Jueves, 23 de mayo de 2019

SecularismoEs un hecho constatado que a pesar de vivir en una sociedad tecnológica, cientificista y materialista, que tiende a expulsar toda referencia religiosa, resulta imposible eliminar del todo la inquietud del hombre y su búsqueda de lo trascendente. Ante esta realidad insoslayable cabe preguntarnos, ¿hacia dónde nos encaminamos?

Los datos son muy contradictorios. Mientras que en Occidente es evidente el declinar de la práctica religiosa, incluidas las comunidades musulmanas que habitan Europa y el continente americano, en los países de mayoría musulmana la práctica religiosa parece haber alcanzado los niveles más altos de su historia. De «indigestión de religión» calificaba este fenómeno el prestigioso jurista Yadh Ben Achour en una entrevista del diario La Presse del 31 de agosto de 2012. Sobre este asunto sorprende el diagnóstico de algunos analistas, como es el caso del islamólogo tunecino Abdel Majid Charfi, quien considera que tras la fachada de una adhesión religiosa formal, en realidad lo que subyace en el espacio islámico es una secularización rampante (Révolution, modernité, Islam. Sud Éditions, Tunis 2012).

Creo que tanto cristianos como musulmanes deberían preguntarse seriamente sobre este asunto. Hemos de ser capaces de proponer una hipótesis adecuada a las circunstancias sobre el llamado proceso de secularización, que en realidad presenta diferencias notables entre las distintas naciones y regiones del planeta. Deberíamos rechazar las categorías procedentes del relato adoptado por la modernidad. Las personas religiosas deberíamos tener claro si somos antimodernos o posmodernos.

El proceso de secularización es la causa primordial de la actual configuración social: estamos en una sociedad plural. Es verdad que países como Italia o España, por ejemplo, continúan registrando un porcentaje de práctica religiosa más bien elevado en relación con Francia o Alemania, que decidieron antes la separación entre Estado e Iglesia. En cualquier caso, el núcleo de la secularización actual tiene como razón profunda considerar la fe en Dios como una opción más de vida. Esto nos ha llevado a pasar de una sociedad en la que era virtualmente imposible no creer en Dios, a una en la que para el creyente más devoto esta es solo una posibilidad más. La aparición de un «humanismo exclusivo», que prescinde de los fines que trascienden el bienestar terreno de la humanidad, abre el campo a una pluralidad de opciones.

En cualquier caso, la era secular no supone la desaparición de lo religioso en la vida personal y social. No es una casualidad que las expresiones “secularización” y “secularismo” hayan sido sustituidas por la expresión «sociedad postsecular». ¿Qué puede significar en última instancia “postsecular”, sino un retorno al presecular y, por tanto, a lo “religioso”? Aquí estamos, en la vuelta a empezar.


Publicado por torresgalera @ 18:34  | Pensamiento
Comentarios (0)  | Enviar
Jueves, 16 de mayo de 2019

Debate públicoEl drama del cristianismo de nuestro tiempo no es tanto la agresión que sufre de parte de los ateos, descreídos y toda clase de fanáticos, como de la actitud de los propios creyentes que, atemorizados ante los ataques y campañas de sus adversarios, han llegado a aceptar que sus preceptos morales son un aspecto reservado a la conciencia individual. Esta disposición de una mayoría de cristianos a despojarse de sus creencias en cuanto sale de los oficios religiosos, es la prueba irrefutable de la victoria del laicismo sobre la civilización cristiana.

