Martes, 31 de julio de 2018

(Apunte 30)

Mateo el incréduloMuchos piensan, y han pensado a lo largo de dos mil años, que los discípulos de Jesús eran unos pobres alucinados que se engañaron a sí mismos. Es esta una hipótesis que desmiente la resurrección de Cristo y se sustenta sobre la posibilidad de que los discípulos estuvieran emocional y psíquicamente perturbados por la personalidad de Jesús y por sus palabras. Estos hombres y mujeres se habrían engañado a sí mismos sugestionados con que Jesús estaba vivo, y se encontrarían tan obsesionados con ello que habrían llegado incluso a tener alucinaciones y visiones.

Sin embargo tal hipótesis plantea algunos problemas. El primero es que contradice el hecho de que pudiera haber existido una predisposición inicial a la resurrección. Prueba de ello es el gran desánimo que se apoderó de todos los discípulos tras el trágico y terrible final de la cruz. Sin duda el miedo les llevó a dispersarse y esconderse. Es más, tras las primeras apariciones muchos se negaron a creer lo que otros atestiguaban.

El segundo problema tiene que ver con la posibilidad de que los discípulos sufrieran algún tipo de alucinación. Pues bien, a esto sólo decir que de tratarse de tal cosa, la alucinación hubiera sido de carácter colectiva, pues son muchos los que atestiguaron haber visto a Jesús (las mujeres, los apóstoles, otros discípulos). No obstante, para una alucinación de este tipo se requiere el uso de sustancias alucinógenas y esto implica una nueva hipótesis que habría que demostrar. Además, las patologías de este tipo, si no son tratadas, llevan a la ruptura de la personalidad. No es el caso de los discípulos, ya que las apariciones cesaron a los cuarenta días.

En tercer lugar cabe contemplar la posibilidad del autoengaño. Sin embargo, los estudios psiquiátricos revelan que jamás una alucinación de este tipo va acompañada de la duda sobre lo que se cree haber visto o percibido. El visionario o el alucinado no dudan nunca. Por el contrario, María Magdalena, los discípulos de Emaús…, los protagonistas de las supuestas alucinaciones, dudan. Hay ocasiones en que no reconocen a Jesús en un primer momento.

Y, por último, qué decir del sepulcro vacío. La ilusión de los discípulos habría encontrado su cura a la vista del cadáver de Jesús… Pero el cuerpo no está, la tumba está vacía.

Así pues, ¿podemos afirmar que la resurrección de Jesús es un hecho? O, por el contrario, ¿se trata de una invención? Sin duda son muchos los investigadores y estudiosos que afirman con rotundidad que la resurrección de Jesús es un hecho acaecido en la historia y en nuestro mundo, pero al mismo tiempo es un misterio de fe. No es, por tanto, una invención ni un mito que solo tiene una relación simbólica con la existencia humana, como afirmó el prestigioso teólogo Rudolf Bultmann el siglo pasado, y siguen afirmando, con matices distintos, autores contemporáneos.

En realidad, la única hipótesis que desatasca esta controversia apunta claramente a la aceptación del hecho de la resurrección. Obviamente la resurrección de Jesús no fue una vuelta a su anterior existencia humana, como había sucedido con Lázaro que, resucitado por Jesucristo, volvió a la vida y posteriormente moriría definitivamente. Si Jesús resucitó lo hizo con su cuerpo pero a una vida más allá de este mundo. En todo caso, lo que sí estamos en condiciones de afirmar es que los discípulos de Jesús de Nazaret ni estaban perturbados ni estaban locos.


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Martes, 24 de julio de 2018

(Apunte 29)

Guardias ante el sepulcroHoy trataremos la hipótesis que considera la resurrección de Jesús de Nazaret como un engaño que urdieron sus discípulos para construir una leyenda. Y lo primero que comprobamos es que dicha hipótesis enseguida encuentra objeciones de peso: la primera es su falta de verosimilitud. Los mismos relatos que hablan de la resurrección son poco “creíbles”.

En primer lugar, vemos que los primeros testigos son mujeres, y ya sabemos que el testimonio de las mujeres en aquellos tiempos tenía escaso valor. Sobre esto escribe el historiador judío Flavio Josefo: «Los testimonios de mujeres no son válidos y no se les da crédito entre nosotros, por causa de la frivolidad y la desfachatez que caracterizan a este sexo».

