Martes, 26 de junio de 2018

(Apunte 25)

Yo SoyUno de los gestos de Jesús de Nazaret que mayor estupor –y también indignación– produjo en los judíos fue el trato familiar que dispensaba a Dios. Jesús se comportaba y hablaba como el Mesías esperado, y se identificaba de manera explícita con el nombre (Yo Soy) que Dios había comunicado a Moisés. He aquí algunos casos que irritaron sobremanera a muchos judíos. En primer lugar me referiré al trato familiar, casi íntimo, con el que Jesús se refería a Dios.

Ciertamente en algunas religiones los fieles llaman a Dios “Padre”, pero en todos los casos esa paternidad es más bien simbólica; Dios es padre en cuanto que es Creador o el principal protector de la raza humana. Por otra parte, si bien ha habido personas que se consideraron “dioses” e “hijo de los dioses”, como los farones, algunos emperadores romanos o el mikado japonés, éstos siempre mantuvieron una debida distancia con los dioses que regían el cielo y la tierra. Pues bien, en el caso del judaísmo del Siglo I esta distancia era infinitamente mayor. Si bien muchos devotos habían desarrollado una piedad que les permitía llamar a Dios, “Padre” (en arameo se dice Abu), ello no impedía que siguieran reconociendo la Trascendencia y Santidad de Dios, por lo que cualquier intento de rebajar a Dios al mundo de los hombres era inadmisible. Sin embargo, Jesús, aún viviendo en ese contexto y siendo además un judío piadoso, deja a todos asombrados –y a algunos escandalizados– al llamar a Dios “Abba”, es decir, “papá” (Marcos 14,36), con una intimidad que sólo tenían los hijos pequeños con sus padres, en el seno de la familia. Esto, para un judío piadoso, resultaba provocador.

San Pablo da testimonio de ello en varias de sus epístolas (Gálatas 4,6; Romanos 8,15). En la primera dice: «Mas cuando llegó la plenitud del tiempo, envió Dios a su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la Ley, para rescatar a los que estaban bajo la Ley, para que recibiéramos la adopción filial. Como sois hijos, Dios envió a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo, que clama: “¡Abba, Padre!”. Así que ya no eres esclavo, sino hijo; y si eres hijo, eres también heredero por voluntad de Dios» (Gálatas 4, 4-7).

Como se puede ver, el mismo Pablo, que reconoce la novedad y el sentido profundo que significa la filiación con Dios que nos trae Jesús, no se atreve a traducir el término “Abba” por su correspondiente “Papá, sino que hace una traducción matizada de esta palabra: “Padre”.

Un segundo ejemplo de la pretensión de Jesús lo tenemos también cuando se presenta como el Mesías esperado. Es cierto que no lo anuncia explícitamente –ya se ha dicho que el pueblo tenía una idea del Mesías ya configurada, y que Jesús no deseaba que su mesianismo fuese interpretado según ese criterio–, pero sí es verdad que va revelando su misión poco a poco, y a través de palabras y gestos que deben ser analizados en el contexto de la “teología” judía… Se presenta como Pastor, (Salmo 23, Salmo 80: el Pastor de Israel, asociado con la monarquía divina), como “Agua”, “Juez”, “Luz” de Israel (Jesús se llama a sí mismo de esta forma en el contexto de la Fiesta de las Tiendas (Sukkot), en la que el Pueblo recuerda la peregrinación por el desierto, y en la que en tiempos de Jesús tenía un sentido escatológico: evocaba el tiempo mesiánico donde Dios juzgaría a Israel y a las naciones). Por último, en ocasiones específicas, en la intimidad con los suyos, sí expresa su condición de Mesías de modo explícito: cuando pregunta a sus discípulos «¿Quién dice la gente que soy yo?» (Marcos 8,27, por ejemplo), o en el episodio de la mujer samaritana (Juan 4,5-42).

Por último hay una pretensión que resulta intolerable a muchos judíos. En el episodio de la zarza, Dios revela a Moisés su nombre: «Dijo Dios a Moisés: “Yo soy el que soy”; esto dirás a los hijos de Israel: “Yo soy” me envía a vosotros […] Éste es mi nombre para siempre: así me llamaréis de generación en generación» (Éxodo 3, 13-15).