Malo es que nos quieran arrinconar, pero peor es no esforzarnos por impedirlo. Desplazar el cristianismo del espacio público a la esfera de la privacidad constituye un ejercicio de autoritarismo que atenta, gravemente, no solo contra la libertad religiosa, sino también contra el ejercicio de una libertad fundamental como es la libertad de expresión. Porque aquí no estamos ante la normal y lógica exigencia de que los cristianos respeten las opiniones de los no creyentes. No, aquí estamos ante una siniestra agresión totalitaria que pretende retirar a los católicos del debate intelectual de nuestro tiempo, al afirmar que la fe cristiana no debe proponer soluciones concretas a los problemas de la actualidad. Es decir, que los cristianos no debemos opinar como tales sobre cuestiones que afectan al valor de la vida humana, a la dignidad exigible de las personas en la búsqueda de su legítimo bienestar. Tratan de impedirnos a los cristianos que podamos defender los derechos que el individuo posee ante una destrucción de opciones morales (véanse las leyes LGTBI derivadas del adoctrinamiento en materia de ideología de género que se está imponiendo en la enseñanza pública), así como privarle de la posibilidad misma de elegir el tipo de existencia que desea.

Por todo ello afrontar esta cuestión es una tarea urgente e irrenunciable. Los cristianos estamos obligados por nuestra fe a levantar la voz y proclamar la Palabra de Jesucristo a los cuatro vientos. Estamos comprometidos con nuestro sí al Salvador en el cumplimiento de su mandato: «ld al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación» (Lucas 16: 15). Estamos, en definitiva, comprometidos en aportar nuestra cosmovisión del mundo y del hombre a la luz de la Verdad que salva. Al fin y al cabo, la libertad del hombre moderno no se ha construido a costa del cristianismo, sino gracias a él. No es casual que la defensa de los derechos fundamentales de la persona haya cobrado su más perfecta definición histórica en una cultura construida sobre los valores evangélicos.


Publicado por torresgalera @ 11:27  | Pensamiento
Comentarios (0)  | Enviar
Jueves, 09 de mayo de 2019

Laicidad frente a laicismoResulta conveniente insistir cuantas veces sea necesario en explicar la diferencia que existe entre “laicidad” y “laicismo”, que son términos parecidos pero que significan cosas contrapuestas. Mientras que “laicidad” sitúa el derecho de libertad religiosa en el centro de la relación entre poderes públicos y ciudadanos, el “laicismo” tolera lo religioso de manera restringida en el ámbito público. En realidad, el “laicismo” es un concepto coercitivo puesto que persigue la expulsión del espacio público de todo elemento conectado con la religión.

La razón sobre la que se justifica el laicismo es su supuesta neutralidad. Neutralidad que en teoría significa que los poderes públicos no deben manipular a su gusto la presencia pública de las confesiones religiosas, neutralizando así las efectivas convicciones sociales. Sin embargo, los hechos demuestran que dicha neutralidad es una falacia, puesto que los laicistas más conspicuos son enemigos acérrimos de la religión.

Por tanto, la “laicidad” sitúa el derecho de libertad religiosa en el centro de la relación entre poderes públicos y ciudadanos, mientras que el “laicismo” tiende a considerar la presencia pública de la religión como ejercicio de un poder intruso y se impone a los ciudadanos como religión civil.

El principal aspecto positivo de la laicidad es que favorece la participación social de todos en la vida pública. Por tanto, los poderes públicos reconocen un derecho fundamental y cooperan en su ejercicio, como hacen con la cultura, el deporte y otros aspectos del desarrollo de la personalidad por los que se interesan los ciudadanos. En cambio el laicismo, en el mejor de los casos, tolera restrictivamente la presencia de lo religioso en el ámbito público.

El pluralismo implica la existencia de una opinión pública libre. Implica el derecho de aquellos ciudadanos con creencias religiosas a expresarlas y difundirlas. Negar esa posibilidad a los que suscriben una concepción del mundo transcendente es incurrir en una discriminación por razón de religión, vetada expresamente por la Constitución en su artículo 14.

Es, por tanto, imprescindible defender la laicidad en nuestra sociedad. El Papa Benedicto XVI insistió en que Dios es racional (logos) y no una omnipotente voluntad arbitraria. Matar no es injusto porque Dios lo haya prohibido, sino que lo ha prohibido porque es injusto. Y el filósofo Jürgen Habermas, buen amigo de Benedicto XVI, coincidía con él al admitir, aun siendo agnóstico, que las confesiones religiosas pueden y deben aportar razones al debate público, criticando así el laicismo.


