Martes, 13 de febrero de 2018

(Apunte 6)

EncrucijadaLas preguntas que nos sugieren ciertas experiencias de la vida son exigentes y no nos vale cualquier respuesta. Filosofía y teología han señalado estas exigencias de manera diversa, pero creo que se pueden reducir a dos exigencias fundamentales: razón de ser y salvación. Así, decimos que la razón de ser de una respuesta es válida cuando no sólo explica la experiencia, sino que también nos permite comprenderla. En cuanto a la salvación, me refiero a aquellas respuestas que nos ayudan a superar los límites de esas experiencias ante las cuales el corazón se rebela, por ejemplo, superar la experiencia ante la muerte, de la que nada sabemos; o la experiencia del desamor, como cuando somos traicionados o abandonados.

Ya he señalado experiencias que despiertan preguntas inquietantes, como la que enfrentó a Tolstoi consigo mismo (Apunte 5). Para el escritor ruso la experiencia relatada en su Confesión le significó un giro radical en su vida. Sin embargo, no todos los seres humanos reaccionan igual. Muchas personas eluden la pregunta sobre el sentido de la vida, incluso niegan que exista la pregunta, o la ahogan de diversos modos. Otros muchos neutralizan la pregunta instalándose en una ideología, del tipo que sea, pues toda ideología promete seguridades y configura la conciencia a costa de la libertad y la responsabilidad de los individuos. Y, por último, queda la opción de afrontar la pregunta, de responder: sí o no.

Woody Allen, en una entrevista concedida en 2010, confesaba como Tolstoi: «Yo me enfrento al misterio de la vida de forma extraña. Lo paso muy mal, y lo digo en serio. Sufro mucho, tengo mucha ansiedad y miedo, y estoy realmente confuso. Y combato todo esto lo mejor que puedo; por eso trabajo mucho. Me ayuda y me distrae de los problemas reales. […] Cuando estoy en mi casa, pienso: “¡Dios mío, la vida es corta, terrible y triste y yo soy viejo!”. Lo único optimista en la vida es que hay momentos de placer. Son breves y esporádicos, pero son agradables. […] Vamos por la vida de forma frenética y caótica, corriendo y chocándonos los unos contra los otros con nuestras aspiraciones y ambiciones, haciéndonos daño y cometiendo errores. En cien años ya no quedará nadie que nos haya conocido y todos los problemas, las crisis económicas, los adulterios y demás, no tendrán importancia. Eso: “todo es furia y ruido y, al final, no significa nada”».

El genial director es consciente de que su activismo es una manera de eludir la pregunta, de ahogarla. Por eso se refugia en el trabajo, sumiéndose en una actividad vertiginosa. En realidad, se trata de una disfunción del proceso cognitivo de la realidad. Esta autolimitación la experimenta gran número de personas en nuestra época. El activismo o el vivir en la inmediatez del instante, y del consumismo, son el verdadero opio del pueblo en nuestros días.


Publicado por torresgalera @ 7:00  | Pensamiento
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