Martes, 29 de mayo de 2018

(Apunte 21)

Cristo, el Dios de la Historia¿Es Jesús un caso extraño en la historia? Definitivamente, sí. Jamás en la historia ningún hombre divinizado se ha puesto a sí mismo a la altura del Dios trascendente. A lo más que se ha atrevido es a presentarse como su representante en la tierra; en otros casos sus pretensiones han sido menos ambiciosas y ha optado por manifestar virtudes divinas o destellos de divinidad, manteniéndose a una prudencial distancia del Dios trascendente (aquél que está más allá del Olimpo, más allá del mundo).

Por el contrario, Jesús de Nazaret se presentó haciendo gala de una audacia inaudita. Él es el Dios único, el Logos del universo, el Señor de todo lo creado. En el contexto donde esta pretensión se realiza resalta todavía más el contraste entre Jesús y los hombres divinos de las religiones de todos los tiempos. El judaísmo era (y es) una religión de férreo monoteísmo –que rechaza el politeísmo, la mitología, las imágenes–, que ha llegado a expresar la idea de santidad mejor que ningún pueblo. La Santidad del nombre del Señor pone una distancia infinita entre el hombre y Dios. Y he aquí que Jesús de Nazaret se identifica con el Santo de Israel.

Jesús no estaba loco. Sólo los locos son capaces de soñar algo parecido. Nunca nadie en su sano juicio pretendió tanto, ni por una cercanía auténtica a la divinidad, ni por un afán de fraude. Nunca nadie se atrevió a presentarse a sí mismo como Dios, no sólo por sensatez o modestia, sino también por mero realismo, por una cuestión de simple credibilidad: ¿quién podría admitir, en cualquier contexto histórico y cultural, en cualquier época, en cualquier pueblo, en cualquier religión (incluidos los panteísmos), que un hombre nacido de mujer era idéntico e igual al sustrato más estable y sublime del ser, a la inteligencia que mueve el tiempo y el cosmos?

La revelación de su divinidad fue progresiva, toda vez que Jesús respetó el lenguaje de su tiempo y sociedad. Una de las primeras categorías religiosas que conviene destacar es la idea de Mesías (ungido), categoría que Jesús asume al tiempo que le da una dimensión distinta a la que le daban sus contemporáneos. El Mesías que muchos judíos del siglo I esperaban era un liberador político, que vendría a restaurar la autonomía de Israel, a liberarlo de cualquier yugo extranjero (por entonces, el romano). Es más, antes y después de Jesús, hubo diversos personajes que reclamaron el título de mesías en este sentido. Sin embargo, Jesús se comprendió a sí mismo como Mesías, pero dándole un significado distinto.

Para entender esta original forma de mesianismo y su conexión con la pretensión divina, es preciso considerar los gestos y palabras que sustentan tal afirmación. Comenzando por los gestos de Jesús, hablaré en primer lugar de los milagros, para tratar a continuación tres aspectos esenciales que configuran la religión en el pueblo judío y que el Maestro remueve hasta los cimientos: la Ley, el Sábado y el Templo. Por último, hablaré de las palabras de Jesús que de su boca cobran un sentido nuevo y transcendente, a la vez que configuran la esencia de su divinidad: Hijo del Padre, Dios, Mesías.


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Martes, 22 de mayo de 2018

(Apunte 20)

Divinización de JesúsLa divinización de Jesús fue un proceso posterior a Jesús. Por ello podría argüirse que dicha divinización no es más que una leyenda fraguada por algunos con alguna intención determinada y que, casualmente, ha prosperado a lo largo de dos mil años. Para acreditar este supuesto –según los expertos– el espacio de tiempo que debería haber transcurrido para instalar una leyenda no debe ser menor a dos generaciones (80-90 años). Esto se debe fundamentalmente a dos razones. La primera, es que en esas dos generaciones hay testigos vivos que desmentirían la invención, impidiendo que la fábula se instalase en la memoria colectiva. Y la otra razón, igual de importante, es que de tratarse de una leyenda, quedarían rastros de la controversia entre los fabuladores y los muchos coetáneos que no vieron lo que aquéllos pretendieron hacer creer.

