como sospechosos y peligrosos. No obstante, los llamados Santos Padres de la Iglesia, aquellos grandes sabios y doctores de los primeros siglos del cristianismo, decían que la postura del hombre ante la vida tiene que ser «sobria ebrietas», es decir, de «ebriedad sobria»; en otras palabras, «moderación ante los placeres». Y consideraban que el milagro mejor que hizo Jesús fue el de las Bodas de Caná, porque lo hizo, sencillamente, para dar alegría a los recién casados.

Este concepto de vanidad estuvo presente en la filosofía griega y romana ‒sobre todo en la filosofía estoica‒, y uno de los principales filósofos estoicos, Séneca, llegó a proponer: «Puesto que las cosas de este mundo son caducas, elevemos nuestra alma hacia las realidades eternas». El estoicismo predicaba la «ataraxia», que es como la indiferencia ante las cosas, ante lo bueno y ante lo malo, de tal manera que el ánimo esté siempre sereno, que no se altere…, equilibrio ante las contradicciones de la vida.

Hoy, por el contrario, la vanidad se entiende de otra manera, se proclama «¡qué bello es vivir!» Una gran mujer del siglo XX, Simone Weil, que padeció durante años, hasta su muerte temprana, a los 34 años, una migraña constante y desesperante que no le impidió tener una fabulosa actividad intelectual y social, decía: «La vida es bella, pero no para mí». ¿Cuántas personas pueden decir eso? No obstante, y aparte de las circunstancias de cada uno, vivir es bello.

El hombre contemporáneo tampoco puede olvidar que las cosas son transitorias, que se le escapan de las manos, que las cosas pasan y que si se hace esclavo de ellas como si fueran eternas, acabará triste y vacío, cuando no desesperado... Por tanto, sensatez y combinar la sabiduría de los antiguos –que insistían en lo transitorio de las cosas para enseñar a no apegarse a ellas– con el sentido más positivo del mundo, que insiste en la belleza y en la alegría de la existencia.

La vanidad tiene su raíz en un ego atrofiado, en un yo hinchado. Pavonearse de uno mismo, envanecerse de los propios talentos (o creer tenerlos), produce el rechazo de los demás. Por eso el vanidoso se manifiesta como un ignorante de sí mismo y de la realidad que le circunda. La vanidad es la antítesis de la humildad, una de las virtudes más preciadas.

Precisamente sobre la humildad Santa Teresa de Jesús dejó escrita una sabia definición: «Humildad es andar en verdad» (reconocer los propios talentos es andar en verdad; reconocer los propios defectos, es andar en verdad...). Humildad es reconocer la verdad, no encogerse de hombros y decir no valgo para nada, soy un inútil. No fuera a ocurrirnos lo que a aquella religiosa que escribió una carta a la Santa de Ávila, y firmaba: «Hermana Muladar». A lo cual le contestó la Santa: «¡déjate de tonterías!» La humildad es andar en verdad, lo contrario de la vanidad.


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Jueves, 08 de noviembre de 2018

El rasgo específico de toda persona autoritaria es que le gusta mandar y que le obedezcan. Este tipo de personas tienden a infravalorar a los demás, a considerarlos inferiores. También muestran estos individuos una incapacidad manifiesta para el diálogo, que no consiste únicamente en hablar dos personas, sino en escuchar a la otra atendiendo a lo que dice y valorando los juicios que hace y las razones que da, lo cual implica la posibilidad de cambiar de opinión. Todo esto resulta poco menos que imposible para el autoritario.

AuctoritasNo obstante, el autoritarismo no es exclusivo de cierto perfil de individuos, sino que por el contrario, nos afecta, en menor o mayor medida, a la mayoría de los seres humanos. Resulta fácil comprobar cómo las actitudes autoritarias se manifiestan en casi todos los ambientes y estamentos sociales: relaciones entre gobierno y ciudadanos; entre empresarios y trabajadores, entre jefes y empleados, entre profesores y alumnos; entre padres e hijos; entre esposos; entre parejas de hecho o de derecho, entre la Iglesia jerárquica y los fieles; entre mandos militares y tropa, y así un largo etcétera.

