Jueves, 25 de octubre de 2018

EnamorarseEnamorarse es sin duda una de las experiencias sentimentales más excitantes y sublimes de cuantas pueda experimentar el ser humano. Otra cosa es el resultado final de dicha experiencia; de todo hay en la viña del Señor. No obstante, el sujeto u objeto causante del enamoramiento puede ser de distinta naturaleza: una persona, una idea, un proyecto profesional, una devoción religiosa, etc. Para la mayoría de las personas el enamoramiento se identifica con la atracción apasionada por otra persona, por lo general de sexo contrario.

Uno de los tópicos más frecuentes es equiparar enamoramiento con amor. Para que ocurra tal cosa es necesario que se cumpla un itinerario paciente y minucioso de aprendizaje de uno mismo y del otro. Y es que el enamoramiento es reacción espontánea a un encuentro. Es el comienzo de una relación, la primera etapa de algo que puede devenir con el paso del tiempo, o no, en verdadero amor. Pero hasta entonces conviene diferenciar una cosa de la otra.

El enamoramiento suele identificarse también con eso que se da en llamar amor romántico. En todo caso conviene tener claro que el amor hombre/mujer se fundamenta en una relación sexuada (relación entre seres con órganos sexuales), donde el amor sexual es sólo un aspecto de la persona, mientras que el ser sexuado es la totalidad de la persona. Por eso el sexo mujer siente, piensa, vive, ama… como mujer, de forma distinta al otro ser sexuado que es el hombre, que siente, piensa, ama… de forma distinta de la mujer.

Así, pues, el enamoramiento es una expresión sentimental iniciática. Es un proceso relacional inspirado por una atracción que extasía, que desencadena sensaciones intensas y apasionadas y, en ocasiones, desconcertantes. De forma tal que enamorarse se convierte en un querer, es decir, un tratar de tomar posesión de alguien. Es buscar en el otro eso que llena las expectativas personales de afecto, de compañía…

Enamorarse es tratar de hacer nuestra a la persona deseada, quien no nos pertenece. Es tratar de adueñarnos de alguien para completarnos, para satisfacer nuestra necesidad. Es apegarse a la persona desde nuestra necesidad. Por eso cuando la persona querida no nos corresponde, nos sentimos frustrados y decepcionados. ¿Y qué decir si la otra persona no da lo que se espera de ella?

Con voz trémula le dije mi cariño;

y sarcástica y cruel exclamó: “¡Niño,

conoces el amor sólo de nombre!” 

Soneto (Miguel Hernández)

En cambio amar es otra cosa, es desear lo mejor para el otro. Amar es permitir ser feliz al otro, aún cuando su camino sea diferente. Es un sentimiento desinteresado que nace en un donarse, es darse por completo desde el corazón. El amor nunca es causa de sufrimiento, salvo que la persona amada sufra por algún otro motivo, pues nuestro amor nos lleva a compartir hasta el dolor del otro. Quien dice que sufre por amor en realidad sufre por querer, no por amar. Se sufre por apegos. Si realmente se ama, no se sufre, pues nada ha esperado del otro. Cuando amamos nos entregamos sin pedir nada a cambio, por el simple y puro placer de dar.

Si me quieres, quiéreme entera,

no por zonas de luz o sombra…

Si me quieres, quiéreme negra

y blanca, y gris, verde, y rubia,

y morena…

Quiéreme día,

quiéreme noche…

¡Y madrugada en la ventana abierta!…

Si me quieres, no me recortes:

¡Quiéreme toda… O no me quieras!

Si me quieres, quiéreme entera (Dulce María Loynaz)

Por su parte el enamoramiento, ya convertido en amor, supone sacrificio, olvido de sí mismo… El amor es entrega total y voluntaria y nunca obliga a nadie a corresponderle, porque en el amor hay libertad. Amar es desprendimiento, un tiempo para aprender a salir de uno mismo. Así lo han experimentado los grandes místicos:

En una noche oscura,

con ansias en amores inflamada,

(¡oh dichosa ventura!)

salí sin ser notada,

estando ya mi casa sosegada.

La noche oscura (San Juan de la Cruz).

Así, pues, el amor es un aprendizaje que dura toda la vida. Aprender a amar exige sacrificio. Sin sacrificio mutuo no hay amor. El amor es como una flor delicada que hay que cuidar todos los días. Es una experiencia, en sentido amplio, semejante a la experiencia religiosa: es un misterio.