Además, está el asunto de los destinatarios de la leyenda, para lo cual sería suficiente con que algún experto argumentara las deficiencias de aquellos que tienen por verdadera la leyenda, y demostrara que los hechos son falsos, o que el contexto histórico resulta incompatible con el hecho que se pretende implantar, o que las intenciones del redactor son difamatorias o ajenas a la verdad.

Por todo ello, si aplicamos estas condiciones a los Evangelios enseguida comprobamos que la primera condición y de mayor peso, la del tiempo transcurrido entre la redacción de los evangelios y los hechos narrados, no se cumple, puesto que el margen de tiempo es menor a las dos generaciones requeridas (con algunos fragmentos y escritos datados dentro de los diez años posteriores al hecho).

Otra consideración a tener en cuenta es la de que ninguno de los cuatro evangelios pretende ser una biografía histórica de Jesús en sentido moderno. Ninguno da detalles meticulosos sobre la vida de Jesús, pero sí son escritos con pretensión de verdad histórica: no son biografía, pero sí historia.

En cuanto a las epístolas de San Pablo, permiten apreciar que el Nuevo Testamento recoge tradiciones anteriores a su redacción, propias no sólo de la comunidad cristiana primitiva, sino también de algunas que tienen su origen en las mismas palabras y acciones de Jesús de Nazaret. Las cartas de Pablo y sus fuentes hablan de un Jesús que es Cristo y Señor: con estos dos títulos, y cuando apenas han pasado entre diez y veinte años desde la muerte de Jesús, se reconoce a las claras en Él al Mesías y, además, su condición divina.

Un hecho histórico demostrado es que las primeras comunidades cristianas exigían veracidad: no eran aquellas gentes crédulas, fáciles de embaucar. Entre los primeros cristianos también se discutía sobre la autenticidad de los relatos que circulaban por doquier: no aceptaban todos los libros, por muy solemnes que fueran sus títulos, y rechazaban la mayoría de los que se hacían llamar evangelios y obras de los apóstoles porque no respetaban la historia. Finalmente, aquellos cristianos de la Iglesia primitiva dieron por auténticos sólo cuatro evangelios de entre casi cincuenta que se les presentaron desde finales del primer siglo hasta el tercero.

Con lo dicho hasta aquí podemos colegir dos cosas: que el Nuevo Testamento destaca por su sobriedad y tiene una marcada intencionalidad histórica, en el sentido de que pretende narrar un hecho que ha sucedido históricamente, frente a los evangelios apócrifos, cuya intencionalidad es más bien simbólica o ideológica. Y que las comunidades cristianas primitivas no eran en absoluto crédulas, al contrario, por los textos aceptados sabemos que eran bastante exigentes con los textos que circulaban entre ellas.

Otra teoría a tener en cuenta sobre la divinización de Jesús es la helenización del cristianismo. Esta teoría tiene su base en la asimilación de la cultura griega por parte de la población judía de la época, asimilación que afectó los usos y costumbres del pueblo judío, por lo que San Pablo y las comunidades primitivas habrían estado influenciadas por ideas helenistas. Pero si recordamos la historia de Israel, vemos que la Guerra de los Macabeos fue un alzamiento del pueblo judío provocado por el celo de una piedad que se sentía amenazada ante la intrusión de ideas religiosas extrañas (del helenismo de los reyes Seléucidas).

Por tanto, ¿quién divinizó a Jesús de Nazaret? Esta pregunta lleva implícita, en cierta manera, esta otra: ¿quién inventó el cristianismo? Parece que lo más sensato es decir, Jesús: Jesús es el “inventor” del cristianismo. Fueron sus discípulos y seguidores los que creyeron en su divinidad porque el mismo Jesús así lo afirmó. Esto lo iremos comprobando en los siguientes apuntes.


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Martes, 15 de mayo de 2018

(Apunte 19)

Manuscritos del Mar MuertoHasta ahora he hablado de los numerosos manuscritos y pruebas arqueológicas que dan testimonio de la existencia humana de Jesús de Nazaret y del movimiento religioso, conocido como cristianismo, que se desarrolló después de su desaparición de la tierra y que ha llegado hasta nuestros días.

