Jueves, 27 de septiembre de 2018

LVida de esperanzaos dioses de la mitología griega son inmortales. No son eternos porque tienen un principio, ya que son engendrados como consecuencia de circunstancias no necesarias que ocurren en el Olimpo. Pero una vez habitan aquellas estancias celestes, ya nunca mueren. A los hombres nos miran por encima del hombro; dicen de nosotros que somos «semejantes a hojas».

En cambio, el Dios de la Biblia es eterno, porque no tiene ni principio ni final. La teología medieval lo definió como un ser «necesario», pues entre las perfecciones que le son propias está la necesidad de existir. Así, pues, frente al ser necesario ponían los teólogos el ser contingente, donde estamos todos los demás, los dioses olímpicos y los hombres. Ahora bien, se puede ser contingente de dos maneras: la contingencia de quien es de una manera pero podría ser de otra; es la contingencia de la vida en cuanto está sujeta a circunstancias cambiantes y aleatorias. Y de otra parte está la contingencia de «ser», pudiendo simplemente «no ser». No se trata ya de las contingencias cambiantes de la vida, sino de la misma «vida contingente», es decir, de que la vida humana, tarde o temprano, dejará de ser (morirá).

Los dioses olímpicos, como son inmortales están a salvo de la «vida contingente», pero no se libran de las azarosas «contingencias de la vida». Sin duda, los olímpicos disfrutan de numerosos privilegios: no envejecen, poseen poderes extraordinarios y se solazan en majestuosos banquetes de la dulce ambrosia... Sin embargo, no pueden librarse de las preocupaciones y sinsabores de las grandes pasiones en las que sucumben, como la ira, el deseo carnal, además de dejarse involucrar en los conflictos humanos tratando de cambiar su destino, y aunque por sus venas no fluye sangre roja, a veces reciben heridas y se lesionan.

Por nuestra parte, los hombres no solo estamos expuestos a los imprevisibles accidentes de la vida, sino que sufrimos las fatigas, dolores y trabajos, y al final, tras muchos años temiendo a la muerte, acabamos sucumbiendo a ella. Pero junto a esto, hay que poner otros placeres y bienes específicamente humanos, los cuales son lo que son porque morimos, pues si fuéramos inmortales como los dioses olímpicos, tendrían para nosotros un sentido distinto o simplemente no tendrían ninguno.

La vida humana es vida en peligro. Es el riesgo de perderla lo que la hace deseable. La incertidumbre espolea el goce, la inseguridad punza el placer. Perseguimos lo que nos es esquivo, y de ahí que Platón haga al dios Eros hijo de Poros y Penia, de la abundancia (que anhelamos) y de la penuria (que sentimos). Cuando llega fugazmente el momento de la posesión, exclamamos, con Fausto: «¡Detente, instante, eres tan hermoso!», pero no se detiene, y es precisamente esa fugacidad lo que lo hermosea.

El deseo humano está transido siempre por una emoción doliente. Amamos lo que amamos y lo hacemos como lo hacemos apremiados siempre por temor a la pérdida. Nuestro amor se dispara cuando nos asalta la conciencia de su vulnerabilidad. Por eso los dioses olímpicos nos llaman con desprecio «semejantes a hojas», ignorando que es el esplendor de la hoja caduca lo que nos conmueve. Por eso la madre se enternece de su recién nacido, porque lo ve dependiente y frágil. Juramos amor eterno porque nos revelamos a su extinción inexorable. Nos conmueve la belleza del otoño porque tenemos en mente el rotar de las estaciones. ¿Qué es la filosofía sino aprender a morir? ¿Qué es la ciencia sino una lucha contra la intrínseca imperfección del mundo? ¿Qué el arte sino la promesa de una felicidad que se nos escapa?

