Martes, 28 de agosto de 2018

(Apunte 34)

Los apóstolesContinuamos indagando sobre si Jesús tuvo o no intención de fundar la Iglesia. Para ello nada mejor que acudir a las fuentes históricas. Es cierto que la mayoría de los documentos existentes son cristianos o «eclesiásticos» y, por tanto, interesados en defender la posición de la Iglesia. Pero también es cierto que esos mismos documentos son los que nos dan a conocer a Jesús y que son anteriores a toda supuesta vinculación de la Iglesia con cualquier poder, además de ser fuertemente dependientes de la persona y el mensaje de Jesús.

Partiendo de esta realidad, vayamos al Nuevo Testamento. Aquí vemos a un Jesús que predica a las multitudes (esto lo diferencia de los rabinos), pero que también reúne junto a sí a un grupo de personas, los llamados discípulos. De entre ellos podemos distinguir tres sub-grupos: los 72 varones que envía a predicar de dos en dos, el grupo de las mujeres que lo acompañan y lo sirven con sus bienes, y el de los doce apóstoles, con quienes convive dos o tres años y a quienes enseña con mayor detenimiento.

De la relación con sus discípulos es fácil comprobar que Jesús busca constituir una comunidad estable, que difunda su enseñanza y su obra, así como que asegure su presencia en la historia. El grupo de los Doce destaca desde el comienzo en su vida pública. Leemos en el evangelio de Marcos: «Jesús subió al monte, llamó a los que quiso y se fueron con él. E instituyó doce para que estuvieran con él y para enviarlos a predicar, y que tuvieran autoridad para expulsar a los demonios: Simón, a quien puso el nombre de Pedro; Santiago el de Zebedeo, y Juan, el hermano de Santiago, a quienes puso el nombre de Boanerges, es decir, los hijos del trueno; Andrés, Felipe, Bartolomé, Mateo, Tomás y Santiago el de Alfeo, Tadeo, Simón el de Caná y a Judas Iscariote, el que lo entregó» (Marcos 3,13-19).

Interesante paralelismo entre esta subida de Jesús al monte para escoger al grupo de sus discípulos más cercanos y aquella otra escena similar, en la historia de Israel, en la que Moisés sube al Sinaí. Y del hecho de escoger a doce miembros y no otro número, se infiere la intención de Jesús de convocar a las doce tribus de Israel, el Pueblo de Dios. Además, Marcos señala los tres objetivos que persigue el Maestro al constituir a los Doce: estar con Él, enviarlos a predicar y darles autoridad para expulsar a los demonios.

Estar con Jesús es condición que abarca a los otros dos objetivos; para los apóstoles es (y para todo cristiano) el fundamento de su fe, y cuya misión es conocer a Jesús. Tener con Él un encuentro personal es lo que le da consistencia a la predicación, de lo contrario ésta se reduciría a transmitir unas ideas o doctrinas.

En cuanto al poder de expulsar demonios, ya hemos visto en el Apunte 22 que esto significa «liberar a los hombres del mal». Según Marcos, Jesús habría querido compartir esto con sus apóstoles.

No obstante, si atendemos a los nombres de los discípulos enseguida vemos a Pedro, que abandonó a Jesús y lo negó en la hora de la pasión; a Santiago y Juan, los hermanos tan vehementes que Jesús apoda “hijos del trueno”; a Tomás, el apóstol incrédulo; Mateo, el publicano; Simón, el zelote... Jesús podría haber escogido a hombres honrados y cultos como José de Arimatea y Nicodemo, o a sus amigos más santos (su propia madre, o los hermanos de Betania), sin embargo escogió a hombres que mostraron continuamente sus ambiciones y defectos.

Este punto es muy importante porque muestra como una de las convicciones más hondas de Jesús es la de que viene a llamar a los pecadores. Pero esta venida también indica con claridad que la iniciativa es suya, no de los propios apóstoles, que por sí mismos seguramente habrían seguido otros criterios.


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Martes, 21 de agosto de 2018

(Apunte 33)

Jesús funda la IglesiaTrataré de responder a la primera de las dos cuestiones que quedaron pendientes al final del anterior Apunte: ¿Jesús de Nazaret quiso la existencia de la Iglesia? Pero antes que nada conviene acordar qué entendemos por Iglesia.