“Yo soy” (Yahvé) es el nombre que los israelitas conocen, pero que por respeto a la santidad de Dios no pronuncian; sólo lo hace una vez al año, en el Sancta Santorum del Templo el Sumo Sacerdote. Y ese es el nombre que utiliza Jesús para referirse a sí mismo. Esto lo recoge varias veces el Evangelio de San Juan (Juan 8; 24, 28 y 57): «Si no creéis que “Yo soy”, moriréis en vuestros pecados»; «Cuando levantéis en alto al Hijo del hombre, sabréis que “Yo soy”»; «En verdad, en verdad os digo: antes de que Abrahán existiera, “Yo soy”».

Jesús se presenta a sí mismo como Dios. Sus gestos y palabras no dejan lugar a dudas. Resulta casi imposible negar que esta fuera la pretensión de Jesús. En todo caso, ¿cómo explicaríamos su condena, reflejada explícitamente en el fragmento talmúdico Sanhedrín 43ª (Apunte 18) y señalado en el resto de los testimonios no cristianos? Y en los mismos testimonios cristianos, con pasajes como este: «Cogieron piedras para tirárselas» (Juan 8, 59).


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Martes, 19 de junio de 2018

(Apunte 24)

Los mercaderes del TemploLos otros dos signos que no dejan lugar a dudas de la pretensión de Jesús de Nazaret se refieren al Sábado y al Templo. Respecto al primero, el día santo de la semana del pueblo judío, hay un pasaje en el evangelio muy esclarecedor. Me refiero al pasaje en el que los fariseos recriminan a Jesús la acción de sus discípulos, que arrancan las espigas de los campos cargados de grano para comérselas en día de sábado, violando así la ley mosáica.

En aquella ocasión Jesús responde a sus increpadores citando el ejemplo de David y sus compañeros, que no dudaron en comer los «panes de la proposición» para quitarse el hambre, y el de los sacerdotes, que el sábado no observan la ley del descanso porque desempeñan las funciones en el Templo. Después de su argumento, el Maestro concluye con dos afirmaciones rotundas e inauditas para los fariseos: «Pues os digo que aquí hay uno que es más que el Templo…»; y «el Hijo del hombre es Señor también del Sábado» (Mateo 12,6-8; Marcos 2,27-28). Estas dos afirmaciones no eran en absoluto neutrales. En cuanto al Sábado, la observancia del descanso –con precedentes en el Génesis y el Éxodo– había quedado fijada en el Decálogo, y constituía uno de los fundamentos de la piedad: El Señor del Sábado era Dios.

Por tanto, que Jesús justifique la acción de sus discípulos denunciada por los fariseos, diciendo que el Sábado es para el hombre y no el hombre para el Sábado, podía tener un pase, ahora bien, que Jesús se ponga a sí mismo como Señor del Sábado son ya palabras mayores. Y así lo entendieron sus contemporáneos.

De otra parte, está la cuestión del Templo de Jerusalén, el Templo de los judíos por antonomasia. Pues bien, uno de los pasajes más significativos del evangelio respecto a la relación de Jesús con el Templo es el referido a la expulsión de los mercaderes. Es un gesto que contiene implícito un reclamo que pasa muy desapercibido: se trata de un gesto mesiánico. Estaba escrito (Daniel 9; Zacarías 3-6) que el Mesías tenía que purificar el Templo de la profanación a la que se había sometido. Eso es lo que hizo Judas Macabeo (1 Macabeos 4,36-61) cuando expulsó a los griegos de Jerusalén, destruyendo la estatua de Zeus que éstos habían puesto en el Templo y restaurando el culto a Dios al encender de nuevo la “menorah” del Santo (la fiesta de “Hanukah” recordaba cada año el aniversario de esa restauración).