Por su parte, Celso, escritor pagano del siglo II que escribe contra los cristianos, se aprovecha también del testimonio femenino para desprestigiar el relato: «¿Y quién vio todo esto? ¡Una mujer histérica, como decís…!»

Y qué decir del evangelista San Lucas que, ante el primer anuncio de las mujeres, escribe de los apóstoles: «Ellos lo tomaron por un delirio y no las creyeron» (Lucas 24,11).

En cuanto a San Pablo, no duda en abstenerse de mencionar a las mujeres de entre los numerosos testigos que se encontraron con Jesús, (1 Corintios 15,3 y ss.). Puestos a inventar un relato, los apóstoles, insertos en una sociedad patriarcal, no hubieran escogido como testigos a aquellas personas que carecían de fiabilidad para la mentalidad de la época.

Por otra parte, la idea de la resurrección era totalmente ajena en la cultura del pueblo judío y del mundo pagano de aquella época. Es cierto que en el contexto judío algunos movimientos, como los fariseos, tenían una idea de la resurrección de los cuerpos al final de los tiempos; pero esta idea, imprecisa, no se corresponde con lo que experimentan con Jesús. Tampoco encuentran paralelo con los milagros que el mismo Jesús realizó, «volviendo a la vida» a su amigo Lázaro, por ejemplo. Lázaro volvió a la vida para volver a morir más tarde. Jesús, en cambio, delata un modo de presencia distinto, una vida que ya no acaba y una materialidad que no alcanzan a describir completamente: un cuerpo humano que aparece y desaparece, que entra y sale de habitaciones cerradas, que come y puede tocarse con el dedo… La experiencia que quieren comunicar es nueva, difícil de asimilar por quienes la escuchan. Es más, conociendo que lo que atestiguan podía ser interpretado como visiones, o apariciones, fantasmas, etc. –fenómenos que sí se manejan en la época–, los discípulos buscaron a toda costa distinguir lo que habían visto y vivido de estos fenómenos: y por ello apuntan que lo tocaron, que comieron con él, que hablaron con él, etc.

Por tanto, es inverosímil que los discípulos buscaran el engaño en un contexto que entendía la vida después de la muerte de modo completamente distinto. Resulta inconsistente suponer que, si tenían alguna intención de engañar a alguien, diseñaran un mensaje tan inverosímil y extraño para aquella época.

Otra razón para desechar la hipótesis del engaño es que, de haber sido tal, hubiera bastado con presentar testigos que desmintiesen a los discípulos, o mejor aún, traer la prueba irrefutable: el cadáver de Jesús. Dado que el cuerpo no estaba y el sepulcro se hallaba vacío, surge una nueva hipótesis: ¿los discípulos robaron el cuerpo? Esta hipótesis la recoge ya el Evangelio de San Mateo. Ahora bien, la hipótesis no deja de tener sus propios problemas: en primer lugar, el anuncio de la resurrección comenzó unos días o semanas después de los hechos. Ya hemos visto como poco antes los discípulos habían abandonado a su maestro en la hora de la prueba y se habían escondido, muertos de miedo, tanto de los judíos como de los romanos. El propio San Mateo destaca que el Sanedrín convenció a los soldados que vigilaban el sepulcro para que dijesen que el cuerpo había sido robado mientras estaban dormidos. Argumento viciado de raíz, pues dichos testigos del robo tienen la peculiar condición de ser testigos ¡dormidos!

Para concluir con la hipótesis del engaño, se hace difícil entender cómo es posible que los apóstoles hubieran robado el cadáver y después anduvieran por Jerusalén hablando de ese muerto, diciendo que las autoridades eran responsables de esa muerte… ¿Nadie los juzgó por romper el sello sagrado del Templo, o por profanar una tumba y robar un cadáver? Lo único que conseguirían los apóstoles –y de hecho consiguieron– fueron persecuciones, destierros y muertes… Ellos lo sabían. Sabían que el único modo de testimoniar su encuentro con el Resucitado era por medio de datos tangibles, verificables, diciendo que ellos le habían tocado.


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Martes, 17 de julio de 2018

(Apunte 28)

El sepulcro vacíoHoy nos acercamos a la Resurrección. Este hecho ha sido proclamado por los cristianos y es uno de los pilares de su fe («Si Cristo no ha resucitado, vana es nuestra predicación y vana es nuestra fe» [1 Corintios 15,14]). En Apuntes anteriores he señalado algunos de los signos que acompañan la pretensión de Jesús, no obstante, para los cristianos «este es el Gran Signo».