Pero antes de poner en duda la legitimidad de tales pruebas, conviene tener en cuenta alguna consideración de carácter general. Lo primero es decir que el problema de la relevancia del número de manuscritos y el tiempo transcurrido no afecta sólo a los evangelios, sino a todo el mundo grecolatino, desde Homero y Platón hasta Julio César o Tito Livio. De los autores grecolatinos, nada o casi nada conservamos de sus originales. Los textos más antiguos que nos han llegado son copias realizadas durante la Edad Media, entre los siglos X y XI d.C. Aunque en algunos casos la distancia entre los escritos y el autor supera los mil años, hay consenso científico en la autenticidad de muchas de estas obras. La metodología científica que determina la autenticidad de un texto referido a un autor es la misma para evaluar las obras de Plantón que los evangelios o las epístolas de San Pablo.

Para darnos una idea sobre la materialidad de los textos antiguos que poseemos citaré sólo algunos ejemplos: de la Ilíada de Homero, escrita 800 años a.C., las primeras copias de las que se tienen noticias datan de unos 400 años a.C.; de las obras de Platón, escritas 400 años a.C., las primeras copias que nos han llegado datan de 900 años d.C. y sólo se conservan siete ejemplares; La Guerra de las Galias, de Julio Cesar, redactadas entre 100-44 a.C., las primeras copias que nos llegaron datan de 900 d.C. y se conservan diez ejemplares.

Por el contrario, en el caso del Nuevo Testamento se conservan más de 100 papiros provenientes de Egipto, cuya fecha oscila del año 100 al 300 d.C. El papiro 52, por ejemplo, que incluye fragmentos del evangelio según San Juan, está datado en torno al año 125 d.C., sólo 30 años lo separarían del original (la redacción de San Juan se sitúa en el año 95 d.C.). Además, se conservan 114 fragmentos del siglo I, algunos distan apenas tres o cuatro décadas de la desaparición de Jesús. Lo que nos lleva a concluir, de la mano de los prestigiosos investigadores Norman Geisler y William Nix, que «del Nuevo Testamento han sobrevivido no solo más manuscritos que de cualquier otro libro de la antigüedad, sino en una forma más pura que cualquier otro libro, una forma que tiene 99,5 por ciento de pureza».

Nos queda ahora analizar la distancia que hay entre los hechos (vida y muerte de Jesús) y la redacción de los textos. Al tratarse de un hecho histórico, resulta importante medir la distancia que separa el hecho y el texto que da cuenta de él. A mayor distancia, menor fiabilidad; y viceversa. Pero en el caso de Jesús de Nazaret todo ocurrió extraordinariamente deprisa. Sus discípulos se dispersaron por la persecución a la que fueron sometidos, favoreciendo la expansión del mensaje del Mesías. Fue a los pocos años cuando en Antioquía (Siria) los judíos convertidos a la nueva fe comenzaron a ser llamados “cristianos”, seguidores de “Chrestos” (Cristo), palabra griega que quiere decir “Ungido”, “lleno de gracia”, palabra que a su vez proviene del hebreo “Masia” (Mesías). La propagación del mensaje de Jesús corrió veloz en todas direcciones desde Jerusalén. Desde la desaparición del Maestro, entre el año 30 y 36 de nuestra era, hasta la aparición del primer evangelio, el de San Marcos, apenas transcurrieron 30 años; incluso algunas cartas de San Pablo son anteriores. Este hecho no tiene parangón con ningún otro de la antigüedad.


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Martes, 08 de mayo de 2018

(Apunte 18)

Jesús y el TalmudExisten otros importantes testimonios judíos que son referencia obligada para los investigadores modernos. Corresponden a una época coetánea e inmediatamente posterior a Jesús de Nazaret. En primer lugar, hablaré del Talmud, libro sagrado que recoge las antiguas tradiciones rabínicas del siglo II a.C. al siglo II d.C., y los comentarios rabínicos posteriores hasta el siglo VI. Por tanto, entre otras muchas cosas, recoge tradiciones rabínicas del tiempo de Jesús.

