Martes, 15 de mayo de 2018

(Apunte 19)

Manuscritos del Mar MuertoHasta ahora he hablado de los numerosos manuscritos y pruebas arqueológicas que dan testimonio de la existencia humana de Jesús de Nazaret y del movimiento religioso, conocido como cristianismo, que se desarrolló después de su desaparición de la tierra y que ha llegado hasta nuestros días.

Pero antes de poner en duda la legitimidad de tales pruebas, conviene tener en cuenta alguna consideración de carácter general. Lo primero es decir que el problema de la relevancia del número de manuscritos y el tiempo transcurrido no afecta sólo a los evangelios, sino a todo el mundo grecolatino, desde Homero y Platón hasta Julio César o Tito Livio. De los autores grecolatinos, nada o casi nada conservamos de sus originales. Los textos más antiguos que nos han llegado son copias realizadas durante la Edad Media, entre los siglos X y XI d.C. Aunque en algunos casos la distancia entre los escritos y el autor supera los mil años, hay consenso científico en la autenticidad de muchas de estas obras. La metodología científica que determina la autenticidad de un texto referido a un autor es la misma para evaluar las obras de Plantón que los evangelios o las epístolas de San Pablo.

Para darnos una idea sobre la materialidad de los textos antiguos que poseemos citaré sólo algunos ejemplos: de la Ilíada de Homero, escrita 800 años a.C., las primeras copias de las que se tienen noticias datan de unos 400 años a.C.; de las obras de Platón, escritas 400 años a.C., las primeras copias que nos han llegado datan de 900 años d.C. y sólo se conservan siete ejemplares; La Guerra de las Galias, de Julio Cesar, redactadas entre 100-44 a.C., las primeras copias que nos llegaron datan de 900 d.C. y se conservan diez ejemplares.

Por el contrario, en el caso del Nuevo Testamento se conservan más de 100 papiros provenientes de Egipto, cuya fecha oscila del año 100 al 300 d.C. El papiro 52, por ejemplo, que incluye fragmentos del evangelio según San Juan, está datado en torno al año 125 d.C., sólo 30 años lo separarían del original (la redacción de San Juan se sitúa en el año 95 d.C.). Además, se conservan 114 fragmentos del siglo I, algunos distan apenas tres o cuatro décadas de la desaparición de Jesús. Lo que nos lleva a concluir, de la mano de los prestigiosos investigadores Norman Geisler y William Nix, que «del Nuevo Testamento han sobrevivido no solo más manuscritos que de cualquier otro libro de la antigüedad, sino en una forma más pura que cualquier otro libro, una forma que tiene 99,5 por ciento de pureza».

Nos queda ahora analizar la distancia que hay entre los hechos (vida y muerte de Jesús) y la redacción de los textos. Al tratarse de un hecho histórico, resulta importante medir la distancia que separa el hecho y el texto que da cuenta de él. A mayor distancia, menor fiabilidad; y viceversa. Pero en el caso de Jesús de Nazaret todo ocurrió extraordinariamente deprisa. Sus discípulos se dispersaron por la persecución a la que fueron sometidos, favoreciendo la expansión del mensaje del Mesías. Fue a los pocos años cuando en Antioquía (Siria) los judíos convertidos a la nueva fe comenzaron a ser llamados “cristianos”, seguidores de “Chrestos” (Cristo), palabra griega que quiere decir “Ungido”, “lleno de gracia”, palabra que a su vez proviene del hebreo “Masia” (Mesías). La propagación del mensaje de Jesús corrió veloz en todas direcciones desde Jerusalén. Desde la desaparición del Maestro, entre el año 30 y 36 de nuestra era, hasta la aparición del primer evangelio, el de San Marcos, apenas transcurrieron 30 años; incluso algunas cartas de San Pablo son anteriores. Este hecho no tiene parangón con ningún otro de la antigüedad.


Publicado por torresgalera @ 22:13  | Pensamiento
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