Publicado por torresgalera @ 21:17  | Pensamiento
Comentarios (0)  | Enviar
Viernes, 03 de mayo de 2019

Calendario cristianoResulta cuando menos llamativo que la mayor parte de nuestro planeta cuente el tiempo a partir de la fecha del nacimiento de Jesucristo, un judío realmente especial que dio origen al cristianismo. ¿Cómo es posible que nuestro mundo siga usando un calendario cristiano en una era de laicismo oficial? Sorprende que todavía no se le haya ocurrido a ningún político europeo proponer una nueva forma de contar los años y los siglos, más acorde con el ambiente de esta época. Desde aquellos días de la Revolución Francesa de 1789, en los que pronto naufragó aquel lírico calendario que impusieran los líderes más tiranos, dogmáticos y sanguinarios, nadie ha osado impulsar un nuevo experimento para contar el tiempo.

La justificación más plausible que se me ocurre es la de que en la figura de Jesús se personifica, aún hoy en día, la mayoría de los ideales de la civilización occidental. La libertad, en primer lugar. Una libertad absoluta, que nos da el derecho de decir sí o no a Dios, de ser responsables de nuestro destino. Algo que otras civilizaciones niegan a su gente, obligándola a encajar en la máquina social como una pieza, un metal humano que cumple su tarea. En cambio para Jesús, cada uno de nosotros es soberano de su propia vida.

Además está la cuestión del amor, que se manifiesta en nuestra civilización en el compromiso incuestionable con la solidaridad, lo que ha dado lugar a todos nuestros sistemas de apoyo mutuo tan avanzados. Cada hombre forma parte de la humanidad, que también es responsabilidad suya. La miseria del otro, después de Jesús, constituye un escándalo, algo que se tiene que solucionar. Este resquemor de conciencia que los occidentales sentimos ante las injusticias (por muchos excesos que se cometan o se hayan cometido), ante los humillados y ofendidos, proviene de lo que Jesús dijo, aunque ya no lo sepamos o no lo recordemos. Y es que Jesús de Nazaret nos transformó en viajeros del absoluto. La vida es, para él, una peregrinación, un itinerario en el que hay que buscar el horizonte mayor donde nuestras capacidades encuentren su exacto reflejo. Con el cristianismo, las sociedades occidentales exploraron nuevos mundos, tanto en el campo del conocimiento como en el del desarrollo de su propia hamanidad. Todos estamos obligados a buscar, a mejorar, a progresar: cada uno de nosotros debe cumplir la aventura única de su biografía.

Occidente es en la actualidad una cultura cristiana sin cristianismo, donde se sigue la senda de Jesucristo sin percatarse de ello. El domingo disfrutamos de una libertad, de un derecho al reposo, que también Jesús nos dio al liberar el sábado judío de sus cadenas religiosas. Ese día de respiro totalmente libre es el origen de todas nuestras vacaciones. De forma que el turista de Semana Santa, sin querer saber nada de cosas religiosas, disfruta de un bien cuyo origen es, al fin y al cabo, espiritual. Y así nos pasa con tantos días festivos. Por ello, contar años y siglos a partir de la fecha del nacimiento de ese judío misterioso llamado Jesús de Nazaret, continúa teniendo sentido dado que nos enseñó que la dignidad del ser humano es divina. De ahí nacen también nuestros célebres derechos humanos, no tan importantes para otras culturas.


Publicado por torresgalera @ 21:35  | Pensamiento
Comentarios (0)  | Enviar
S?bado, 27 de abril de 2019

Una gran mentiraHacia finales de los años 60 del siglo pasado (el Concilio Vaticano II finalizó en 1965), las sociedades occidentales se vieron azotadas por un vendaval de libertad que en muchos casos fue muy mal entendida. Fueron los años del movimiento hippy en los EE.UU., el Mayo francés del 68 y la Primavera de Praga de ese mismo año, por citar solo algunos acontecimientos históricos reivindicadores de mayores cotas de libertad. Experiencias todas ellas traumáticas pero que dejaron secuelas imborrables, a la vez que alimentaron un imaginario épico repleto de falsedades y medias verdades. Pero lo cierto es que en aquellos días el ambiente subversivo que impregnó el relato de los acontecimientos políticos y sociales sacudió los cimientos del hecho religioso.

