Martes, 27 de marzo de 2018

(Apunte 12)

RacionalismoLa misma problemática que surge en la relación fe-razón, en la actualidad se manifiesta también, pero aumentada, al hablar de religión y ciencia. La ciencia sería un tipo de conocimiento racional, universal, empíricamente comprobable, mientras que la religión se caracterizaría por ser un sentimiento subjetivo, interno, intransferible.

Si bien es necesario distinguir ciencia y religión, no lo es oponerlas en base a estas definiciones, ya que ninguna de las dos hace justicia. En el caso de la ciencia, si bien se aplica a las ciencias empírico-naturales, dejaría de lado (o amputaría) las ciencias humanas. En el caso de la definición de religión, no es cierto que sea única y principalmente un sentimiento –puesto que también participa activamente la inteligencia y la voluntad–, ni sólo subjetivo –tiene un fundamento externo al sujeto–, ni sólo algo interno e intransferible –pues se da en vivencias comunitarias y culturales y apela a una trascendencia–. Además, la religión como conjunto de creencias, normas y ritos es también fuente de conocimiento; no un conocimiento estrictamente lógico y racional, pero sí uno integral y humano, sapiencial.

Sin duda, podemos afirmar que fe y razón son compatibles. Las polémicas entre razón y fe (o religión y ciencia) podrían ahorrarse si se tuvieran en cuenta los límites de ambas. El principal problema del racionalismo es el exagerado valor que otorga a la razón humana, de la que sostiene que puede llegar a conocer, comprender y controlar todos los elementos de la existencia (un defensor de esta posición era Stephen Hawking, prestigioso científico recientemente fallecido). Así, pues, el racionalismo sostiene que lo que no entra dentro de unas categorías puramente racionales –sólo conexiones lógicas necesarias, claras y distintas– no puede conocerse de modo real.

El segundo error consiste en creer que conocemos las cosas sólo con categorías lógicas, cuando en realidad el conocimiento humano es un proceso mucho más complejo en el que, además de la razón, intervienen también la voluntad, la afectividad, los sentidos, el propio cuerpo, el estado anímico, la memoria, la imaginación… Más aún, hay cosas que conocemos bien y con certeza, aunque no podamos explicarlas «lógicamente», como es todo aquello de lo que sólo podemos tener certezas existenciales.

La complejidad del conocimiento la ejemplifica muy bien Heidegger en su Introducción a la Filosofía. No basta la ciencia química para comprender qué es algo tan simple como una tiza. La química puede enumerarnos qué elementos entran en su composición, pero fracasa a la hora de hacernos comprender el propósito, el origen y el funcionamiento adecuado de la tiza: para eso tenemos que salir de la ciencia empírica y comprender qué es el aula, la pizarra, la clase, el profesor, los alumnos… Si esto sucede con algo tan básico como una tiza, cuánto más con la totalidad de la existencia. Por eso es necesario ampliar nuestro concepto de razón y no reducirla a sólo unas cuantas de sus funciones, sino entenderla en un marco más grande y complejo.

En sentido inverso, nos encontramos con el escepticismo, que es aquella actitud que tiende a estrechar el alcance de la razón. Para el escepticismo la razón carece de valor, o tiene un valor muy limitado. Existe un escepticismo radical y otro moderado. El radical sostiene que la razón humana no puede conocer nada con certeza y sólo «asume como ciertas» determinadas apreciaciones a efectos puramente funcionales y prácticos. Este escepticismo radical no es muy frecuente, y desde la antigüedad se refutaba con un sencillo argumento: afirmar que no es posible alcanzar ninguna verdad, ¿es eso verdadero?

En cambio, el escepticismo moderado sí tiene mayor presencia. Acepta que la razón humana puede llegar a conocer con una cierta verdad las cosas naturales  –y la ciencia sería la demostración de ello–, pero afirma que la razón está completamente ciega a la hora de alcanzar verdad alguna en las realidades metafísicas.

Dentro de las «realidades metafísicas» que el escepticismo moderado señala como inalcanzable para la razón, están los contenidos de la fe religiosa. Así como la ciencia aporta certezas respecto de la verdad de sus enunciados, la fe no sería capaz de aportar certeza alguna. Lo que ocurre es que se parte de una confusión entre certeza y evidencia. Las evidencias aportan una seguridad fuerte al asentimiento de la inteligencia: una operación matemática correcta aporta una certeza indiscutible a quien comprende dicha operación.

Pero en el campo de la fe religiosa puede ocurrir algo similar. John Henry Newman utilizaba el siguiente ejemplo: si bien no podemos tener una evidencia de aquello que conforma nuestro acto de fe, sí podemos acumular una serie de indicios que hagan de esa fe algo tan sólido como la certeza que da una evidencia. Pongamos que la certeza de la evidencia fuera una barra de hierro tan sólida que nos permitiese remolcar un barco. Mientras tanto, los indicios que encuentra la inteligencia para llevar a cabo el acto de fe serían unos finos hilos de metal. Está claro que con un sólo hilo no podríamos remolcar el barco. ¿Pero qué pasa si tenemos un número suficiente de ellos, de tal modo que entre todos formen una soga de metal? Cada hilo –cada indicio o razón– separado, es débil; pero si lo juntamos con muchos otros obtendremos una capacidad de soporte igual a la barra de hierro pero con un plus de flexibilidad.