En el Talmud se habla de Jesús en una docena de pasajes. Se le llama Yeshú o se le designa despectivamente como Ben Pandira o Ben Pantera, sugiriendo que es hijo ilegítimo de un soldado romano que violó a María. Así, el Talmud de Babilonia (Sanedrín 43ª) confirma la crucifixión de Jesús en la tarde de Pascua, después de haber sido acusado de practicar la brujería y fomentar la apostasía judía.

Otro testimonio significativo –éste de carácter meramente histórico– lo encontramos de la mano del historiador judío Flavio Josefo (José ben Matityahu), autor de La guerra judía y Antigüedades de los judíos, escritas en Roma en los años 90 d.C. Ambas obras aportan datos esenciales para conocer el contexto político, social y cultural de Palestina en tiempos de Jesús. Josefo detentó el mando militar supremo de las fuerzas judías de Galilea en la guerra contra Roma (66-67 d.C.). Menciona a Jesús en dos ocasiones: al hablar de la lapidación del apóstol Santiago en Jerusalén el año 62, del que dice que es «hermano de Jesús, llamado Cristo»; y cuando describe a Jesús: «En aquel tiempo apareció Jesús, un hombre sabio. Fue autor de hechos asombrosos, maestro de gente que recibe con gusto la verdad. Y atrajo a muchos judíos y a muchos de origen griego. Y, cuando Pilato, a causa de una acusación hecha por los hombres principales de entre nosotros, lo condenó a la cruz, los que antes lo habían amado no dejaron de hacerlo. Y hasta este mismo día la tribu de los cristianos, llamados así a causa de él, no ha desaparecido» (Antigüedades de los judíos 18:3,3).

Pensemos que todos estos testimonios históricos y literarios están datados apenas unas pocas décadas después de la muerte de Jesús de Nazaret. Esto contrasta con los vestigios más antiguos referidos a figuras tan relevantes de la espiritualidad oriental como Buda y Confucio, por citar sólo dos ejemplos. En el caso del primero, muerto hacia el año 480 a.C., sólo existen escritos legendarios redactados por lo menos quinientos años después de su muerte. En cuanto al segundo, contemporáneo de Buda, apenas quedan dos fuentes de escasa credibilidad, que distan cuatrocientos y setecientos años del tiempo en que vivió el “maestro” chino.

A todo lo anteriormente señalado habría que añadir otros muchos documentos, como los llamados «evangelios apócrifos», que, si bien no están considerados por la Iglesia como ciertos a cien por cien, sí contienen partes verdaderas mezcladas con otras que no lo son. Pero desde luego todos estos libros no canónicos giran en torno a la figura de Jesús de Nazaret. De todos ellos el Evangelio de Tomás es considerado por los especialistas como el escrito de mayor interés. El texto no contiene material narrativo alguno. Trata simplemente de una recopilación de ciento catorce dichos (logia) de Jesús: palabras sapienciales o proféticas, parábolas o diálogos breves.

Por último, citaré los llamados «manuscritos de Qumrán», textos no bíblicos hallados en 1947 en las cuevas de los alrededores de Qumrán (al norte del mar Muerto). En una de ellas se encontraron siete rollos manuscritos de importancia excepcional. Sobresalen tres escritos que arrojan mucha luz sobre la riqueza y diversidad del mundo judío en tiempos de Jesús, a la vez que aportan también mucha luz sobre las primeras comunidades cristianas: imágenes utilizadas, idea de la «nueva alianza», así como del uso del vino en banquetes sagrados.

En fin, son abundantísimos los testimonios –tanto literarios como arqueológicos de toda clase, desde lápidas funerarias, enterramientos, pinturas, ajuares religiosos y variedad de objetos– que rubrican de forma contundente la existencia de Jesús de Nazaret y el movimiento religioso que generó a partir del momento mismo de desaparecer de la tierra, y que se ha mantenido vivo y creciente hasta nuestros días.


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Martes, 01 de mayo de 2018

(Apunte 17)

¿Existió Jesús?Mucho se ha debatido a lo largo de los últimos veinte siglos sobre la existencia o no de Jesús de Nazaret. Se han utilizado toda clase de argucias retóricas para cuestionar la existencia misma del hombre, pero el resultado, a la postre, no ha podido ser más estéril. Son tan contundentes e irrefutables los testimonios sobre su identidad que cualquier intento de socavar su existencia no puede ser más que resultado de mala intencionalidad intelectual.