El cristianismo fue zarandeado y cuestionado, sobre todo su realidad social. El pensamiento emergente reivindicaba la espontaneidad y sinceridad como bienes esenciales. Esto llevó a cuestionar la tradición y la norma en la práctica religiosa: los actos relativos a la fe solo debían realizarse cuando fueran sentidos de verdad. Asistir por costumbre a misa y rezar por inercia no parecía “sincero” (aunque se creyera en Dios). Pensamiento este que caló en la sociedad en poco tiempo y tuvo como consecuencia el paulatino abandono de la práctica religiosa, especialmente en los más jóvenes. Pronto ir a misa y rezar fue considerado cosa “de otros tiempos”, no digamos acudir al sacramento de la confesión,

Aquel periodo de confusión espiritual propició la aparición de todo tipo de ocurrencias espirituales y existenciales. La pérdida de la brújula moral que suponía el cristianismo dio paso al caos moral y a la pérdida de referentes éticos. Desde el materialismo rampante, pasando por el narcisismo egocéntrico, hasta el buenísmo inane y el relativismo corrosivo, el hombre de nuestro tiempo se ha visto naufragando en un mar de ambiciones y espejismos que ha dado en llamarse «crisis de valores».

La idea de que se podía ser como Dios, y que la Iglesia siempre había querido ocultar esta capacidad del hombre pronto caló y se extendió como un río desbordado. El individuo enseguida descubrió en la New Age el bálsamo con el que potenciar sin límites su autorrealización. La gran mentira estaba en marcha y perdura hasta nuestros días. Por eso resulta oportuno y revelador leer las Confesiones de San Agustín, donde el ilustre teólogo describe lo absurdo de haber aceptado el maniqueísmo frente a la verdad evangélica.

La verdad solo puede ser una, lo demás retórica malintencionada de quienes sufren la tiranía de la soberbia ciega e inmisericorde. Por eso recomiendo a aquellos que gusten y deseen el sabor de la verdad que lean la biografía de Edith Stein, Santa Teresa Benedicta de la Cruz, filósofa judía agnóstica que se convirtió al catolicismo tras leer en una noche el Libro de la Vida de Santa Teresa de Jesús. Providencial.


Publicado por torresgalera @ 13:05  | Pensamiento
Comentarios (0)  | Enviar
Jueves, 18 de abril de 2019

Levantar la miradaLa sociedad de nuestros días vive inmersa en una profunda transformación. Esto lleva al ser humano a un estado de perplejidad que en muchos casos le paraliza, cuando no le confunde víctima de los efectos dolorosos que producen los cambios. Por eso, en momentos dramáticos como los actuales el problema del sentido de la vida cobra de nuevo protagonismo. Sin embargo, Jesucristo formula admirablemente esta cuestión: «¿De qué le sirve a un hombre ganar el mundo entero y perder su alma?» (Marcos 8:36). Así planteado el problema del sentido de la vida adquiere su forma más noble: ¿a qué o a quién estoy entregando mi vida?, o como diría Angelo Scola, «¿a quién me estoy donando?» Y henos aquí de nuevo, ante el sentido del tiempo que se hace breve y ante una existencia que pide ser algo más que pura supervivencia, es decir, que sea verdadera vida, vida de acogida y vida donada.

Resulta muy ilustrativo el ejemplo de Job para afrontar el momento actual de transición dramática. Job dio un gran testimonio del renacer humano en tiempos de grandes tribulaciones. Y es que, en el cénit del dolor, abatido por un sufrimiento insoportable, llega incluso a acusar a Dios. Su certeza granítica comienza a resquebrajarse. ¿Cuál es el sentido de esta terrible agresión del mal contra un inocente? Ese punto infinitesimal del universo que es el hombre es capaz, sin embargo, de alzarse por encima de todo lo creado para formular su ¿por qué? Un hombre que grita su ¿por qué? es un hombre que comienza a taladrar la crisis comunicativa del babelismo, que retoma el diálogo con el otro sin pretender nada, tan solo conocer las razones de las cosas.