Hay una fábula de Fedro que recuerda un poco lo que es el autoritarismo. Esta cuenta que un día una vaca, una cabra y una oveja se encontraron con un león. Entre todos cazaron un ciervo y, tras dividirlo en cuatro partes, cada cual se disponía a tomar la suya. En esto el león se dirigió a sus compañeros y les dijo: «La primera parte es mía porque me llamo león (quia nominor leo); la segunda me pertenece porque soy más fuerte que vosotros; me adjudico la tercera porque he trabajado más que vosotros; y si alguien me disputase la cuarta tendrá que habérselas conmigo». Y fue así como el león se quedó con el ciervo entero.

Alguien dijo que todo republicano lleva dentro de sí un rey. Pero conviene aclarar que no sólo puede oprimir el que está arriba, también lo pueden hacer los que están abajo; la plebe puede tiranizar, los alumnos pueden tiranizar al profesor, los hijos a los padres... Se podría decir que los hombres pueden dividirse entre aquellos que ostentan algún poder y aquellos que desearían ostentarlo. El autoritarismo es una tentación, un pecado del espíritu.

En la Roma clásica existían tres maneras distintas de interpretar el poder: el imperium, la potestas y la auctoritas. El imperium era un poder absoluto propio de quienes tenían capacidad de mando. Luego estaba la potestas, que era el poder político capaz de imponer decisiones mediante la coacción y la fuerza. Y, por último, existía la auctoritas, que era un poder moral basado en el reconocimiento o prestigio de una persona.

La auctoritas significa literalmente autoridad, y hace referencia a un poder no vinculante pero socialmente reconocido. Este reconocimiento se otorga a personas de probada sabiduría y dignidad, como intelectuales de prestigio, científicos reputados, emprendedores de reconocida valía, profesionales competentes, pensadores ilustres o religiosos. Estas personas gozan de prestigio moral por sus opiniones y consejos en asuntos relevantes de la vida pública o del ámbito privado con repercusión pública. En definitiva, la autoridad de estas personas son referentes ejemplarizantes que contribuyen muy positivamente a la formación de la opinión pública. Todo lo contrario de aquellos sujetos autoritarios que tratan de imponer por la fuerza sus opiniones y deseos.

Cuentan los Evangelios como la gente admiraba a Jesús de Nazaret porque hablaba con autoridad. Su personalidad era tan fuerte que imponía sin imponerse: era la fuerza de su carisma. Y es que más vale convencer que vencer. Convencer legitima toda acción posterior de quien ostenta el poder, mientras que la imposición tiraniza.

Antiguamente se decía que la voz del superior, sea político, de la iglesia o de cualquier otro estamento era la voz de Dios, y eso llevó a un autoritarismo terrible, cuyas consecuencias estamos pagando todavía. Se habían olvidado de las enseñanzas de Jesús: «Sabéis que los que son reconocidos como jefes de los pueblos los tiranizan, y que los grandes los oprimen. No será así entre vosotros: el que quiera ser grande entre vosotros, que sea vuestro servidor; y el que quiera ser primero, sea esclavo de todos» (Marcos 10:42-43).

Con demasiada frecuencia los gobernantes apelan al principio de autoridad para justificar sus excesos. No tienen en cuenta que el único principio de autoridad legítimo es la entrega a los demás. Una frase de Rabindranath Tagore es todo un canto a la entrega al prójimo: «Dormía y soñaba que la vida era alegría, desperté y vi que la vida era servicio, serví y vi que el servicio era alegría». Busquemos, pues, la alegría en el diálogo y en la aceptación. Valoremos a las personas y tratemos de encontrar con ellas la verdad. Nos sentiremos más felices.