El mundo humano, tal como lo conocemos, con su amor, deseo, placer, virtud, filosofía, ciencia y arte, está transido de los primores de nuestra mortalidad transeúnte. Nos gustaría un mundo mejor, pero no uno distinto. ¡Oh Zeus, padre de los dioses!, he de decirte, con el debido respeto, que vuestra existencia es quizá muy poderosa pero, en comparación con la humana, me parece banal. Le falta la profundidad de lo que va en serio. En cambio el Dios de la Biblia es un Dios luminoso, tierno y amoroso, indulgente y compasivo, justo y generoso. Es el Dios de la esperanza, aquel del que procedemos y al que estamos destinados. Por eso hago mío aquel deseo que expresara san Pablo en su Carta a los Romanos: «Y el Dios de esperanza os llene de todo gozo y paz en el creer, para que abundéis en esperanza por el poder del Espíritu Santo» (Romanos 15:13).


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Martes, 18 de septiembre de 2018

(Apunte 37)

De la mano de JesúsLlegamos al final de este viaje, que comenzó hace 37 semanas, justo la primera del año, de búsqueda del sentido de la vida. Este periplo de casi nueve meses nos ha traído hasta aquí, dos mil años después del acontecimiento histórico de la muerte y resurrección de Jesús de Nazaret, el Mesías largamente esperado por el pueblo judío, aunque no reconocido como tal por gran parte de los hijos de Israel.

Durante estos dos milenios la experiencia personal del encuentro con Jesús ha sido y sigue siendo el punto de partida, la puerta de entrada a la fe de Cristo. Para entender esto nada mejor que leer al evangelista y apóstol Juan: «Al día siguiente estaba Juan [el Bautista] con dos de sus discípulos y, fijándose en Jesús que pasaba, dijo: “Éste es el Cordero de Dios”. Los dos discípulos oyeron sus palabras y siguieron a Jesús. Jesús se volvió y, al ver que le seguían, les pregunta: “¿Qué buscáis?”. Ellos le contestaron: “Rabí (que significa  maestro), ¿dónde vives?”. Él les dijo: “Venid y veréis”. Entonces fueron, vieron donde vivía y se quedaron con él aquel día; era como la hora décima» (Juan 1,35-39).

La experiencia del encuentro con Jesús es, sin lugar a dudas, el gran momento en la vida del hombre; el punto de partida, la puerta de entrada al cristianismo. Decía Benedicto XVI en su encíclica Deus caritas est: «No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva». Por eso a Juan y Andrés, los apóstoles que acogieron el llamado de Jesús «Venid y veréis», se les quedó grabado en su corazón aquel acontecimiento para siempre, y en la memoria incluso la hora en que se produjo. La humanidad de Jesús los interpeló, despertó en ellos su propia humanidad. Algo vieron en aquel rabí que les llevó a dar el paso y confiar e ir allí donde Él vivía. El encuentro con Jesús cambió sus vidas, y su propia humanidad se volvió una humanidad distinta, luminosa. Pudieron comunicar a otros, en los años posteriores a la muerte y resurrección de Jesús, eso que ellos mismos habían experimentado; y otros, a través de ellos, conocieron también a Jesús y supieron pasar a los que venían detrás el testimonio. Y aquello que sucedió en aquella «hora décima» ha llegado hasta nuestros días, pasando el relevo, es decir, el mismo Cristo, en aquello que conocemos como Iglesia.

Cualquier otro acercamiento al cristianismo, como curiosidad histórica u objeto de estudio, no llegará a dar con la esencia del Acontecimiento. Sólo queda un camino para el que quiera ir al corazón del cristianismo: «Venid y veréis». Jesús no puede responder al deseo de felicidad del ser humano si éste, de antemano, decide la imposibilidad de que Dios pueda hacerse compañero de camino. Pero si este camino no está cerrado, si hay un resquicio por el que mirar esta posibilidad sin escandalizarse, entonces ya sólo queda hacer la prueba. Con toda probabilidad andar este camino se revele como el sentido de nuestra vida.


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Martes, 11 de septiembre de 2018

(Apunte 36)

Luz del mundoHasta ahora hemos visto como Jesús manifiesta su intención de formar una Iglesia. Los discípulos y los primeros cristianos lo interpretaron así y creyeron estar siguiendo el mandato de Jesús al reunirse en torno a los apóstoles. De este modo quedó constituida la Iglesia, para continuar la misión de Jesús y hacerle presente en la Historia. Ahora bien, una cosa es la intención y otra la realización efectiva de esa intención. Por eso debemos responder ahora una sencilla pregunta: ¿hace la Iglesia lo que hizo Cristo?