Hay una segunda observación que nos recuerda la historia de Job. Dios acepta el desafío de Job, acepta el reto de la razón humana que le interpela. Incluso el Todopoderoso elige ocupar el puesto del colegial, desea poner a prueba la “sabiduría” del hombre que se ha situado a la altura de Dios. Dios le responde asediándole con sus preguntas, no lo humilla, pero le hace alzar la mirada, mostrándole el orden armónico de la Creación. De este modo se produce en Job una experiencia de conversión. Job tiene ante sí un Dios que sabe escuchar al hombre y que, a partir de sus preguntas, lo cambia y estimula su deseo.

La opción de Dios respecto a Job es profundamente “política”. Por ello el cristianismo debe aprender a dialogar adecuadamente, debe asistir a la escuela de las preguntas del hombre para acogerlas y abrirlas de par en par. De lo contrario corre el riesgo de convertirse en pos-cristianismo. Creo que el hombre de hoy tiene el deseo, como Job, de poder mirar más allá de los agobios presentes. Solo necesita la audacia de plantear con radicalidad la pregunta existencial fundamental, considerando a todo hombre como un interlocutor capaz de escucha y de comprensión.


Publicado por torresgalera @ 7:00  | Pensamiento
Comentarios (0)  | Enviar
Jueves, 11 de abril de 2019

BabelismoLa profunda transformación que está experimentando nuestra civilización —se puede decir que estamos asistiendo a un cambio de paradigma— se refleja también en la crisis comunicativa que padecemos. Esta crisis no afecta solo a las relaciones sociales, sino que afecta al hombre en su capacidad de reflexión sobre sí mismo, es decir, a la descripción de su yo profundo.

Esta crisis de comunicación alcanza distintos ámbitos del proceso comunicativo: pauperización del lenguaje, subversión conceptual, fragmentación ideológica, colonización mediática… Estas realidades modelan nuestra existencia haciéndonos vivir atomizados en una infinidad de informaciones, conocimientos y saberes hasta el punto de que, cuando afrontamos un aspecto de nuestra existencia, es como si nos olvidásemos de todos los demás, como si no existiesen. Vivimos en “compartimentos estancos”, reducidos a lógicas autónomas entre sí. En definitiva, vivimos sin comunicación porque nuestras lógicas no están integradas en un sistema de “ideales” (valores) unitario y respetuoso de todos.

Para el filósofo Jacques Maritain la falta de un lenguaje común que encauce el entendimiento humano, a la vez que le facilite una visión unitaria y compartida sobre el hombre, la denominaba “babelismo” (babélisme). Decía de este babelismo que «la voz que cada uno pronuncia no es nada más que un ruido para sus compañeros de viaje».

Este babelismo nos lleva a estar apegados, casi obsesionados por cada fragmento, por cada ensoñación individual o grupal. Y por esta razón nos apoyamos en la inmensa capacidad de los nuevos medios de comunicación (new media). No obstante, estas capacidades no son suficientes para establecer nexos y relaciones entre el pasado y el futuro, entre aquellos que son diferentes entre sí.

No cabe duda de que la implacable transformación que vivimos afecta al hombre en su intimidad (la conciencia de sí mismo), en su expresión (el lenguaje), y en su deseo (la relación social). Todo indica que, hoy por hoy, se ha desvanecido, como en un sueño, la posibilidad de una hipótesis existencial que nos haga capaces de interpretar unitariamente la realidad que somos y que vivimos.


Publicado por torresgalera @ 7:00  | Pensamiento
Comentarios (0)  | Enviar
Jueves, 04 de abril de 2019

Alcanzar la metaCiertamente el tema de la muerte no tiene buena prensa en la sociedad actual. Por el contrario, la tendencia generalizada es mantenerla afuera de nuestra agenda. Sólo cuando se hace inevitable nos acercamos a ella de manera esquiva y resignada. En esta sociedad materialista, narcisista y egocéntrica, la muerte es una realidad demasiado incómoda para convivir con nuestras expectativas.