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Jueves, 01 de noviembre de 2018

EmotividadLa emotividad es la capacidad que tenemos los seres humanos de experimentar emociones o sentimientos. Por su parte las emociones son alteraciones del ánimo que se producen como respuesta de nuestro organismo a algún estímulo externo, como pueden ser las relaciones con otras personas, con ciertos hechos o con circunstancias de nuestro entorno. Las emociones pueden ser intensas o livianas, agradables o dolorosas, hasta el punto que algunas veces pueden producir efectos somáticos.

No hay que confundir emotividad con sensiblería o sentimentalismo, es decir, esos sentimientos superficiales que hacen del hombre una veleta emocional, que da bandazos de un lado para otro. No en vano todos los místicos han insistido en la purificación de las pasiones, no en el sentido represivo, como pasión sexual, glotonería, codicia, etc., sino de los estados de ánimo, dolor, alegría, temor, etc. Las emociones hay que purificarlas para que estén al servicio del amor, pues son absolutamente necesarias.

La importancia de la emotividad en la vida es esencial porque produce sentimientos que nos hacen conectar con otras personas, que nos atraen hacia el otro. En nuestros días los seres humanos nos movemos en un mundo contradictorio. Por un lado abrazamos el racionalismo propio de una sociedad superindustrializada, supertecnificada, supercerebralizada, donde el pensar vale mucho más que el sentir. Es el tiempo del hombre cerebral, científico, que desprecia las emociones, o al menos las considera un obstáculo para pensar y tomar decisiones frías. Los psicólogos afirman que nuestra sociedad sufre de déficit emocional, que nos falta vida emotiva. Vivimos un proceso de deshumanización social.

Al mismo tiempo, y en la medida que asistimos a la pérdida de valores espirituales transcendentes, el sentimentalismo y la sensiblería se abren paso en nuestras vidas. Asistimos a una especie de deriva emocional muy superficial. La sociedad se moviliza ante la desaparición de un niño y, sin embargo, ni pestañea ante las imágenes de decenas de miles de personas huyendo de su país como consecuencia de la guerra o la tiranía de un gobernante déspota. Se defienden los derechos de los animales, pero a la vez se reclama el derecho de la mujer a abortar. Se reclama el derecho de un niño de siete u ocho años a decidir si será hombre o mujer por el resto de su vida, pero un menor de dieciocho años no puede responder por sus crímenes. Hoy día estar a favor de la familia y la religión se califica de retrogrado, pero blasfemar contra Dios y orinar sobre los crucifijos es libertad de expresión.

Los expertos señalan que estamos en la época postmoderna. La época moderna fue la época de la razón cartesiana, «pienso luego existo». El hombre postmoderno dice «yo sufro, gozo, amo, siento... luego vivo». Es el hombre del corazón, del sentimiento, y no de la pura cabeza. El mundo del corazón es el que ve, el que ama, el que da calor humano a la sociedad. Pasamos de reclamar constantemente derechos a reivindicar el carpe diem, el goce intenso del momento, del día a día. Restringimos nuestras libertades colectivas con nuevas leyes y reglamentos sobre cualquier cosa, a la vez que reivindicamos nuestra libertad individual por encima de normas y tradiciones.

No obstante, nunca el hombre es más humano que cuando se enfrenta a los grandes desafíos de la vida sin perderles la cara. En estos casos casi siempre aparecen entremezclados elementos objetivos y subjetivos que contribuyen al desgarro interior: el descubrimiento de un ser excepcional, la marcha de un amigo, una traición inesperada, la aparición de una enfermedad… Razones todas ellas para que la emoción se sepa derrotada de antemano. Sin embargo, cuántas veces la esperanza se obstina en abrirse paso. Así lo expresaba Antonio Machado en su poema Dice la esperanza: un día…:

Dice la esperanza: Un día

la verás, si bien esperas.

Dice la desesperanza:

Sólo tu amargura es ella.

Late, corazón... No todo

se lo ha tragado la tierra.

Porque vivir con esperanza es una necesidad del ser humano convertida en emoción. Y es que por muy profundo que sea el desgarramiento interior, la ausencia de solución, la herida que no acaba de cerrar, el amor a la vida nos rescata casi siempre de nuestra vanidad y de nuestra impostada grandeza.


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