Poco después, en tiempos de los asmoneos, algunos judíos como los esenios consideraron que el Templo había sido de nuevo profanado, esta vez por los propios sacerdotes de esa familia, y que en consecuencia necesitaba una purificación. Otros grupos pensaron lo mismo cuando Pompeyo conquistó Jerusalén y entró en el “Santo de los Santos”; y, de nuevo, cuando las tropas romanas, acuarteladas en la Torre Antonia, exhibieron sus estandartes con las imágenes esculpidas de águilas triunfales sobre la explanada del Templo.

El mercadeo que se desarrollaba en la explanada del Templo, al que accedían algunos comerciantes privilegiados que habían pagado una “comisión” especial a los sacerdotes, constituía una nueva profanación. La acción de Jesús es claramente signo de su pretensión mesiánica, y así lo entienden quienes lo presencian: «¿Qué signos nos muestras para obrar así?» (Juan 2,18). Y entonces resulta enormemente sorprendente la respuesta de Jesús, porque accede a darles esa señal, pero de un modo inesperado: «Destruid este templo y en tres días lo levantaré» (Juan 2,19). Estas palabras de Jesús son proféticas desde una lectura completa del Evangelio: Jesús está hablando de la destrucción y reconstrucción del Templo refiriéndose a su muerte y Resurrección. Está viniendo a decir que el verdadero Templo de Dios, allí donde habita la “Shekinah”, la Presencia plena de Dios, es su propio cuerpo: en Él habita Dios de un modo pleno; su cuerpo es verdadero Templo…


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Martes, 12 de junio de 2018

(Apunte 23)

El sermón de la montañaOtros signos que manifiestan la pretensión de Jesús tienen que ver con la relación que mantuvo con realidades sacrosantas en la vida del pueblo judío: la Ley, el Sábado y el Templo. Hoy voy a hablar de la Ley, o “Torá”, que para el judaísmo implica la totalidad de la revelación y enseñanza divina otorgada al pueblo de Israel. También es referida como la Ley de Moisés o ley mosaica, y comprende tanto la ley escrita como la ley oral.

En sentido estricto el término Torá alude específicamente a los cinco primeros libros (Pentateuco) de las Sagradas Escrituras; también se le conoce como «los cinco libros de Moisés». En cambio, en sentido amplio, el término Torá implica los 24 libros de la Biblia hebrea, que los israelitas denominan “Tanaj”. Por último, los judíos utilizan la palabra Torá para referirse también a la  “Mishná”, la ley oral, desarrollada durante siglos y compilada en el siglo II por Yehudah Hanasí.

En cuanto a Jesús, su enseñanza está condensada en las “Bienaventuranzas”, o “Sermón de la montaña”. Pero ya antes Jesús realiza un gesto que llama la atención: «Al ver Jesús el gentío, subió al monte, se sentó y se acercaron sus discípulos; y, abriendo su boca, les enseñaba» (Mateo 5,1). Con esta sencilla expresión se está evocando otro monte y otra enseñanza: el Sinaí y la Torá. El apóstol y evangelista Mateo presenta la enseñanza (Torá) de Jesús en paralelo a la de Dios en el Sinaí, lo cual es ya en sí mismo una provocación para el lector judío, y desde luego lo fue para los judíos que escucharon las palabras de Jesús y vieron sus gestos.

Veamos, pues, dos cuestiones esenciales referidas a la pretensión de Jesús. La primera es esta fórmula que acompaña su enseñanza: «Habéis oído que se dijo…, pero “Yo” os digo…». ¿Qué significa este contraste explícito que traza Jesús? Hemos visto que la Ley va de Dios a Moisés y los profetas, y de estos a los sabios, en una cadena que llegaba a los escribas y rabinos de la época de Jesús… Pero la enseñanza misma no provenía jamás de los intermediarios, sino de Dios mismo, su fuente originaria. Los maestros sólo transmitían e intentaban comprender la Torá, salvando siempre las distancias, en una actitud reverente hacia la Santidad –por su origen– de la Ley. Jesús hace algo más: comunica esa misma Torá dándole, podríamos decir, la interpretación correcta, aquella que sólo puede pretender darle el autor originario.

