Martes, 24 de abril de 2018

(Apunte 16)

CristianismoLlegados a este punto y viendo que la existencia de Dios no sólo no es irracional sino que, por el contrario, resulta un postulado razonable, podemos retomar la reflexión expuesta en el Apunte 11: volvamos sobre el cristianismo y preguntémonos sobre la posibilidad de cambiar los términos, desde el hombre en busca de sentido, al Sentido que sale al encuentro del hombre. Y es que precisamente en esto consiste la pretensión fundamental del cristianismo: Dios habría entrado en la historia del hombre para entablar con él un diálogo. En palabras de uno de los teólogos más sobresalientes del Concilio Vaticano II, el jesuita Jean Danielou: «En este sentido, podemos observar que una de las diferencias entre la religión cósmica y la religión bíblica es que, en la primera, Dios se manifiesta a través de la regularidad de los ciclos estacionales, mientras que en la segunda se revela en la singularidad de los acontecimientos históricos».

A partir de ahora, me centraré en el acontecimiento original del cristianismo, que no es otro que la figura de Jesús de Nazaret. La razón es que ninguna otra religión pretende tanto como la cristiana. Son muchas las religiones fundadas o renovadas por grandes hombres, iluminados o profetas, que transmiten a los hombres un mensaje de la divinidad. Sin embargo, ninguno de estos hombres tuvo la pretensión de ser Dios, y tampoco sus seguidores los identificaron con Él. Hablaron de sí mismos como sus «elegidos», sus «profetas», y los que más atrevimiento y poder tuvieron llegaron incluso a decir que eran «hijos de los dioses» –como los faraones y el mikado japonés– y, por tanto, quizá también dioses ellos mismos, aunque jamás al mismo nivel que sus supuestos padres. En cambio, el caso de Jesús es distinto, ya que éste habría afirmado, en vida, ser Dios.

Esto no es comparable con nada. Al margen del caso de Jesús, nunca, nadie, jamás dijo de sí mismo que era Dios en el sentido definitivo, pleno y total, por lo cual es un caso singular. Hay que atender a este hecho, pues en ello nos va el sentido de la existencia, y atenderlo en este caso significa ver si es verdad o no la pretensión cristiana: si Jesús es o no Dios. Si no es Dios, habrá que buscar otras explicaciones: o está loco o es un farsante. En cualquiera de ellas, habría que desecharlo de raíz, porque si es falso, entonces Jesús de Nazaret y todo lo que Él implica (la fe cristiana) será siempre inferior a las demás religiones, porque Confucio no estaba loco y el Buda no era un farsante, eran todos hombres sensatos y justos que, desde luego, tomaban muy en serio lo que decían. En cambio, si por una remota posibilidad resultara que Jesús es quien dice ser, Dios, entonces es obvio que sería superior a todos los demás, por muy sensatos y santos que éstos fueran.

Por eso, veremos el acontecimiento singular de Jesús de Nazaret, comenzando por la realidad histórica, que como se verá no está libre de polémicas.


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Martes, 17 de abril de 2018

(Apunte 15)

CreerVisto lo visto hasta ahora, en la búsqueda del sentido del hombre –si somos sinceros con nosotros mismos– sólo nos quedan dos alternativas plausibles sobre la existencia de Dios: o creemos en su existencia o la negamos con rotundidad. En cuanto a esta segunda  opción, denominada ateísta –la que hoy nos interesa analizar–, los argumentos que utiliza los dividiré en cinco bloques.

El primer argumento sostiene que Dios no existe porque no lo vemos. Este argumento se apoya en la falta de experiencia sensible, lo cual le lleva a encubrir una filosofía materialista que niega la existencia de «cualquier» realidad espiritual. Esta vía materialista tiene un buen número de derivadas.

El segundo argumento sostiene que Dios no existe porque es una idea superada. Según Comte, fundador del positivismo, de la misma manera que un hombre atraviesa la vida por tres edades (infancia, adolescencia y madurez), así también los pueblos y la humanidad misma atraviesan la historia: hemos pasado de la infancia (estado teológico), la adolescencia (estado metafísico) y ahora estamos en la madurez (estado científico o positivo).

El tercer argumento considera que Dios es sólo una idea proyectada por la mente humana. El hombre posee intrínsecamente valores tales como el bien, la justicia, la paz, la felicidad, el amor… Pero de la contradicción entre el deseo de vivir dichos valores y la limitación del mundo real surge una vía de escape por sublimación: el hombre proyecta esos valores humanos a una dimensión supratemporal y supraespacial y los «personifica» en un ser distinto de sí, al que llama Dios.