Publicado por torresgalera @ 7:00  | Pensamiento
Comentarios (0)  | Enviar
Jueves, 18 de octubre de 2018

Amar como niñosVivimos en una sociedad cautivada por la imagen, por la apariencia. Todo el mundo desea proyectar una imagen ante los demás que sublime los rasgos más apetecidos. Mostrarse tal y como uno es satisface a casi nadie. Es la cultura de la apariencia. La imagen lo es todo, más importante que la realidad. Los políticos tienen asesores de imagen. También muchos profesionales y artistas cuidan su apariencia para seducir a sus audiencias, y hasta los más menesterosos gustan emular a sus ídolos copiando sus indumentarias, peinados, tatuajes y hasta las maneras de hablar. ¡Viva la apariencia!

Por desgracia sucede con las apariencias lo que con muchas imágenes religiosas, que están preciosamente ataviadas, repletas de encajes, brocados y joyas y debajo no hay más que un trozo de madera. Es una realidad virtual que no solo confunde al prójimo, sino principalmente a quien disfraza su identidad.

Como la vida es cambio, con el paso de los años las personas solemos mudar hábitos y apetencias. Lo mismo suele ocurrirle al corazón, que pierde la frescura de juventud. Los adultos tienden a interesarse más por el tener que por el ser. Se interesan más por el valor de las cosas y por el prestigio social de las personas. La amistad deja de ocupar un puesto esencial en el orden de valores personal. Por su parte, para los niños el valor de la amistad emerge como necesidad perentoria. El niño necesita un amigo, y si no lo tiene se lo inventa. ¿Quién no ha protagonizado alguna vez, cuando era niño, el diálogo con un amigo imaginario?, prueba de la necesidad de un amigo en la vida de los niños.

¡Cuán enternecedoras y dramáticas resultan las imágenes de la película El niño del pijama de rayas! Basada en la novela del mismo nombre, el film cuenta una historia que transcurre en tiempo de Hitler. Un funcionario nazi es trasladado con su familia a un campo de concentración a ejercer su función. Tiene dos hijos, a los que va a dar clase un profesor que les alecciona de los valores del nazismo. Pero el más pequeño llega un día, jugando, a la alambrada electrificada del campo de concentración que dirige su padre. Entonces se establece una relación entre el niño hijo del nazi, que está en la parte libre de la alambrada, con un niño judío vestido con un pijama de rayas, que está al otro lado de la alambrada. ¡Qué conversaciones tienen los niños! ¡Qué maravilla! Resulta conmovedor el sentido de la amistad tan incondicional de ambos, siendo uno judío y el otro hijo de un nazi. No les importa, son amigos.

Finalmente el hijo del nazi quiere pasar al otro lado para estar con su amigo, y un día logra que el niño judío le traiga otro pijama igual y pueda traspasar la alambrada y estar juntos. Pero ese día el guardián coge un montón de hombres, entre los que están los dos niños, y los mete en una habitación que era una cámara de gas…

Así es la amistad en los niños, ellos no disimulan ni aparentan lo que no sienten. Las emociones guían sus corazones. Hacen lo que son: sencillos y, sobre todo, auténticos. Los prejuicios no forman parte de su acervo. La espontaneidad rige sus comportamientos y afectos. Les gusta compartir juegos, experiencias, vida…, es lo que más satisface a los niños. Cualquiera deja de lado un juguete sofisticado para ir a jugar con un amigo. No les importa quién es el amigo, ni de dónde viene, ni quiénes son sus padres, ni si poseen mucho dinero o son gente humilde. Sólo les atrae que ese otro niño esté ahí, mirándole a él también, en disposición de compartir su existencia con él, aunque sólo sea un rato.

El evangelio de San Marcos tiene un pasaje muy entrañable: «Acercaban a Jesús niños para que los tocara, pero los discípulos los regañaban. Al verlo, Jesús se enfadó y les dijo: “Dejad que los niños se acerquen a mí: no se lo impidáis, pues de los que son como ellos es el reino de Dios”» (Marcos 10:13-14). Y es que los niños son ingenuos y aman la vida porque no dejan de sorprenderse, todo lo disfrutan y saborean.

El sentido de la amistad en los niños se revela como la forma de amor más pura y auténtica. Se dan sin pedir nada a cambio, acaso sólo la presencia del otro.


Publicado por torresgalera @ 7:00  | Pensamiento
Comentarios (0)  | Enviar
Jueves, 11 de octubre de 2018

LibertadSin duda la libertad es uno de los dones más sublimes del ser humano. Está considerada como un derecho sagrado, inalienable de la persona. Un derecho natural que se fundamenta en la facultad del individuo de obrar según su voluntad. Obviamente la libertad tiene como límites la libertad de los demás y el ordenamiento jurídico vigente en la sociedad.