Comenzaré destacando, en primer lugar, el Nuevo Testamento como la fuente más solvente y acreditada –para los cristianos por supuesto– que testimonia la vida y obra de Jesús de Nazaret. Tanto los cuatro evangelios (escritos por Marco, Mateo, Lucas y Juan), como el libro de los Hechos de los apóstoles, (Lucas), así como las epístolas (Pablo, Santiago, Pedro, Juan y Judas) y el libro final del Apocalipsis (Juan), constituyen el acervo más preciado y concluyente de la presencia de Jesucristo en la tierra.

El Evangelio de Marcos está considerado el más antiguo de cuantos han llegado hasta nosotros. Se escribió probablemente en Roma, poco antes de la destrucción de Jerusalén en agosto del año 70, en plena guerra judía contra Roma (¿66-67?). Su aparición supone una gran novedad, pues recoge los recuerdos que circulan entre los seguidores de Jesús y los sitúa en el marco de un gran relato fundacional en el momento de la transición de la primera a la segunda generación cristiana. Este escrito serviría años más tarde como modelo de relato evangélico y fuente de la que se sirven Mateo y Lucas.

Continuando con la relación de documentos que acreditan la existencia de Jesús de Nazaret, me referiré a otro evangelio escrito antes del año 70 d.C. No ha llegado hasta nosotros como un escrito suelto, sino que está incorporado a los de Mateo y Lucas, que lo utilizaron como fuente importante de sus respectivos evangelios. Los investigadores han deducido su existencia al comprobar que ambos evangelistas, que escriben con independencia el uno del otro, coinciden sin embargo en muchos momentos, incluso literalmente. Este hecho solo se puede explicar si ambos están copiados de una fuente anterior a ellos. A este escrito de autor desconocido se le llama Evangelio de los dichos o Fuente Q, inicial del término alemán Quelle, que significa “fuente”.

También existen fuentes paganas de relevancia indiscutible que recogen, aunque sea de forma somera, testimonios inequívocos de la existencia de Jesucristo, o Jesús el galileo, así como de la secta judía llamada de los cristianos. Son testimonios recogidos por historiadores y escritores romanos, coetáneos del propio Jesús o muy próximos en el tiempo. Esos son los casos de Cornelio Tácito (50-120 d.C.), autor de los Anales de la historia romana, donde recoge la persecución de Nerón a los cristianos del año 65 d.C.; Plinio el Joven (62-113 d.C.), escritor y gobernador de Bitinia, que en una de sus cartas (año 110 d.C.) al emperador Trajano, le consulta sobre cómo debería actuar frente a los cristianos; Suetonio (75-170 d.C.), autor de Vida de los doce césares, donde relata la persecución a los cristianos de Roma ordenada por el emperador Claudio; Marco Cornelio Frontón (100-168 d.C.); Marco Aurelio (121-180 d.C.); el dramaturgo griego Luciano de Samosata (120-180 d.C.), que ridiculiza a los cristianos y se burla de su «fundador crucificado» en su obra satírica La muerte de Peregrino; y el filósofo sirio Mar Bar Serapión, que escribió una carta (73 d.C.?) a su hijo, en la que refiere el trato injusto del «rey sabio» de los judíos, condenado a muerte injustamente.

Es obvio que los autores paganos de estos textos sienten reservas y animadversión contra los cristianos. Sin embargo, lejos de negar a Cristo lo toman como verdadero. Ven al cristianismo como un hecho necesario para explicar los acontecimientos posteriores, ya sea el incendio de Roma, las revueltas de los judíos o la justificación de una sátira. Por eso, aunque sus referencias sean muy breves y a veces nebulosas, resultan capitales: certifican, desde fuera de la fe cristiana, que el origen de esa fe es un judío crucificado en tiempos de Poncio Pilato.

No obstante, dejaré para el próximo Apunte los testimonios judíos que rechazaban el cristianismo.


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