Como contrapunto a esta reflexión sorprende grata e ingenuamente la lectura del final del cuento El Principito, donde se nos pone en contacto con el hecho transcendente de la muerte. La narración de este pasaje resulta muy natural, aunque cargada de emotividad y cierto dramatismo. Y es que el principito no ve su muerte como un drama. Es verdad que le cuesta afrontar ese paso supremo, pero sabe que es el único medio para reunirse con su amada, su bien más preciado, la rosa que dejó en su planeta. El pequeño príncipe reconoce que la única manera de alcanzar su meta es abandonando su envoltorio (su cuerpo) en la tierra para regresar a su planeta. La muerte no es un drama para él, es un paso ineludible.

Yo también soy de los que piensan que la muerte no es el final. Me tengo por un hombre de fe y creo firmemente que la vida es un camino de tránsito hacia una plenitud gloriosa junto a nuestro Creador. Esta convicción la expresó bellamente el recordado poeta, periodista y sacerdote español José Luis Martín Descalzo unos meses antes de morir, cuando ya sabía que le quedaba poco tiempo de vida. Escribió Testamento del pájaro solitario, en el que encontramos estos versos:

Morir solo es morir. Morir se acaba.
Morir es una hoguera fugitiva,
Es cruzar una puerta a la deriva
y encontrar lo que tanto se buscaba.
 
Acabar de llorar y hacer preguntas;
ver el Amor sin enigmas ni espejos;
descansar de vivir en la ternura;
tener la paz, la luz, la casa juntas
y hallar, dejando los dolores lejos,
la Noche-luz tras tanta noche oscura.

Sorprende el verso «descansad de vivir en la ternura». Uno tiende a identificar ternura con amor. Pero no, para Martín Descalzo la ternura no es sino apariencia de amor auténtico, del único que sacia; es un sucedáneo al que nos aferramos cuando no disponemos del amor original. «Yo soy el camino, y la verdad, y la vida», dice Jesús de Nazaret a quienes lo quieren escuchar. Yo trato de vivir su verdad en su camino…


Publicado por torresgalera @ 12:34  | Pensamiento
Comentarios (0)  | Enviar
Jueves, 28 de marzo de 2019

AuroraLa Historia nos enseña que las grandes transformaciones de las personas han tenido lugar, generalmente, tras experiencias muy dolorosas. Experiencias que partían de situaciones intensas, dramáticas, en las que parecía que no había salida alguna. En cambio, es entonces, en esos momentos críticos, cuando una luz nueva emerge iluminando la vida con un esplendor renovado, en su profundidad y en su autenticidad. Así lo expresa el piloto del avión averiado del cuento de El Principito, después de caminar toda la noche por el desierto en busca de un pozo de agua: «caminando así descubrí el pozo, al nacer el día». Había caminado toda la noche con el principito dormido en brazos.

El desierto, la soledad, las noches oscuras, los callejones sin salida, si saben vivirse, son siempre fuente oculta de luz que puede cambiar nuestra vida. También puede llevar al suicidio a los seres desesperados, aquellos que no han sabido asimilar ni integrar esas experiencias duras y difíciles. San Juan de la Cruz nos dejó su testimonio:

En una noche oscura
con ansias de amores inflamada
¡oh dichosa ventura!
salí sin ser notada,
estando ya mi casa sosegada.
……
… sin otra luz y guía
sino la que en el corazón ardía.

Ha ido en busca de su amada, a quien no conoce, es el corazón el que le lleva, pero sabe que alguien le espera, y la encuentra a la media noche, y podrá cantar:

¡Oh, noche que guiaste!
¡Oh noche amable más que la alborada!
¡Oh noche que juntaste
Amado con amada
amada en el Amado transformada!