La segunda cuestión se refiere a la justicia o santidad que implica el cumplimiento de la Ley. Jesús transmite un mandato imposible: si no practicáis una justicia mayor a la que practican los fariseos, no entraréis en el Reino de los cielos (Marcos 5,20). Para el auditorio que oía a Jesús, los fariseos destacaban por el cumplimiento estricto de la letra de la Ley (Decálogo) y todas las normas derivadas de ella a través de los años configurando la tradición rabínica. Esto de por sí dejaba asombrados a cuantos oían las palabras de Jesús. Pero también Jesús proponía un espíritu nuevo para llevar a cabo esa justicia –espíritu de caridad– y elevaba las “normas” de manera tal que quedaban fuera del alcance de los hombres. ¿Buscaba dejar a los hombres en una situación desesperada? No. Lo que hace Jesús con esto es ponerse a sí mismo como canon, modelo y cumplimiento perfecto de la Ley: el hombre ya no se salva a sí mismo por el cumplimiento de ciertas normas, sino que es Jesús quien salva, es seguirle a Él lo que abre la salvación, la posibilidad de habitar en la presencia de Dios.

Mateo finaliza el relato diciendo que cuantos lo oyeron estaban «asombrados». En realidad, la traducción literal es: «espantados». Y esto porque acababan de escuchar a un blasfemo (un hombre que se comparaba a sí mismo con Dios) o a ALGUIEN con mayúsculas.

Sobre el Sermón de la Montaña, dice Benedicto XVI: «El “Yo” de Jesús destaca de un modo como ningún maestro de la Ley se lo puede permitir. La multitud lo nota; Mateo nos dice claramente que el pueblo “estaba espantado” de su forma de enseñar. No enseñaba como lo hacen los rabinos, sino como alguien que tiene “autoridad” (Mateo 7, 28; cf. Marcos 1, 22; Lucas 4, 32). Naturalmente, con estas expresiones no se hace referencia a la calidad retórica de las palabras de Jesús, sino a la reivindicación evidente de estar al mismo nivel que el Legislador, a la misma altura que Dios. El “espanto” (término que normalmente se ha suavizado traduciéndolo por asombro) es precisamente el miedo ante una persona que se atreve a hablar con la autoridad de Dios. De esta manera, o bien atenta contra la majestad de Dios, lo que sería terrible, o bien –lo que parece prácticamente inconcebible– está realmente a la misma altura de Dios» (Benedicto XVI, Jesús de Nazaret, vol. I, p. 132).


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Martes, 05 de junio de 2018

(Apunte 22)

Milagro del paralíticoSin lugar a duda algunos de los hechos más sobresalientes, por inauditos y extraordinarios, de la vida conocida de Jesús de Nazaret son sus “milagros”. Está claro que hablar de milagros es hablar de hechos sobrenaturales que escapan a las capacidades del ser humano y que, por tanto, han de considerarse fuera del alcance y comprensión de nuestra inteligencia.

Por otra parte, hablar de milagros en la sociedad actual suele resultar cuando menos anacrónico. Desde hace dos siglos una fuerte tendencia positivista se ha instalado de manera dominante en la cultura occidental de raíces cristianas, dando lugar a una redefinición en la lectura académica de los Evangelios, suprimiendo toda referencia a los milagros (la mentalidad racionalista no admite lo extraordinario o sobrenatural) o como mucho, interpretarse simbólicamente.

Aunque para los cristianos los milagros de Jesús son signos de su divinidad, lo que aquí nos interesa no es tanto hablar de los milagros en sí mismos, sino en tanto que signos de la pretensión de Jesús, es decir, en tanto manifiestan o revelan lo que Jesús es o pretendía ser. Así pues, los milagros de Jesús son signo de su pretensión, porque indican que Él puede superar las limitaciones radicales del hombre –el mal, el dolor y la muerte– y así mostrarle y dar sentido a su vida. Sus milagros no se quedan ni en el beneficio concreto personal de quien los recibe, ni en el plano meramente material, sino que siempre tienen una dimensión comunitaria-universal y otra mesiánica-espiritual.

Resulta interesante ver el modo que Jesús tiene de superar esas limitaciones radicales: no lo hace «paliando los efectos» sino erradicando las causas, y no lo hace tanto «luchando contra las limitaciones» como «construyendo la plenitud», es decir, por sobreabundancia de bien, verdad y belleza.