No obstante, aquí no hablaré de la verdad de este hecho (¿es verdad que resucitó?). En primer lugar diré que como hecho histórico no se puede reproducir; sí, en cambio, podemos poner a prueba la historicidad de los relatos, de los testimonios de aquellos que vivieron en los días inmediatamente posteriores a la muerte de Jesús, ver la coherencia de sus testimonios y determinar si se puede explicar por otras causas, como podría ser el robo del cadáver, una alucinación de los testigos, etc.

Los relatos de la Pasión no acaban con la sepultura de Jesús. De haber sido así, la pretensión de Jesús de ser Dios habría quedado con él sepultada. No, los evangelistas coinciden en que tras la muerte Jesús volvió a la vida, y a una vida ya sin las limitaciones propias de la vida humana como la conocemos. ¿Qué dicen estos relatos? Atendiendo a los relatos evangélicos podríamos resumirlo en lo siguiente:

   1.- José de Arimatea, cede el sepulcro donde Jesús habría sido enterrado (Marcos 15,43-46).

   2.- Nicodemo, un fariseo, habría donado mirra y aloe para cumplir con los ritos funerarios (Juan 19,39-42).

   3.- El Sanedrín habría solicitado sellar la sepultura y poner guardias en las puertas (Mateo 27,62-66).

   4.- La muerte de Jesús habría sucedido un viernes. El sábado, los discípulos habrían guardado reposo según la costumbre judía (Lucas 23,55-56).

   5.- Las mujeres van el primer día de la semana a terminar los ritos funerarios: encuentran la tumba vacía y unos hombres extraños les dicen que Jesús vive (Mateo 28,1-10; Marcos 16,1-8; Lucas 24,1-12; Juan 20,1-2).

   6.- Juan dice que María Magdalena vio a Jesús vivo de nuevo y habló con Él (Juan 20,11-18; Marcos 16,9-11). Pedro y Juan corrieron hacia la tumba ya vacía y Juan confiesa que, al ver la mortaja, creyó que su Maestro había resucitado (Juan 20,3-10).

   7.- Otros se encontraron con el Señor de camino esa misma tarde (Lucas 24,13-35; Marcos 16,12-13).

   8.- Los apóstoles se encuentran con Jesús en la noche (Juan 20,19-23; Lucas 24,36-49; Marcos 16,14-18), y luego en varias ocasiones más.

¿Cómo explicar, pues, estos hechos? Varias son las hipótesis que se han propuesto a fin de dar cuenta de estos relatos:

   A.- Que es mentira, los discípulos engañaron al inventarlo todo.

   B.- Los discípulos se engañaron a sí mismos, eran unos pobres alucinados.

   C.- Esto es una leyenda forjada por los primeros cristianos a partir de un hecho histórico, al que se le fueron añadiendo cosas hasta terminar en el mito de la Resurrección.

   D.- Es el testimonio escrito de algo que aconteció realmente, y que los testigos se limitaron a transmitir a otros.

Dado que la hipótesis de la leyenda ya la hemos abordado cuando considerábamos las fuentes históricas, y la última hipótesis es más bien una pretensión de la veracidad de los relatos, abordaremos las primeras dos hipótesis: la de que los discípulos de Jesús engañaron al inventarlo todo y la de que los discípulos se engañaron a sí mismos porque eran unos pobres alucinados.


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Martes, 10 de julio de 2018

(Apunte 27)

Morir por amorCuando en el Apunte 17 abordé la historicidad de los textos, señalé la existencia de unos primeros escritos muy próximos a la muerte de Jesús, que habrían servido de fuentes para la redacción de los cuatro Evangelios. De lo que los expertos no dudan es que aquellos primeros escritos, y casi la totalidad del anuncio de los primeros cristianos, giraban en torno al momento de la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesús de Nazaret. Son relatos que recogen los testimonios más cercanos al acontecimiento.

