Martes, 23 de enero de 2018

(Apunte 3)

El hombre se interrogaLa propensión innata del ser humano a formular preguntas y a interrogarse a sí mismo nace como un impulso defensivo ante la realidad en la que se halla inmerso. Se trata de un impulso implacable de su yo profundo. Actúa a modo de estímulo-respuesta al conflicto que le provoca. Es la reacción ante el choque con la realidad inquietante y perturbadora; es el recurso para enfrentarse a la amenaza o para superar el obstáculo. Las preguntas contribuyen a desarrollar y afianzar la propia conciencia del ser.

Fueron los griegos los primeros en diferenciar las preguntas en dos tipos: las útiles y las inútiles. Las primeras son aquellas que, una vez respondidas, producen un beneficio. Son preguntas cuya respuesta es cerrada, que podemos acumular, que resuelven la pregunta de una vez por todas. Preguntas que han hecho aumentar el caudal de las ciencias empíricas, o que han impulsado la técnica desde la invención de la rueda al desarrollo de Google.

Por el contrario, hay preguntas que se resisten a ser respondidas de una vez por todas. Son preguntas abiertas, que continuamente aparecen y reaparecen, y que además comprometen existencialmente. Unamuno recuerda en El sentimiento trágico de la vida una anécdota de Solón: «Ante la noticia de la muerte de su hijo, el sabio llora. Un pedante que se encontraba allí se le acercó y le preguntó por qué lloraba, ya que no serviría de nada. Solón le respondió: “por eso, porque no sirve”». Otros ejemplos de estas preguntas inútiles: ¿Para qué existo, cuál es el fin de mi existencia? ¿Qué significan los demás en mi vida (y mi vida para los demás)? ¿Existe la felicidad, es posible alcanzarla? ¿Por qué hay que hacer el bien? ¿Qué es el bien? ¿Existe la verdad? ¿Qué es la verdad? ¿Por qué existe el mal, el dolor, la muerte; y este mal, este dolor y esta muerte que me afectan directamente a mí y a los que amo?


Publicado por torresgalera @ 7:00  | Pensamiento
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