El derecho a la libertad suele ser reconocido en los primeros párrafos de las constituciones de cualquier nación democrática. Existen libertades individuales y colectivas, pero sin libertad individual no existe libertad de ninguna clase.

Hoy deseo referirme a la libertad de conciencia (conocimiento del bien y del mal que permite a la persona enjuiciar moralmente la realidad y los actos, especialmente los propios). Este rasgo de la libertad permite a cada persona determinar los principios y valores que guiarán su existencia. La libertad de conciencia es una libertad a medio camino entre las libertades de pensamiento, de opinión y de creencia religiosa. En consecuencia, esta libertad está ligada estrechamente a las convicciones éticas y filosóficas de la persona. Sin embargo, muchos individuos suelen vivir una existencia reduccionista, orientada casi exclusivamente a la satisfacción de necesidades inmediatas o a la consecución de prestigio e influencia social. Sin embargo, el dinero y el prestigio terminan casi siempre precipitando a la persona a una vorágine alienante, que reduce su libertad a los límites de su mundo funcional, sin reparar en las consecuencias. Decía el gran poeta Goethe que «nadie está más esclavizado que aquellos que falsamente creen que son libres».

Es cierto que la sociedad cientificista y tecnológica en la que vivimos facilita una existencia más fácil y placentera. Pero también es cierto que se ha generado un grave riesgo de convertir al individuo en un mero demandante y consumidor de bienes y servicios, Por eso cuando el progreso se circunscribe exclusivamente al desarrollo material y se relega el desarrollo humano y espiritual, la ciencia y la técnica terminan convirtiéndose en destructivas. Ahí están las dramáticas consecuencias que han producido, y producen, numerosos avances tecnológicos: armas de poder destructivo inusitado, contaminación atmosférica, de ríos, mares, bosques, ciudades… Y qué decir del desarrollismo tecnológico en el campo de las telecomunicaciones, mass media y redes sociales, Sus efectos alienantes en los hábitos de conducta individuales, así como la generación de estados de opinión pública degradantes, reflejan una realidad social en la que el ser humano ha perdido en gran medida el control de su propio destino.

Ante este cuadro gris y alienante cabe reflexionar sobre el valor de la libertad. Nuestra capacidad interior de elegir debe preservarse por encima de todo, al precio que sea. Es obvio que el ejercicio de la libertad exige un alto sentido de la responsabilidad. Y para que se dé tal responsabilidad es menester formar a la persona, desarrollar su conciencia y todos los valores que le hagan amar el bien. «Es difícil liberar a los necios de las cadenas que veneran», decía Voltaire. Y romper esas cadenas es un acto voluntario y responsable.

San Juan Pablo II proclamaba que «la libertad no consiste en hacer lo que nos gusta, sino en tener el derecho a hacer lo que debemos». Es de la responsabilidad de donde mana en buena medida la libertad. También del discernimiento, pues sin el se pierde la capacidad de elegir y el individuo queda reducido a mero autómata, como son los animales, que se guían sólo por el instinto; así le ocurre al alcohólico, al obseso sexual, al ludópata… Alguien dijo que la libertad, en la mayoría de los casos, es la facultad que el hombre tiene de elegir la propia esclavitud.

La libertad verdadera se mueve en el plano del ser, no del hacer, por lo que tiene su raíz en lo profundo de la persona. «El que ha superado sus miedos será verdaderamente libre», dejó escrito Aristóteles. Los miedos mantienen al hombre en una jaula y no le permite explorar nuevos horizontes. Si el hombre no es libre desde dentro, su libertad exterior puede convertirse en libertad esclava y esclavizadora, en automatismo irresponsable. De ahí que el desarrollo de la conciencia acrecienta el sentido de la responsabilidad.

«¡No tengáis miedo!», clamaba San Juan Pablo II al mundo desde la plaza de San Pedro en el inicio de su pontificado. Para avanzar hacia nuestra libertad es preciso perder el miedo. Es preciso afrontar nuevos desafíos y enfrentarnos a nuestras propias limitaciones. Se hace necesario acrecentar la libertad cultivando la interioridad, la meditación, el acercamiento al centro de nuestro ser, a nuestra raíz. «La verdad os hará libres», dice Jesús a sus discípulos (Juan 8:31-38). La verdad suprema no puede producir miedo. Al contrario, es profundamente liberadora.