En Resumen, estos testimonios afirman lo que sostienen los Evangelios, es decir, que Jesús murió y que lo hizo en medio de un gran padecimiento: fue arrestado, juzgado y ejecutado como un criminal, pasó la noche del jueves al viernes llevado de un lado a otro de la ciudad: del cenáculo al Huerto, de allí a casa de Anás y luego a la de Caifás; luego, en torno a las cinco de la mañana, a casa de Pilato, que lo remite a Herodes; Herodes se burla y lo devuelve a Pilato; entonces los soldados lo flagelan, golpean y se burlan también de él. Cuando se confirma la condena le cargan la cruz a cuestas y la arrastra hasta el Calvario, donde es crucificado (hora sexta) y elevado en agonía hasta que se certifica su muerte, después de traspasarle el costado con una lanza, hacia la hora nona (las tres de la tarde).

Pero antes de pasar a comentar los relatos de la Resurrección, que son los que aquí más nos interesan, deseo recordar una teoría que niega la resurrección de Jesús y que se sustenta en unos versos del Corán: «Hemos dado muerte al Ungido, Jesús, hijo de María, el enviado de Dios. Pero no le mataron ni le crucificaron, sino que les pareció así» (Sura 4, 157). Según esta teoría, Jesús no habría muerto, sino que malherido habría sido bajado de la cruz, curado por los suyos y se habría presentado más tarde afirmando haber resucitado.

Esta teoría, que fue ampliamente difundida, resulta difícil de sostener por dos razones fundamentales: la primera porque no sólo niega los testimonios de los Evangelios, sino que se apoya en la interpretación recogida en el Corán (libro escrito 600 años después). Pero es que, además, Mahoma depende literariamente de los mismos Evangelios o de personas que conocen los Evangelios. Y la segunda razón que deja al descubierto la falacia de esta teoría negacionista es la incompatibilidad de una curación en un cuerpo que presenta un cuadro clínico extraordinariamente crítico: más de un centenar de desgarros lacerantes y traumatismos severos en un cuerpo flagelado y torturado, que perdió gran cantidad de sangre en un proceso que culminó con las arterias de las muñecas y los pies reventadas, así como una perforación pulmonar causada por una lanza, a lo que hay que añadir deshidratación y extenuación, y todo ello en las condiciones sanitarias de Palestina en el Siglo I.

En realidad esta teoría trata de justificarse con el argumento falaz de que si no hay muerte, no hay resurrección. En el caso del testimonio del Corán hay otra razón, esta vez teológica: si bien Jesús no es considerado Dios, sí es considerado un profeta importante, y es inconcebible para la lógica de Mahoma que un santo de Dios sufra el castigo de un criminal.

Por el contrario, los Evangelios no sólo afirman que Jesús es inocente y sufre como culpable, sino que afirman que el mismo Jesús afronta la Pasión manteniendo su pretensión de ser el Hijo de Dios… Esta pretensión de ser Dios, de morir por amor, de sufrir y morir para el bien de los hombres, es lo que hace de la injusta muerte de Jesús un caso verdaderamente atípico, y es lo que no podemos dejar de considerar cada vez que volvamos sobre los relatos de la Pasión.


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Martes, 03 de julio de 2018

(Apunte 26)

Muerte de JesúsDespués de presentar los principales signos de los que se valió Jesús de Nazaret para manifestar su pretensión de ser Dios, creo llegado el momento de hablar de su muerte y de su atribuida resurrección. Lo primero que debo decir es que, de ser cierto esto último, entonces sí que estaríamos ante un hecho verdaderamente portentoso, que sobrepasaría nuestro entendimiento y ante el cual no nos quedaría más remedio que inclinarnos con humildad; no cabría más que aceptar una realidad que está muy por encima de nuestra naturaleza humana. Pero no adelantemos acontecimientos y reflexionemos sobre la muerte y, en especial, sobre la muerte de Jesús.

Bien, decir que la muerte es un hecho indisociable de la vida resulta una obviedad, por ello no insistiré en este punto. En cambio sí me referiré a la consideración que, en general, tenemos los seres humanos de la muerte. Diré que ya desde las sociedades más primitivas a las más desarrolladas el hombre se ha enfrentado a la muerte con temor, pero también como una realidad transcendente. Para este paso de la vida terrena al más allá desconocido el individuo ha comprometido su esperanza de alcanzar la plenitud y el gozo eterno, o bien diluirse en una oscuridad trágica infinita. Y es que la muerte desde siempre fue un enigma para el ser humano, pero un enigma que ha alentado una conciencia espiritual y metafísica. Conciencia que tiende a buscar el asentimiento de los espíritus superiores o los dioses cósmicos, y que en buena medida rigen el orden moral de la conducta humana y determinan la recompensa tras la muerte.