El cuarto argumento niega la existencia de Dios aduciendo que todo se explica por otras causas, como el azar. Argumento de larga trayectoria en la historia del pensamiento desde Demócrito. Actualizado en el siglo XX por Jaques Monod, que lo adaptó a un lenguaje más científico. En nuestros días lo defiende Richard Dawkins, propulsor de la campaña de autobuses ateos en Inglaterra. Para rebatir que la existencia de Dios es la causa última de todo cuanto existe, arguye que todo es explicable por su causa inmediata; o bien que la totalidad del mundo se explica recurriendo a la idea de Naturaleza; o que la totalidad del mundo puede explicarse por el azar.

Por último, el quinto gran argumento que afirma que Dios no existe es la existencia del mal. Se trata de un argumento formulado ya en la antigüedad por Epicuro, y que viene a decir: «o Dios no quiere evitar el mal –y entonces no es infinitamente bueno– o no puede hacerlo –y entonces no es todopoderoso– y, en consecuencia, en ninguna de las dos alternativas es realmente Dios, pues Dios ha de ser al mismo tiempo infinitamente bueno y todopoderoso».

Hay que señalar que el problema del mal ha existido siempre para el hombre, presentándose como un gran escándalo religioso. Algunas religiones han intentando dar respuesta a este problema, problema que se amplifica enormemente en el cristianismo, en el que se admite un solo Dios, que es Todopoderoso, infinitamente bueno e infinitamente sabio. Ahora bien, también la filosofía –sobre todo cuando hace teología natural– se plantea este problema. En todo caso el problema del mal, lejos de estar resuelto, tampoco tiene la última palabra… En realidad no estamos ante un problema, sino ante un misterio. Podremos reflexionar mucho sobre ello, pero no alcanzaremos una explicación definitiva, al menos en esta vida.

Para terminar, sobre la primera opción, la opción de creer, conocida como teísta, diré que los argumentos que utiliza la razón –la tradición clásica ha optado por llamarlos «vías»– no intentan demostrar la existencia de Dios, sino la necesaria razonabilidad de su existencia. Ciertamente, es más ajustado hablar de «vías» por el sentido que tienen en cuanto «camino», es decir, en cuanto que no tratan de meros enunciados lógicos, sino de una búsqueda que compete a toda la persona, a su inteligencia y su corazón.


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Martes, 10 de abril de 2018

(Apunte 14)

AgnosticismoAnte un problema, no saber nunca es una respuesta, ni siquiera una respuesta insuficiente. Se trata acaso de una evasión ante el compromiso, un diferir a otros, un quitarse de encima una responsabilidad…; es la negación de uno mismo, la aceptación de los propios límites. Por eso el agnosticismo no puede ser considerado como una respuesta a la pregunta por la existencia de Dios, sino una respuesta a una pregunta anterior: ¿podemos conocer algo respecto de Dios?

Los agnósticos afirman que sobre esta cuestión no existe posibilidad de saber algo. En realidad suspenden el juicio sobre la existencia de Dios ante la imposibilidad, no de su existencia, sino de su demostración. Se parapetan detrás de una concepción reduccionista de la razón, al considerarla demasiado débil para conocer la verdad, pues constatan muchos errores cognitivos así como un exceso de opiniones contradictorias al respecto. Los argumentos del agnosticismo son similares al los del escepticismo (tratado en el Apunte 13), lo cual pone en evidencia que dichos argumentos no concluyen nada respecto a la existencia o no de Dios.

Ahora bien, esta actitud se puede dar en un plano teórico y de un modo provisional. Ya hemos visto cómo la pregunta sobre Dios está conectada a la pregunta por el sentido de la vida, la cual, dada su implicación existencial, reclama con urgencia una respuesta. Hay preguntas ante las cuales podemos permanecer impasibles, pues su respuesta nos deja indiferentes: ¿Sabe usted cuál fue la película más taquillera del cine mudo? Pues ni lo sé ni me importa, y en consecuencia me quedo tan feliz en mi ignorancia y aprovecho mi tiempo para otras cosas.

Vitalmente uno “no” puede ser agnóstico. En el plano práctico se vive como si Dios existiera o se vive como si Dios no existiera. Hay demasiado en juego en la pregunta y, querámoslo o no, estamos respondiendo a ella. Así las cosas, la respuesta del agnosticismo es imprecisa, puramente especulativa y provisional. Por tanto, a la pregunta “¿existe Dios?” sólo puede responderse de modo definitivo con un o con un no.