Publicado por torresgalera @ 7:00  | Pensamiento
Comentarios (0)  | Enviar
Jueves, 04 de octubre de 2018

MelancolíaRecién estrenado el otoño, me parece una buena ocasión para hablar de algo que suele relacionarse con frecuencia con esta estación declinante: la melancolía. Ciertamente la tradición popular relaciona el otoño con ese periodo de tiempo donde la vida parece extinguirse de manera lenta e inexorable. Así se ha plasmado desde el Renacimiento en la literatura (especialmente los poetas), en las artes plásticas y en la música; también el cine nos ha dejado numerosos testimonios de tragedias otoñales y decrepitud. En fin, lo cierto es que existe toda una imaginería repleta de tópicos sobre este asunto.

Mi humilde opinión es que en realidad existen dos tipos de melancolías, una negativa y otra positiva. En cuanto a la primera, creo que en unos casos la melancolía tiene más que ver con la propia naturaleza del individuo. Me refiero a ese tipo de personas que tiene una disposición innata a estar triste. Se trata de una concepción fisiológica. No es, por tanto, una enfermedad, sino un tipo de carácter.

En cambio, en otros casos, la melancolía sí puede considerarse una enfermedad, una patología consistente en un estado de profunda tristeza y de pesimismo generalizado. Dicho pesimismo se caracteriza por la pérdida del gusto por casi todo, comenzando por el gusto de vivir, siguiendo por el gozo del amor, de la amistad y de todo lo hermoso que hay en nuestro universo, toda vez que el individuo queda sumido en un estado de ensimismamiento.

Merece la pena recordar que el vocablo «melancolía» consta de dos palabras griegas: melas (negro), y cole (bilis). Por lo que «melancolía» significa etimológicamente «bilis negra». De ahí que el temperamento melancólico está determinado, o condicionado en gran parte, por un exceso de bilis negra, y suscita en la afectividad del sujeto una disposición para la tristeza. Eso era al menos lo que se creía en la antigua medicina griega hipocrática, que el melancólico era —junto con el colérico, el sanguíneo y el flemático— uno de los cuatro tipos de temperamentos del ser humano, que venían determinados por cada uno de los cuatro humores corporales.

Este estado de melancolía se le conoció durante siglos como tedium vitae, «desgana», «tedio»... En el tiempo actual se le llama «depresión». En todo caso era una enfermedad muy frecuente antes y muy frecuente en nuestros días.

Ya en el siglo XVI santa Teresa de Jesús, en Las Fundaciones, capítulo 7, describe de manera muy precisa la melancolía. La considera una enfermedad terrible, porque no mata pero tampoco tiene cura. Por eso la santa reformadora advierte que no se admita en ningún convento a mujeres melancólicas, pues son una fuente de perturbación para la comunidad.

También es de reseñar como en los tratados espirituales de la vida monástica la melancolía se vinculaba con el tedio, la acedía, la apatía, la languidez…, que llega a ser uno de los pecados capitales (Catecismo del P. Astete: «contra la pereza, diligencia»), porque, efectivamente, el melancólico es un perezoso, un desganado impenitente.

Afortunadamente existe otro tipo de melancolía más positiva, que no es una enfermedad ni un rasgo del carácter. Podemos decir que se trata de una especie de nostalgia, un anhelo de orden superior que está ausente o se ha perdido. De ahí que esta melancolía positiva sea habitual en las personas geniales. Ya Aristóteles se preguntaba: «¿Por qué razón todos los hombres excepcionales son melancólicos?» Prueba de ello es que grandes hombres y mujeres espirituales y los santos han sido poseídos por esta melancolía, esta nostalgia de la eternidad.

Muchas obras geniales de la literatura han nacido de un estado melancólico del autor, de un hombre sensible a unos valores, que no vive, pero que anhela, de los que tiene nostalgia. Ejemplos de ello los encontramos en santa Teresa de Jesús (¡Ay qué larga es esta vida!) y en san Juan de la Cruz (¡Ay quién podrá sanarme!); melancolía como nostalgia de valores superiores. Por eso sucede, que los espíritus sensibles a los valores superiores no se satisfacen con la vida material y los avatares mundanos. En cambio, las personas vulgares, que no necesitan de los valores superiores, viven de la mediocridad y no sufren de esta clase de melancolía positiva. Por eso afirma el filosofo Kierkegaard, «cuanto menos espíritu, menos melancolía».

De lo dicho se puede inferir que no es lo mismo un animal satisfecho que un hombre feliz. Un hombre feliz es el que se abre a anhelos superiores, que son lo único que le puede llevar a la belleza, a la gracia, a lo trascendente… Los anhelos superiores son los únicos que nos pueden salvar de la monotonía y el tedio. Solo estando abiertos a la belleza, a la hermosura de la existencia, podemos evitar la melancolía. Esa monotonía de la vida que a veces se hace inaguantable y lleva incluso al suicidio.


Publicado por torresgalera @ 7:00  | Pensamiento
Comentarios (0)  | Enviar