Publicado por torresgalera @ 7:00  | Pensamiento
Comentarios (0)  | Enviar
Martes, 20 de marzo de 2018

(Apunte 11)

El apóstol Santo TomásSon muchos los pensadores que opinan que sólo debemos creer aquello que podemos demostrar empíricamente; esto es lo mismo que decir que aquello que no se puede demostrar no es digno de tenerse en cuenta. Un ejemplo de estos intelectuales lo tenemos en el filósofo Bertrand Russell, quien escribió: «No pretendo poder probar que Dios no existe. Igualmente no puedo probar que Satán es una ficción. El Dios cristiano puede existir, tal y como pueden existir los dioses del Olimpo, del antiguo Egipto o de Babilonia. Pero ninguna de estas hipótesis es más probable que la otra: se encuentran fuera de la región del conocimiento probable y, por lo tanto, no hay razón para considerar ninguna de ellas».

Es obvio que si aceptamos este criterio de conocimiento esgrimido por Russell, nuestra vida se empobrecería enormemente. ¿Cuántas cosas que sabemos y que definen nuestra vida no son «verificables», ni por una ecuación ni por un experimento? ¿Qué razón me lleva a sentirme atraído en un museo por una pintura determinada y no por otras? ¿Qué hace que me conmueva de manera especial un poema concreto? ¿Por qué mi corazón se agita ante un acontecimiento y ante otros similares mantiene la calma?...

Todo esto nos lleva a plantearnos la relación que existe entre razón y fe, o mejor dicho, a profundizar en el valor epistemológico de la fe, es decir, la fe como vía de acceso a la realidad. ¿Qué valor tienen los conocimientos basados en la fe, especialmente aquellos basados en la fe religiosa?

En el Apunte 10 hemos visto que la fe natural no es algo ajeno a nuestro intelecto, sino que, por el contrario, es fuente de conocimiento. También sabemos que cuando hablamos de fe religiosa debemos tener en cuenta lo que creemos y en quién descansa la confianza con la que creemos. Ahora bien, al abordar el dinamismo de la fe, y la distinción entre fe natural y fe religiosa, no dijimos nada del concepto de revelación divina. Cuando una religión afirma que el contenido de su fe le ha sido dado por revelación divina, está introduciendo una variante nueva: la fuente de ese conocimiento no es la razón, sino otra cosa… La divinidad expresaría algo por mediación de un profeta, de un hombre sagrado. Esto ocurre así a excepción del Cristianismo, quien afirma que el mediador –Jesús–, no es mediador, sino que es el mismo Dios.

Introducir la revelación en el ámbito del conocimiento enseguida despierta una pregunta: ¿qué relación mantiene un conocimiento que se afirma de origen divino con el conocimiento natural de la razón? A esta pregunta le suceden distintas respuestas: Por un lado están quienes afirman que los conocimientos que parten de la razón y los conocimientos que se apoyan en la revelación hablan a distintos niveles de la realidad (luego no se relacionan); y por otro lado están aquellos que afirman que dichos conocimientos son incompatibles (caen en contradicción) o pueden serlo; por último, están aquellos que afirman que ambos conocimientos se complementan, pues aunque difieren en amplitud y origen tienden al mismo fin, que no es otro que la verdad, y la verdad es sólo una.


Publicado por torresgalera @ 7:00  | Pensamiento
Comentarios (0)  | Enviar
Martes, 13 de marzo de 2018

(Apunte 10)

Ciencia y feHoy nos acercamos al hecho religioso libres de prejuicios. Pero he de señalar que aunque nos aproximemos de manera abierta a la religión y al hecho religioso, admitiendo su propia especificidad, es menester preguntarnos también por la verdad que encierra este hecho, pues esa verdad constituye la esencia misma de eso que llamamos creencia religiosa y a la cual accedemos mediante la fe. ¿Se puede acaso afirmar que este acceso es legítimo?, ¿o deberíamos afirmar que sencillamente se opone a la razón?

Antes que nada voy a tratar de definir qué entendemos por fe. En primer lugar diré que la fe puede definirse como «el asentimiento de la inteligencia». Esto significa que todo conocimiento implica un acto de aceptación o asentimiento por parte de la inteligencia. Cada vez que adquirimos un conocimiento la inteligencia se apropia de aquello que da por válido, por ejemplo, que 3 + 2=5; que Madrid es la capital de España; o que todo organismo vivo se compone de células.