Por situarnos en la época actual destacaré una variante del agnosticismo conocida como modernismo teológico. Se trata de un movimiento filosófico-religioso nacido a principios del siglo XX y que tiene como principios fundamentales el agnosticismo y la inmanencia vital. En realidad, el modernismo no es más que un cierto positivismo aplicado al hecho religioso. Para el modernista la relación hombre-Dios es una relación con un sentido eminentemente práctico y, por lo tanto, niega la teología especulativa. A Dios, para el modernismo, no podemos llegar por la razón.

En la raíz del agnosticismo está ordinariamente el racionalismo: la pretensión según la cual la inteligencia humana es capaz de agotar por entero la verdad, lo que conduce inevitablemente a negar toda trascendencia. En este sentido se puede interpretar el diagnóstico del existencialista cristiano Gabriel Marcel, cuando afirma que en el pensamiento agnóstico y ateo se está ante un Dios que de misterio ha devenido en problema: el hombre ha dejado de reconocerse frente a una realidad que le trasciende y a cuya profundidad (misterio, en el sentido de Marcel) se abre, para querer situarse sólo ante problemas que aspira a solucionar.


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Martes, 03 de abril de 2018

(Apunte 13)

Más allá del límiteTambién la fe tiene sus límites si no quiere errar por exceso o por defecto. Precisamente porque la fe nos acerca a los misterios de la vida (Misterio con mayúscula), resultaría un exceso afirmar que la fe esclarece y comprende toda la gama de problemas que surgen en torno a la cuestión del sentido de la vida. La fe no es la claridad del mediodía, sino sólo un candil que nos ayuda a atravesar la noche.

El primer límite es lo inabarcable que resulta la comprensión de Dios. Precisamente es la conciencia que tenemos del Misterio lo que ha definido la aproximación de la teología respecto de aquello que estudia; Dios es siempre más de lo que podemos entender de Él y sería absurdo tratar de encuadrarlo en nuestras estrechas medidas, que ni siquiera bastan para comprendernos a nosotros mismos. Por eso la teología se expresa en un lenguaje siempre análogo y matizado. Lo que se afirma de Dios –vía positiva– se niega según la comprensión habitual que tenemos de aquello que afirmamos –vía negativa–, para luego afirmarlo en sentido aumentativo, elevándolo a su potencia infinita. «Dios es bueno».

Tampoco podemos olvidar que Dios no es un «objeto de estudio», sino un Misterio que me interpela vitalmente. Esto exige un «método de conocimiento» muy distinto al de las ciencias naturales: a Dios se lo conoce como se conoce a las personas, y tal cosa pasa no sólo por la inteligencia, sino también por el corazón. De ahí la necesidad de confianza que debe llevar implícita la búsqueda del sentido cuando camina de la mano de la fe.

Es por ello que se hacen necesarias algunas condiciones para hallar una respuesta a la cuestión del sentido de la vida. La propuesta del racionalismo y el fideísmo tienen en común que ambas implican una renuncia: la primera renuncia a comprender aquello que no puede dominar, la segunda renuncia a la razón, y en ese sentido, nos ciega.

Por su parte, la dinámica de la fe, expuesta anteriormente, nos permite evitar tanto el racionalismo como el fideísmo. No prescinde de los grandes temas en torno al sentido de la vida, ni renuncia a la razón en su afán de comprender. Los indicios que acompañan la confianza de la fe deben ser indicios razonables si queremos una fe que se complemente con la razón. Una fe que no contradiga a la razón, sino que se apoye en ella, es la fe que tendremos en cuenta a la hora de atender a la propuesta cristiana. Para ello debemos tener en cuenta los tres aspectos de una fe religiosa: en primer lugar, su «carácter subjetivo», ya que las respuestas no son indiferentes a la propia vida, por lo que la búsqueda que incorpora la fe debe hacerse desde toda la persona. El segundo aspecto es poseer un «anclaje objetivo», puesto que la vivencia religiosa debe tener un referente objetivo, de forma que no pueda ser reducida a mero sentimiento subjetivo. Y por último, la fe debe estar «polarizada por el Misterio», ya que la existencia religiosa está polarizada toda ella por el Misterio; no se trata de poner en práctica un método o técnica que me acerque al Misterio, sino comprender que me hallo ante una relación con algo que me supera.


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