Son muchas las ideas diferentes que circulan por ahí sobre qué es la “Iglesia”. Unos la tachan de una especie de ONG, otros la ven como una institución política, o cultural, o educativa; incluso hay personas que la consideran un grupo de poder sin más, pues en demasiadas ocasiones se han visto a miembros de la Iglesia utilizarla indignamente para provecho propio. Sin embargo, la gran pregunta que ante todo debemos hacernos es: ¿qué pretende ser la Iglesia? Y una vez que lo sepamos podremos verificar si las acciones de sus miembros se corresponden con esta pretensión. Pero, sobre todo, podremos saber si eso que pretende ser la Iglesia tiene algún sentido y nace de la misma pretensión de Jesús.

Averiguada la verdadera actividad de la Iglesia es cuando debemos comprobar si esto responde a sus objetivos últimos, y que tales actividades son consecuencia de su esencia y su misión; es decir, si lo hace porque —al igual que Cristo— busca la justicia, el bien, el desarrollo integral de todos los hombres; en definitiva, si su labor última es salvarlo en el cuerpo y en el alma.

Esta es la pregunta capital, ya que la Iglesia no se ha definido nunca como un poder político o económico, ni siquiera como una sociedad de beneficencia. La Iglesia se ha definido como algo mucho más complejo, arduo y escandaloso: como la comunidad de los seguidores de Cristo, capaz de hacerlo presente a lo largo de la historia. Esta definición puede encontrar fórmulas diversas según las épocas, pero en esencia es común a los cristianos de todas ellas.

Por fortuna son muchas las evidencias que tenemos de que Jesús quiso la Iglesia. De no ser así tendríamos un sinfín de hipótesis, y muchas de ellas verosímiles: podría ser que un grupo de personas buscó monopolizar el mensaje de Jesús y hacer uso de él para los propios fines del grupo. O podría ser que los seguidores se inspirasen en los mensajes de Jesús y propugnaran un programa político o social. Podría ser también aquello que afirmó el teólogo heterodoxo Alfred Loisy: «Jesús predicó el Reino y vino la Iglesia», es decir, el mensaje espiritual de Jesús fue malinterpretado por sus seguidores que no tuvieron mejor ocurrencia que organizar una institución ajena a la voluntad de su maestro. Incluso cabrían otras hipótesis de tipo conspiratorio, como que la Iglesia la constituyeron unos hombres con afán de dominación, y por ese fin se ha movido a lo largo de la historia…

Ahora bien, cabe preguntarnos: ¿por qué Jesús de Nazaret quiso formar una comunidad de seguidores? La respuesta nos lleva a tener presente que una constante en la historia es la relación maestro-discípulo. Así ocurrió con Buda, Pitágoras, Platón, Mahoma… Cuando alguien ha querido transmitir una enseñanza considerada muy valiosa, una verdad o una moral que no pereciera con el tiempo, nada más humano que llamar a otros para transmitirles la valiosa enseñanza, para que a su vez ellos la transmitieran a otros, con el fin de que aquello no acabara con la muerte del maestro. Esto fue, por tanto, lo que también hizo Jesús: reunió junto a sí a un nutrido grupo de discípulos, y escogió entre estos a doce, con quienes pasó más tiempo que con otros: con ellos vivió unos años, escucharon sus enseñanzas, comprendieron su misión y aceptaron vivir para ella.

Este procedimiento se basa en un acto de confianza mutua, del discípulo en el maestro al seguirlo y del maestro en el discípulo al entregarle su legado. Ciertamente dicha confianza no garantiza un resultado infalible, ya que los discípulos con frecuencia tienen la tentación de apartarse de la doctrina del maestro. Pero no hay muchas otras alternativas para garantizar aquel fin.

Cabe preguntarnos, ante la posibilidad del discípulo de apartarse de las enseñanzas del maestro, si Jesús es Dios ¿no habría hallado un modo más “divino”, más seguro, de hacerse presente entre los hombres? Podría, por ejemplo, haberse quedado en persona y así haberse ahorrado tener intermediarios. Pero entonces tendríamos a un personaje de dos mil años de edad, sabio e inmortal…

Ciertamente, ese modo de permanencia sería tal vez divino, pero desde luego no sería un modo «humano» de darse a conocer: los hombres permanecemos en este mundo muy poco tiempo. Además, ¿qué espacio habría dejado a nuestra libertad? En cambio, el permanecer en una comunidad y actuar a través de ella implica dimensiones profundamente humanas: no sólo la concepción universal de una cierta pervivencia en la posteridad, sino también la necesidad de un vínculo social para generar una realidad que trasciende a todos sus individuos, la identidad de un sujeto a través y a pesar del paso fragmentario del tiempo.