También hemos comprobado que existen algunos conocimientos que la inteligencia no puede aceptar, sino es a través de la voluntad; se trata de conocimientos que no nos resultan evidentes. Esto afecta a un buen número de enunciados que reconocemos como verdaderos, pero que en realidad yo no los entiendo. Un ejemplo de esto sería un enunciado científico en un campo que desconozco; o un hecho histórico del que no he participado como testigo, incluida la fecha de mi nacimiento… Por tanto, estoy refiriéndome a todo conocimiento al que asiento apoyándome en lo que afirman otras personas, ya sea mi profesor de geografía, mi madre o el médico que me diagnostica.

Para concluir, diré que el asentimiento no tiene porque ser irracional ni debe ser arbitrario, todo lo contrario, es perfectamente racional fiarse de quien sabe más que uno.

Hasta aquí nos movemos fuera del ámbito propio de la religión. Esto cambia cuando quien propone el enunciado es alguien a quien se le reconoce autoridad religiosa –un adivino, un mago, un sacerdote, un profeta, etc. –, entonces la fe es una fe religiosa o una creencia religiosa. Ahora bien el procedimiento es el mismo.

Dado el carácter del lenguaje altamente simbólico en muchas religiones (difuso o ambiguo, con una lógica específica, distinta de la matemática), el creyente puede vivir su fe sin cuestionarla o pensarla en categorías racionales. Pero por lo mismo, también puede buscar comprender su lógica interna, su racionalidad, etc. (la filosofía de la religión, la fenomenología y la misma teología son precisamente esfuerzos animados por este propósito).

En resumen, cuando hablamos de fe religiosa no hay que perder de vista esta distinción: Fides quae, aquello en lo que creemos, es decir, el contenido de lo que creemos; y Fides qua, aquella fe con la que creemos, o en quién descansa la confianza con la que creemos.


Publicado por torresgalera @ 7:00  | Pensamiento
Comentarios (0)  | Enviar
Martes, 06 de marzo de 2018

(Apunte 9)

El hecho religiosoHasta ahora he tratado de mostrar cómo a la pregunta por el sentido de la vida le acompaña indefectiblemente el deseo de alcanzar una respuesta. El ser humano desde siempre ha demostrado una necesidad instintiva de mirar hacia arriba, hacia más allá de sí mismo y de su realidad inmediata. Pues bien, a ese estar abierto del hombre es lo que denominamos estructura religiosa; un modo de estar configurado que le permite vivir una dimensión religiosa, con una conciencia religiosa y practicar una religión.

Mircea Eliade, reputado estudioso del fenómeno religioso, expresa así la conciencia religiosa: «En los niveles más arcaicos de la cultura el vivir del ser humano es ya de por sí un acto religioso, pues tomar el alimento, ejercer la sexualidad y trabajar son actos que poseen un valor sacramental. Dicho de otro modo: ser –o más bien hacerse– hombre significa ser religioso».

Sentado ya el axioma de que ser humano es sinónimo de ser religioso, queda por aclarar qué es la religión: ¿acaso se trata de una ficción para responder a esta necesidad de sentido?, ¿o se trata de un mero producto cultural? Esto es al menos lo que vienen afirmando diferentes pensadores desde mediados del siglo XIX hasta nuestros días: «Cuando fracasa la magia aparece la religión» (Sir James Frazer); «No es sino una enfermedad del lenguaje» (Max Müller); «El origen de la religión está en el animismo» (Edward B. Tylor); «La religión es la adoración de la sociedad hipostasiada» (Emile Durkheim).

Estas conclusiones en realidad responden a simples prejuicios, es decir, a unos intentos de explicar el origen del fenómeno religioso. Dichos prejuicios defienden que la religión es un producto cultural, cuyo esquema positivista considera la religión como un estado mitológico, ya superado, donde prima la explicación supersticiosa; o bien, un estado metafísico, donde prima la explicación filosófica; o, más modernamente, reduce la religión a un estado científico, donde prima la explicación científica.

Como se puede ver, se trata de unos prejuicios obsesionados en demostrar un «origen» del fenómeno religioso, desvinculándolo de su contexto hermenéutico.

Frente a este modo de acercarse al hecho religioso surge una reacción metodológica. Así lo explica el profesor J.M. Velasco en su Introducción a la Fenomenología de la religión: «El hecho religioso posee una verdad propia, una forma específica de racionalidad, una capacidad propia de iluminación de la realidad que la comprensión descubre y que, una vez descubierta, se muestra raíz y fuente de comprensión para la razón humana en otros niveles».

La reacción de la fenomenología de la religión consiste en proponer un acercamiento al hecho religioso sin esquemas previos, sin prejuicios: no intenta reducir el hecho religioso a otro fenómeno, explicarlo por otra cosa que él mismo. Trata de hacer hablar al fenómeno, describirlo en términos de su propia realidad.


Publicado por torresgalera @ 7:00  | Pensamiento
Comentarios (0)  | Enviar