Veamos a través de un ejemplo cómo los milagros que Jesús realiza señalan, como gestos claros, su pretensión divina. Voy a referirme al milagro de la curación de un paralítico en la casa de Pedro, donde se muestra con claridad cómo Jesús intenta acabar con el mal. Este milagro está relatado en los tres evangelios sinópticos. Aquí tomaré la versión más antigua, que es la de Marcos (y que es también la más directa y sobria):

«Cuando a los pocos días volvió Jesús a Cafarnaúm, se supo que estaba en casa. Acudieron tantos que no quedaba sitio ni a la puerta. Y les proponía la palabra. Y vinieron trayéndole un paralítico llevado entre cuatro y, como no podían presentárselo por el gentío, levantaron la techumbre encima de donde Él estaba, abrieron un boquete y descolgaron la camilla donde yacía el paralítico. Viendo Jesús la fe que tenían, le dice al paralítico: “Hijo, tus pecados te son perdonados”. Unos escribas, que estaban allí sentados, pensaban para sus adentros: “¿Por qué habla éste así? Blasfema. ¿Quién puede perdonar pecados, sino sólo uno, Dios?” Jesús se dio cuenta enseguida de lo que pensaban y les dijo: “¿Por qué pensáis eso? ¿Qué es más fácil, decirle al paralítico “Tus pecados te son perdonados” o decirle “Levántate, coge la camilla y echa a andar”? Pues, para que veáis que el Hijo del hombre tiene potestad en la tierra para perdonar pecados –dice al paralítico–: “Te digo: Levántate, coge tu camilla y vete a tu casa”. Se levantó, cogió inmediatamente la camilla y salió a la vista de todos. Se quedaron atónitos y daban gloria a Dios, diciendo: “Nunca hemos visto una cosa igual”». (Marcos 2,1-12).

El contexto de religiosidad judía en que Jesús pronuncia estas palabras nos da la clave para interpretarlas. En esta tradición religiosa, y en otras muchas, se cree que el pecado (la culpa) y el mal están de algún modo conectados. Y el hombre es impotente ante el mal y ante la propia culpa; sólo puede aspirar a suplicar el perdón a Aquél que puede vencer el Mal: Dios. Este vínculo entre mal y pecado puede derivar en la creencia de que la enfermedad, la tara física, provienen del pecado propio o el pecado de “los padres”.

También hay que subrayar que en cualquier teodicea el perdón de los pecados sólo corresponde a Dios; sólo Dios puede superar el mal. En cuanto al pecado de blasfemia que los escribas imputan a Jesús, hay que decir que alguien que se arrogue la capacidad de “perdonar” los pecados de los hombres, se arroga, según esta lógica, la condición de Dios. Por tanto, la reacción de los escribas está justificada si Jesús no es Dios.

Por último, queda analizar la sorpresa de los presentes: «Nunca hemos visto cosa igual». Esta sorpresa no es tanto por el milagro en sí, es decir por lo extraordinario de la curación –que no deja de provocar asombro–, sino por lo que ésta implica para sus oyentes: he aquí un Hombre que tiene el poder de Dios; la curación del paralítico es la constatación de que sus “pecados” (raíz de su enfermedad) han sido perdonados, de que la raíz ha sido extirpada.

Este ejemplo, como tantos otros, nos sirve para ver cómo el milagro apunta a la pretensión de Jesús de presentarse como aquél que es capaz de vencer el mal, el dolor y la muerte. Es interesante destacar que, refiriéndonos al dolor, los milagros de Jesús no se reducen a sanar dolencias físicas. Hay otro tipo de dolores, que aúnan el sentimiento de soledad, la culpa, la angustia y el miedo…

Resumiendo, todos los milagros de Jesús son para el bien; nunca realiza ningún milagro para castigar o hacer caer fuego del cielo sobre los injustos o los malhechores. Los que los observan, ven el dedo de Dios que señala: «mirad a mi Hijo». Los beneficiados se gozan. Los ciegos se llenan de alegría, al ver; los paralíticos saltan de gozo, y los leprosos estrenan nueva convivencia al quedar limpios.


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