Ahora bien, la pretensión de Jesús al reunir discípulos no se queda en garantizar su recuerdo y guardar memoria de sus enseñanzas. De ser así no sería muy distinto de Pitágoras, Platón o Buda, y lo que conservaríamos de Él sería una doctrina o una moral particular. Jesús pretendió más y afirmó que se le podría encontrar en la comunidad de sus seguidores. Y encontrar de un modo literal, no metafórico. Ya veremos más adelante qué significa esto; pero por el momento, quedémonos con la siguiente idea: si Jesús no es Dios, entonces su promesa de hacerse presente en la Iglesia es pura ficción. Mas si Jesús es quien dice ser, entonces sus discípulos quizá sí sean capaces, como Él quiso, de hacerlo presente en cada momento.


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Martes, 14 de agosto de 2018

(Apunte 32)

El encuentro con JesúsA lo largo de estos Apuntes de Esperanza el hilo conductor ha girado en torno a la pretensión divina de Jesús de Nazaret. La pregunta inicial —¿puedo encontrar el sentido de mi vida?— nos ha llevado a un hecho histórico de hace dos mil años. Sabemos que desde el comienzo del cristianismo Jesús fue adorado como Dios por los cristianos, y esto se explicaba por la pretensión que el mismo Jesús demostró a lo largo de su vida pública, especialmente en los años que pasó enseñando, curando enfermos, consolando a desvalidos, y que finalmente lo llevó a ser condenado por blasfemo. Los hechos que siguieron después de su muerte y controvertida resurrección produjeron unos efectos enormes entre sus seguidores: salieron por todo el mundo a anunciar que Jesús estaba vivo. Su resurrección fue el mayor Signo que corroboraba su pretensión: Dios se había hecho hombre.

Pero esto sucedió hace dos mil años. Si la pretensión de Jesús de ser Dios-con-nosotros es cierta, cabe preguntarse: ¿cómo se manifiesta hoy esa pretensión?, ¿cómo se hace presente hoy en día?, ¿qué tiene que ver aquello con nuestra vida de hoy? Ya en los siglos XVIII y XIX dos pensadores se planteaban esto mismo. Por un lado, Gotthold Lessing, escribe: «Las verdades contingentes de tipo histórico no pueden convertirse en una prueba de verdades necesarias de tipo racional […] Pasar de esa verdad histórica a una clase totalmente distinta de verdad y pretender de mí que tenga que configurar todos mis conocimientos metafísicos y morales en conformidad con ella […] exige de mí […] que modifique según ella todos mis conceptos fundamentales de la divinidad […] Éste, precisamente éste, es el maldito foso que no consigo saltar, a pesar de los numerosos y penosos esfuerzos que he intentado realizar».

Este es el primer obstáculo: ¿cómo fundar mi vida, el sentido de mi vida —con sus anhelos, sus proyectos, sus razones— en una verdad histórica? Sé que puedo caminar por la vida según un principio (moral) o una convicción (una verdad racional necesaria), pero no puedo ni podré nunca regir mi vida por un hecho. ¿Cómo podría fundar mi vida en un hecho acontecido hace dos mil años, en un escenario en el que no he participado siquiera como espectador, y en el cual no me he visto implicado sino de forma accidental, por mi circunstancia geográfica, cultural e histórica?

Razones semejantes manifestó el pensador danés a Soren Kierkegaard: «Se da en la cristiandad una perenne charlatanería de domingo acerca de las gloriosas e incomparables verdades del cristianismo, de su dulce consuelo, pero se nota muy bien que ya hace mil ochocientos años en que Cristo vivió: la señal de escándalo y el objeto de fe se ha convertido en la más fantástica de todas las figuras fantásticas, en un hombrecillo adorable».

No cabe duda de que este largo periodo de tiempo ha despojado a Jesús de Nazaret de su pretensión. No se trata de que su verdad se haya debilitado, pero sí lo ha hecho su fuerza con respecto a nosotros, hasta el punto de convertirla en una caricatura: al no ser contemporáneos a Cristo no acertamos a verlo, y si lo hacemos, lo haremos desde una engañosa distancia que nos protege, nos libra del escándalo y cambia la imagen de Jesús en la de un «hombrecillo adorable».

Y, precisamente, salvar esta distancia que señalan Lessing, Kierkegaard y tantos otros pensadores, es lo que pretende la Iglesia, pues afirma que ella hace presente a Cristo de un modo real y actual: no se trata de relatar una y otra vez un “hecho histórico”, sino de presentarnos a Jesús de un modo tan real que podamos encontrarnos, hoy, con Él. Ahora bien, la primera pregunta que debemos responder es: ¿De dónde le viene a la Iglesia esta pretensión? Para averiguarlo trataré de responder a dos cuestiones previas: primera, ¿Jesús quiso la existencia de la Iglesia?; y segunda, ¿es fiel la Iglesia al deseo de Jesús?