Uno de los grandes reproches que continuamente se le hace a la Iglesia es el comportamiento de sus miembros, que en muchos casos va en contradicción con lo que predicaba Jesús. Sin embargo, no es esta la pretensión de la Iglesia; nunca ha pretendido ser la comunidad de los puros, de aquellos que viven en absoluta coherencia con los mandatos de su Maestro. Resulta evidente que no todos los seguidores de Jesús han sido fieles a su enseñanza, del mismo modo que otros si lo han sido y lo siguen siendo. En todo caso, la pretensión de la Iglesia es continuar la misión que llevó a cabo Jesús, y que no es otra que la de contribuir a la salvación eterna de los hombres. Es cierto que Jesús es el único salvador de los hombres, pero su salvación llega a las diversas épocas de la historia a través de la Iglesia.

La Iglesia enseña lo que Cristo enseñó y en ella está depositada la fuerza —la gracia— para poder vivirlo. Esto se realiza sobre todo por la predicación de la Palabra y por la vivencia de los sacramentos: la verdad y la gracia no están vinculadas de modo determinante a la virtud de los cristianos, sino a la santidad de Cristo y a la fuerza de su Espíritu, de manera que, como afirmaba San Agustín, «si Pedro bautiza, el Espíritu bautiza; si bautiza Judas, el Espíritu bautiza». Los errores y los defectos no se justifican, como no se justifican en ningún ámbito de la vida humana. Mas a pesar de todos los defectos, el tesoro está ahí, y el sacerdote más pecador puede perdonar mis pecados y estarán perdonados, y puede consagrar la Eucaristía, y ahí estará Cristo.

Los cristianos de los primeros siglos solían acudir a una imagen para explicar la relación entre Cristo y su Iglesia. Era un modo de expresar lo que Cristo mismo dice al presentarse como «luz del mundo» (Juan 8,12) y al pedir a la vez a sus discípulos que fueran «la luz del mundo» (cf Mateo 5,14). Esta imagen es la del sol y la luna. Así como la luna refleja la luz del sol, así la Iglesia debe reflejar la luz de Cristo. La luz no es suya sino del sol, ella sólo es un espejo. Lo que ocurre es que no siempre refleja la luz del mismo modo: sólo si está —y en la medida en que esté— del todo vuelta hacia Cristo, podrá reflejar intensamente la luz. Y aún así, ni siquiera entonces podrá reflejar a Cristo en todo el esplendor que Él posee.


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Martes, 04 de septiembre de 2018

(Apunte 35)

Las llaves del ReinoContinúo con las referencias al grupo de los Doce; estas son abundantes. La autoridad que Jesús otorga a los apóstoles es superior al resto de los discípulos, y así lo entendió la primera comunidad cristiana que se formó en torno a ellos. Mateo alude a otra facultad que Jesús otorga a los apóstoles: «En verdad os digo que todo lo que atéis en la tierra quedará atado en los cielos, y todo lo que desatéis en la tierra quedará desatado en los cielos. Os digo, además, que si dos de vosotros se ponen de acuerdo en la tierra para pedir algo, se lo dará mi Padre que está en los cielos. Porque donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos» (Mateo 18,18-20).

«Atar y desatar» se refiere a la facultad de juzgar, es decir, Jesús confiere a los apóstoles la facultad de valorar los actos de los hombres. Esta autoridad de juicio está estrechamente relacionada con la capacidad de expulsar demonios, o sea, de liberar al hombre del mal. La tradición cristiana ha entendido esta doble facultad en relación al poder de perdonar los pecados. El final de la cita también es relevante, pues Jesús afirma que Él se hallará presente en medio de ellos, no como un simple recuerdo, sino con una presencia viva, análoga a la que tenía Dios en medio de Israel. De hecho, el trasfondo de esta palabra de Jesús es el contexto judío de la sinagoga, que —según la tradición judía— cuando diez hombres se reúnen a estudiar la Torah, la Presencia de Dios (Shekinah) está en medio de ellos.