La arqueología ha recogido centenares de miles de testimonios de cómo los seres humanos han honrado a sus muertos y de cómo se han relacionado con sus dioses. Pero para no distraernos demasiado en este proceloso océano de realidades culturales, daré un salto hasta nuestros días para mostrar cómo nos enfrentamos, aquí y ahora, al drama de la muerte. Lo haré de la mano del escritor Ernesto Sábato, el cual dejó escrito un bellísimo y doloroso testimonio tras la muerte de su hijo: «En este atardecer de 1998, continúo escuchando la música que él amaba, aguardando con infinita esperanza el momento de reencontrarnos en ese otro mundo, en ese mundo que quizá, quizá exista. […] Después de la muerte de Jorge ya no soy el mismo, me he convertido en un ser extremadamente necesitado, que no para de buscar un indicio que muestre esa eternidad donde recuperar su abrazo. En mi imposibilidad de revivir a Jorge busqué en las religiones, en la parapsicología, en las habladurías esotéricas, pero no buscaba a Dios como una afirmación o una negación, sino como una persona que me salvara, que me llevara de la mano como a un niño que sufre».

Es todo un canto y un llanto de amor. Son palabras que revelan la fragilidad humana y el anhelo de ver superada la muerte, así como la necesidad que tenemos de ser salvados de ella; necesidad de alguien que nos lleve «de la mano como a un niño que sufre». ¿Cuántas personas nos sentimos identificadas con estos trágicos sentimientos? El filósofo francés Gabriel Marcel identifica el drama de la muerte con el sentimiento del amor: «Amar a otro es decirle: tú no morirás». Por tanto, si el amor es ese elemento fundamental que dota de sentido la vida humana en nuestros días, la muerte resulta una contradicción evidente para esa pretensión. O la muerte es el final, o no lo es. De ahí la pretensión del cristianismo cuando afirma que la muerte no es el final: «Jesús ha vencido la muerte».

Así es, Jesús de Nazaret empeña sus tres años de evangelización, de anuncio de la Buena Nueva, en la tarea –entre otras– de anunciarnos que el ser humano pueda librarse de la muerte. Por eso Jesús, identificado plenamente con el Mesías, el Unigénito de Dios-Padre, enviado a este mundo para renovar la antigua Alianza con los hombres, anuncia que la nueva Alianza será la del Amor: «Un mandamiento nuevo os doy: Que os améis unos a otros; como yo os he amado, que también os améis unos a otros» (Juan 13,34). Y esto lo comunica después de decirle a Marta, la hermana de Lázaro, el amigo muerto y enterrado desde hacía cuatro días: «Yo soy la Resurrección y la Vida. El que cree en Mí, aunque muera, vivirá; y todo el que vive y cree en Mí, no morirá jamás» (Juan 11,25-26).

Definitivamente, la muerte de Jesús no parece casual, ni fruto del azar o de la voluntad divina. Los testimonios recogidos en las Escrituras dejan patente que su muerte fue meditada, decidida y ejecutada por personas concretas, por hermanos de un mismo pueblo y por aquellos que regían los destinos de una nación (Juan 7,1; 11,47-53); que veían en él un peligro, porque manifestaba una nueva forma de vivir –humanizadora–, cuya pretensión era reconciliar al pueblo disperso y proclamar una relación personal con Dios basada en un pacto inédito.

Jesús actúa desde la profunda convicción de que su muerte, cada vez más cercana, iba a ser la prueba definitiva de su autenticidad divina: «Entonces los judíos le preguntaron: “¿Qué signo nos das para obrar así?” Jesús les respondió: “Destruyan este templo y en tres días lo volveré a levantar”. Los judíos le dijeron: “Han sido necesarios cuarenta y seis años para construir este Templo, ¿y tú lo vas a levantar en tres días?” Pero él se refería al templo de su cuerpo» (Juan 2,18-21).

Poseía Jesús una conciencia nítida sobre su misión liberadora de todos los elementos alienantes en el hombre y en el mundo, de que con él el plazo para la irrupción del Reino de Dios se había terminado y, con su presencia y actuación, ese nuevo orden de todas las cosas ya comenzaba a fermentar y a manifestarse. Su entrega –por y desde el amor– a las garras de la muerte era el paso previo para la redención, del hombre.


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