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Martes, 07 de agosto de 2018

(Apunte 31)

Caminar hacia la LuzDescartadas la tres primeras hipótesis (no fue una leyenda [Apuntes 18,19 y 20], tampoco una fabulación [Apunte 29] y no estaban locos [Apunte 30]) que niegan la Resurrección de Jesús, vamos a la cuarta. Esta hipótesis admite que los relatos son fieles testimonios de un acontecimiento que sucedió realmente. Así pues, admitir la hipótesis de la Resurrección permite explicar mejor los hechos que dieron origen al cristianismo, por lo que estaríamos ante una “prueba” de la verdad del Cristianismo. Sin embargo, esto no es así por dos razones principalmente: la primera es que lo que denominamos “prueba”, implica algo conclusivo y evidente. Una “prueba” empírica de la verdad del Cristianismo –que es antes que nada una verdad existencial, que compromete la propia existencia– sólo podremos verificarla al término de la propia existencia. Luego, respecto de la verdad del cristianismo no podemos hablar de demostración (como si se tratara de una verdad lógica o una verdad empírica que se pueda demostrar experimentalmente o deducir de unos principios), sino que alcanzaremos siempre más o menos indicios que apunten hacia esa verdad.

Por otro lado, el hecho de la resurrección constituiría un hecho histórico. Y como hecho histórico, siempre nos acercaremos a él por aproximación: al no poder reproducirlo experimentalmente, no podremos saber si sucedió tal como afirman los testigos oculares, y el tipo de certeza que alcancemos sobre su verdad será siempre aproximativa.

Cuando se trata de certezas, conviene distinguir entre certezas matemáticas o empíricas y certezas existenciales. Frente a la evidencia incontestable de la certeza matemática que uno puede obtener por una demostración correcta, las certezas existenciales ofrecen más bien razones suficientes para poner en marcha nuestra libertad: son indicios que marcan el camino, y al mismo tiempo esos indicios pueden ser más o menos razonables

La certeza existencial del cristianismo el hecho de la Resurrección serviría más bien para este propósito, como indicio razonable (ya hemos visto como otras hipótesis no explican suficientemente los datos con los que contamos) que anime a nuestra libertad a dar el paso y confiar, esto es, tener fe.

¿Y qué sucedería si resulta ser verdad que Cristo resucitó? La verdad de la resurrección significaría corroborar la pretensión que tenía Jesús de sí mismo: él es Dios, pero no un dios impasible en el Olimpo, sino un Dios-con-nosotros, que se ha hecho uno de nosotros, ha asumido el sufrimiento, la fragilidad humana y la muerte, y las ha superado, abriéndonos la posibilidad de una vida plena, sin los límites que señala la muerte.

Pero esta pregunta no puede resolverse tajantemente, pues hemos visto que más que una prueba es un indicio, y su pretensión de verdad pasa por ser un tipo de verdad existencial, que invita al compromiso. De ahí que la Resurrección es ante todo un Signo que apela a nuestra libertad y quiere comprometer nuestra vida. Por eso quienes se encontraron con Jesús resucitado conocen algo nuevo de Él que hasta entonces no conocían. Cristo obra en ellos un cambio. Y esa transformación realizada por Cristo es la que les lleva a comunicar lo que han visto y oído, hasta dar la vida. El encuentro con Cristo resucitado explica este cambio; sin Él, es un enigma. Si alguien nos dijera que el amor de nuestra vida está ahí fuera, y que el signo para reconocerle es que tiene un ramo de flores, lógicamente iríamos a buscarlo inmediatamente. Si uno cogiera las flores y volviera para decir “es cierto, está ahí, aquí están las flores”, se habría perdido lo mejor. Lo lógico es agarrar las flores y al amor de la vida y disfrutar de él.

Por tanto, si constatamos la historicidad de la Resurrección de Jesús quizá podamos agarrar las flores, pero el camino no se acaba. Hay que experimentar personalmente lo que significa para mi vida, para la historia, que Jesús esté vivo. Tenemos que poner ante este Hombre nuestro deseo de eternidad, nuestro deseo de un amor más fuerte que la muerte, nuestras enfermedades y nuestras angustias y anhelos… y comprobar si su luz ilumina el enigma de nuestra vida.


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