Aparte de los Doce, Jesús designa otros discípulos (los 72 que envía de dos en dos), y los Evangelios hablan de las mujeres que lo seguían y lo servían con sus bienes. La intención por parte de Jesús de formar una comunidad de seguidores es muy clara. Resulta muy significativo el siguiente pasaje del evangelio de Mateo: «Al llegar a la región de Cesarea de Filipo, Jesús preguntó a sus discípulos: (…) “Y vosotros ¿Quién decís que soy yo?”. Simón Pedro tomó la palabra y dijo: “Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo”. Jesús le respondió: “¡Bienaventurado tú, Simón, hijo de Jonás!, porque eso no te lo ha revelado ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos. Ahora yo te digo: tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder del infierno no la derrotará. Te daré las llaves del reino de los cielos: lo que ates en la tierra quedará atado en los cielos, y lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos”» (Mateo 16,13-19).

Los primeros cristianos reconocieron la primacía de Pedro: el hecho de que Jesús cambie el nombre de Simón en Pedro es un acto en continuidad con la acción de Dios en la historia de Israel. Dios cambia el nombre de Abram en Abraham, el de Sarai en Sara, el de Jacob en Israel… Este cambio de nombre indica siempre una vocación y misión especiales, y en el caso de Pedro, esta vocación es la de ser piedra de la comunidad de seguidores, a los que Jesús llama “mi Iglesia”. El término iglesia, del griego ekklesia —que significa “asamblea”— viene a traducir el hebreo qahal, término que a su vez se utiliza en el Antiguo Testamento para hablar del pueblo de Israel cuando aparece reunido en la Presencia de Dios.

Por medio de estas referencias, podemos entender mejor los primeros pasos de la Iglesia, la conciencia que desde el comienzo tuvo de su misión. En los Hechos de los Apóstoles, antes de Pentecostés, los apóstoles, bajo la iniciativa de Pedro, se reúnen con la intención de llenar el vacío que ha dejado la muerte de Judas Iscariote: «Es necesario, por tanto, que uno de los que nos acompañaron todo el tiempo en que convivió con nosotros el Señor Jesús, comenzando en el bautismo de Juan hasta el día en que nos fue quitado y llevado al cielo, se asocie con nosotros como testigo de su resurrección» (Hechos 1,21-22).

Con la conciencia de tener una misión común que los une, los primeros miembros de la Iglesia comparten la convicción de haber sido elegidos por Jesús para continuar su obra y hacerlo presente en el mundo. Poco a poco, se va desarrollando el aspecto jerárquico de la Iglesia, como narra San Pablo en su Carta a los Gálatas: «Además, reconociendo la gracia que me ha sido otorgada, Santiago, Cefas y Juan, considerados como columnas, nos dieron la mano en señal de comunión a Bernabé y a mí, de modo que nosotros nos dirigiéramos a los gentiles y ellos a los circuncisos» (Gálatas 2,9).

Craso error pensar que los primeros cristianos fueran una comunidad amorfa. No hay más que leer detenidamente los Hechos de los apóstoles, del evangelista Lucas, para comprobar la conciencia que tienen de sí mismos aquellos seguidores de Jesús. Desde el primer momento existe una jerarquía y cada miembro cumple una función determinada. Donde se acude a los apóstoles ante las dificultades que van surgiendo.

Es ilustrativo el caso de Clemente Romano, tercer sucesor de Pedro en la Iglesia de Roma, que interviene en asuntos disciplinares y doctrinales ante los corintios. La Iglesia de Corinto, fundada por Pablo y con una personalidad muy fuerte, no duda en acatar las disposiciones de Clemente. El término apostólico, referido a la Iglesia ya desde muy antiguo, es la garantía de que lo que se cree y lo que se hace está vinculado a Cristo a través del testimonio y la interpretación de la comunidad primitiva, la comunidad de los apóstoles.


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