En la más grande oscuridad, la más grande felicidad. La unión con aquello que buscaba. Y así, caminando, porque hay que caminar. No se puede uno quedar sentado. Así lo hace el piloto del cuento al lanzarse a la locura de buscar de noche un pozo en el desierto. La razón le pide tratar de reparar la avería del avión, al menos intentarlo mientras dure el agua que les queda. La razón muchas veces es paralizante. Sin embargo, el sueño, la fantasía del principito, es lo que le convenció para ponerse en camino, camino arriesgado, ciertamente, pero que termina con éxito: encuentra el pozo al nacer el día.

Al fin y al cabo, el amor, como dice el Cantar de los Cantares, «es más fuerte que la muerte». Idea esta vigente en nuestros días y tan bellamente expresada por el filósofo Gabriel Marcel: «amar a alguien es decirle: tú no morirás jamás» (se entiende, en la memoria y en el corazón).


Publicado por torresgalera @ 19:40  | Pensamiento
Comentarios (0)  | Enviar
Jueves, 21 de marzo de 2019

Viajeros a bordoResulta curioso que junto al aumento de la conciencia social por la salud del planeta, crezca simultáneamente el deseo irrefrenable de hombres y mujeres por desplazarse de un lado a otro sin parar. Unos lo hacen por el deseo de conocer lugares y gentes diferentes, otros por mejorar conocimientos diversos, no pocos por aprender lenguas, bastantes por necesidad de eludir peligros inminentes y una buena cantidad por el deseo de mejorar sus condiciones de vida. En definitiva, buena parte de la humanidad trasiega sin cesar de un lado para otro como pollo sin cabeza.

La razón por la que relaciono ambas cosas, salud del planeta y afán viajero de sus habitantes, es porque tanto viaje exige cada vez más consumo de medios y energía. Como es fácil inferir, el uso y consumo de ambos, de manera intensiva, somete a nuestro planeta Tierra a un estrés y fatiga que necesariamente repercute en su propia integridad. ¿De esto somos conscientes?

Con frecuencia me da por pensar en esa manía viajera que se nos ha despertado a los humanos. No digo yo que no sea necesario viajar, pero siempre que sea con fundamento. Así ha sido a lo largo de la historia de la humanidad. Sobre este asunto me viene a la mente el pasaje del cuento de El Principito, donde el niño se encuentra con el guardagujas, un personaje que se dedica a clasificar a los viajeros por paquetes de mil. Para él todos los viajeros son iguales, no hace distinciones. Viajeros insatisfechos que van de un lugar a otro sin perseguir absolutamente nada, moviéndose deprisa para huir de su vacío interior. Les aterra encontrarse consigo mismos y buscar en el silencio. Les aterra vivir el presente, pararse y reflexionar sobre el sentido profundo de sus vidas, sobre los valores que los hacen realmente personas y que les liberan de ser manipulables. Por eso van y vienen raudos en los trenes, repletos de viajeros sin nombre. No persiguen nada. Viajan a ninguna parte.

Decía Herman Hesse que «los necios van de una parte a otra, el sabio se queda en su habitación». Sin embargo, esta manía viajera está muy arraigada, forma parte de la mentalidad de la sociedad de nuestro tiempo. El viajero de nuestros días no es, en su mayoría, un personaje especial, carismático, con una misión inexcusable. No. Se trata de un viajero masa que se refugia en la colectividad anónima porque tiene mucho miedo a la libertad individual; porque la libertad solo es auténtica cuando se ejerce con responsabilidad. No hay libertad sin responsabilidad, por eso ni los niños ni los enfermos mentales pueden ser libres, porque carecen de responsabilidad: son personas que han de ser tuteladas.

Viajamos y consumimos recursos, toda vez que diezmamos nuestro planeta llenándolo de chatarra, plásticos y contaminación. Nos desplazamos de aquí para allá como si buscáramos el elixir de la eterna juventud. Y en medio de este trasiego a ninguna parte la vida se nos escapa anodinamente, con el corazón vacío porque nos hemos vuelto sordos a sus latidos profundos que claman por ser desvelados. Mientras tanto, la tierra sufre nuestra ceguera.


Publicado por torresgalera @ 7:00  | Pensamiento
Comentarios (0)  | Enviar